Cultura

La tercera opción del arte queretano (I / II)

Por: Roberto Rosano Lara

El arte en Querétaro ha oscilado primordialmente entre dos tendencias, la primera está orientada hacia el arte figurativo-realista, que constituye buena parte de la tradición plástica queretana, y que pone de manifiesto las conservadoras ideas de los sectores hegemónicos de la sociedad.

La segunda vertiente –que en un somero diagnóstico podemos afirmar se ha generado como reacción a la primera– tiene que ver con el performance y la instalación; artistas performanceros pseudo-radicales y de mal gusto nos han invadido con sus propuestas artísticas pueriles, pretendiéndose contestatarios, cuando en realidad se quedan en un nivel muy básico de discurso conceptual y de entendimiento del arte contemporáneo.

Sin embargo una tercera vía es posible, una opción aristotélica que apueste por el “justo medio”, y que construya un arte equilibrado con elementos técnicos excelentes, haciendo honor de la tradición figurativa-realista que le da origen, pero también con elementos conceptuales innovadores que tengan la capacidad de generar nuevas disertaciones y de ser intelectualmente relevantes.

Y es que el buen arte no solo requiere excelencia técnica sino excelencia intelectual, si la obra no se constituye como una estructura de información capaz de interseccionarse con múltiples universos epistémicos entonces se convierte simplemente en un ejercicio plástico, un boceto, o un experimento si acaso, y que está condenado a la desintegración y al olvido, dando lugar además a sectarismos reaccionarios que van y vienen en una oscilación constante entre el arte conservador, ortodoxo y muerto, y el arte que se pretende contemporáneo y radical pero que es una torpe emulación de un discurso contestatario y crítico.

En cambio, cuando una obra de arte consigue posicionarse en la intersección entre diversas ideas y contextos se vuelve “diferencial”, y es capaz de resignificar e integrarse al devenir dialéctico de la historia del arte generando rupturas, pero unas que son constructivas, enriquecedoras, y no simplemente reaccionarias.

De esa tercera opción de arte bien equilibrado entre sus aspectos intelectuales-sensibles y los elementos pictóricos-técnicos que lo constituyen, podemos encontrar un ejemplo en las más recientes exposiciones organizadas por la Galería Municipal “Rosario Sánchez de Lozada”, donde se expuso la obra de dos prometedores artistas: Pablo Moya y Xavier Aguilar. Intituladas respectivamente, “Bestiario abierto” y “Las ruinas del espíritu”, ambas colecciones resultaron ser un feliz hallazgo y una apuesta a la generación de una nueva argumentación visual en la capital queretana.

En Moya, observamos un verdadero zoológico de bestias, o quizás más bien de mundos diferenciales que se mueven grácilmente entre lo simbólico y lo arquetípico, sus cuadros se constituyen como verdaderas ventanas a la “otredad” del mundo interior, el de los sueños y los mitos, el de nuestros demonios y discursividad alejada del pensamiento racionalista de lo externo.

Vemos en el trabajo litográfico de Pablo una clara influencia de su maestro, Rubén Maya, con los recursos característicos del imaginario y estilística de éste, pero al mismo tiempo con una impronta distinta. Sus obras no discurren entre personajes recurrentes, como en Maya, sino en portales a mundos disímiles al nuestro, pero que al mismo tiempo parecen tan curiosamente cercanos, quizás porque están presentes en la intimidad de la locura, experiencia plenamente humana que nos termina hermanando a todos.

La obra de Pablo Moya tiene esa importante característica que diferencia al buen arte del malo: parte de la tradición de los grandes maestros (usando su maestría técnica y teórica), pero se aleja de ella críticamente proponiendo nuevas alternativas de información, que enriquecen y recrean nuestro imaginario.

En este “bestiario abierto” las bestias estuvieron expuestas, pero no libres; el espectador podía con toda confianza divagar entre ellas y aprender, porque un pequeño sello de San Benito, insertado en la mayoría de las obras con la finalidad de proteger -según nos contó Pablo-, mantenía a las bestias enclaustradas en su mundo pictórico resguardando al espectador de todo mal con la frase “vade retro Satana” (retrocede Satanás), tan común en la jerga de los exorcistas y uno de los íconos clásicos de la tradición mítica de occidente.

Con esto recordamos que la obra es un ente autónomo, como afirmara Kandinsky y que pese a provenir de un sujeto (el artista) está separado de él y tiene una vida propia. El espectador entonces interactúa en realidad con una estructura de información, cuyo contenido lo puede igualmente construir, transformar o hasta enloquecer. Y el artista sincero, experto ya en tratar con la locura y el caos, puede ser también generoso y ahorrarle al espectador locuras innecesarias al enfrentarse a su obra, como sabiamente lo hace Pablo.

En esta exposición encontramos además una reelaboración de ciertos conceptos prototípicos, por ejemplo el de “muro”, que es familiar en nuestro contexto histórico y social, como el Muro de Berlín o el Muro que quiere construir Trump en la frontera norte, para Moya el muro es una figura interactiva presente en varias de sus obras, pero que reconstruye desde ópticas amables, muros sobre los que personajes pueden caminar o sentarse, muros usados para jugar con la perspectiva visual y no necesariamente para separar, muros que construyen arquitecturas imposibles, como las de Santiago Calatrava.

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