Cultura

La telaraña mental

Por: Juan José Lara Ovando

El cuerpo humano es el objetivo central en la mayoría de las películas del director canadiense David Cronenberg, más no lo es en exposición anatómica, sino en investigaciones sobre las transformaciones y búsquedas de los seres humanos, es decir, aquél que se rompe, se muta, se disuelve o se compenetra en otro, usando para ello la voluntad, la fuerza del interesado, los avances de la ciencia médica y de la tecnología que facilitan los procesos evolutivos en un interés implacable por imponer la voluntad humana por encima de herramientas, velocidades y máquinas, en un esfuerzo por dominar la angustia y soledad en la que vive.

En ese sentido el cine de Cronenberg es un cine de horror con elementos fantásticos y de ciencia ficción que retrata con frialdad el mundo en que vivimos como la dilución de un futuro exasperante, que se vive como si ya hubiera llegado y fuera más terriblemente cruel de lo imaginado, por lo que la única posibilidad de ser la tienen los humanos con esa calidad de mutación-sobrevivencia que tienen en perspectiva. Eso vemos en sus películas ya hoy clásicas: Rabid (77), Scanners (81), Videodrome (83), La mosca (86), Crash (96), Existenz (99), entre otras.

Al iniciar el actual milenio, Cronenberg giro un poco el objetivo, hacia el interior y el exterior del cuerpo, o sea, hacia la mente (Spider, 02) y hacia la acción ante los demás (Un hombre violento, 05 y Promesas del Este, 07), por si fuera poco, incluye una obra sobre los grandes personajes de la psiquiatría: Sigmund Freud y Carl Jung en Un método peligroso (11). Aquí pondremos atención en Spider y Un método peligroso.

Spider se sumerge en la sobriedad de la esquizofrenia, donde domina la sensación de irrealidad y la condición de mero espectador del personaje, un tal Dennis Cleg, que todos suponemos Spider, que tormentosamente observa sus recuerdos como si viviera una vida paralela. Spider (estupendamente interpretado por Ralph Fiennes) es todavía joven y su mente es frágil e inestable, ya que en su niñez fue testigo de la forma en que su padre asesinó brutalmente a su madre y la reemplazó en la casa con una prostituta. Años más tarde que sale dado de alta del psiquiátrico, se aloja en un hospicio en el que es ignorado por la encargada, de modo que sin vigilancia ni atención deja de tomar su medicamento y los fantasmas de su niñez empiezan a aparecérsele. A pesar de estar en medio del centro de salud mental y la libertad, los muros que su mente levantó en su adolescencia para protegerle de la tragedia que le ocurrió se empiezan a resquebrajar hasta ir descendiendo a una locura descarnada.

El miedo de una persona acomplejada, de un marginal que vive un caos emocional, que sufre trastornos y confunde sus percepciones objetivas e inventivas. Todo esto representa el descenso a los infiernos de este personaje atormentado por el sentimiento de culpa, que parece revivir un tortuoso y confuso complejo de Edipo en el que el odio y el miedo se mezclan con su cercenada realidad.

Cronenberg no se desliga de la típica metamorfosis que adoptan sus enfermizos e inquietantes personajes, porque Spider es un tipo perturbador cuyos fantasmas del pasado siguen aterrorizando en el presente una memoria que sólo reproduce sus propios errores y su imaginación sólo le sirve para ocultar terribles secretos.

En una ciudad de Londres en la que parece haber ambigüedad en el tiempo, la historia es presentada como un rompecabezas que se va armando de manera fraccionada pero meticulosamente como la telaraña que teje con maestría un arácnido. Sin embargo, falta una pieza, la que encubre la clave de la demencia.

La historia triste es manejada en tonos ocres y marrones que imponen un ambiente mísero y sórdido para, a su vez, generar un contexto desidealizado y sucio en el que hasta el espectador se siente amenazado y percibe el desequilibrio. No cabe duda que es una película incómoda, como todas las de este director, cuyas películas se pueden sufrir más que disfrutar pero ante las que no es posible permanecer ajenos.

Un método peligroso nos lleva a la Europa de principios del siglo XX, al método psicoanalítico y la práctica terapeuta. Del segundo, Freud se refiere como la peste que les llevan a los americanos, cuando están frente a la Estatua de la Libertad, Jung y él, como suponiendo los riesgos que supondría su aplicación a las personas.

Aun cuando contiene abundantes conversaciones teóricas, Un método peligroso contiene un ritmo ágil que nos sumerge en la historia de cómo Jung comenzó a estudiar psiquiatría, después de un tratamiento a una millonaria rusa, Sabina Spielrein, traumada e histérica por una torcida relación con su padre, que concluido el cuidadoso tratamiento, inicia un intenso y masoquista romance con ella.

Casado y con hijos, la culpa corroe a Jung, además de la amenaza de descrédito profesional, por lo que acude a Freud (maestro del psicoanálisis y quien sostiene la tesis de que la sexualidad es el origen de muchos conflictos psíquicos), al que confiesa su insana relación, pero éste se reserva sus sueños para mantener su autoridad, en tanto que Jung, que lo considera su amigo, empieza a tomar distancia de aquél después que se ha dado cuenta que se ha involucrado con Sabina porque se lo ha exigido y lo ha amenazado con hacer público el romance; y permanece junto a su esposa porque es buena madre y lleva bien los asuntos hogareños aunque no sea objeto de su pasión.

En ese sentido, lo peligroso del método parece ser la naturaleza humana proclive al acomodo, la envidia y el ego, e incluso son las mismas personas las que les narran sus mezquindades, prejuicios e intereses creados, dejando ver su fragilidad emocional y sus debilidades en un mundo de recelo racial, profesional y de clase a punto del conflicto bélico mundial. Por supuesto que interesante e histórica, pero no una joya como la anterior.


Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba