Cultura

La valentía de ser periodista en México: conversación con Diego Enrique Osorno

Por: Juan José Rojas

Para el regiomontano, la crónica ha sido algo inherente a la historia de México

En 1980, Pablo Escobar Gaviria creaba en Colombia ‘Civismo en Marcha’ y ‘Medellín sin tugurios’. Estos planes formaban parte de su incursión en la política, las primeras filtraciones del dinero de la mafia para la creación de barrios, viviendas, centros deportivos y hospitales.

Ese mismo año, nacía en Monterrey, Nuevo León, Diego Enrique Osorno, un periodista que décadas después denunciaría los nexos que mantienen las organizaciones criminales con los altos mandos del gobierno. A sus 35 años de edad ha cubierto conflictos en Bolivia, Siria, Líbano, País Vaco, Perú y Colombia, pero su trabajo más comprometido es en vías de reclamar justicia para los reporteros asesinados y evidenciar las coartadas que mantienen los funcionarios públicos con los grandes cárteles.

En el 2012, Osorno fue considerado Nuevo cronista de Indias por la Fundación ‘Gabriel García Márquez’ para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, además ha sido galardonado con el Premio A Mano Disarmata, Stampa Romana de Italia en el 2014 y en el 2013 dedicó el Premio Nacional de Periodismo al Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Tuvo mención honorífica en Premio Alemán de Periodismo ‘Walter Reuter’ y en Buenos Aires fue reconocido con el Premio Latinoamericano de Periodismo sobre Drogas. No es para menos, Diego Osorno fue uno de los primeros periodistas mexicanos en detectar al grupo criminal Los Zetas cuando denunció una disputa de territorio en Monterrey.

“Cuando escribí de Los Zetas en el 2001 mi editor me dijo ‘¡oye qué te pasa, qué es eso de Los Zetas! ¡¿Por qué andas inventando cosas y nombres tan absurdos?! Borra eso de la nota’”, recuerda entre risas Enrique Osorno 15 años después.

Diego Enrique Osorno bebe Coca-Cola casi como si no hubiera un mañana. Saluda con una amigable franqueza y un rostro que poco aparenta una trayectoria periodística mediada por guerras, conflictos y situaciones que han expuesto su vida en más de una ocasión. En el 2002 tuvo que exiliarse en Madrid al publicar un reportaje que reveló la relación del entonces gobernador de Nuevo León con un jefe del Cártel de Sinaloa.

El año en que Osorno nacía, Pablo Escobar lideraba el Cártel de Medellín, un hito en la historia del contrabando, al mismo tiempo en que el colombiano se enrolaba en la política. Para la década de los noventa se consolidó otro grupo criminal histórico: el Cártel de Sinaloa creció en popularidad y prestigio. En los últimos años, Osorno lo miró, lo observó, lo estudió de cerca y publicó su libro ‘Cártel de Sinaloa’ que inició con una llamada para entrevistar a Miguel Félix Gallardo, líder fundador del Cártel y contraparte de Pablo Escobar, ya que fue pionero en México en la exportación de cocaína a los Estados Unidos. Estos dos capos iniciaron la creación de rutas hacia el país del norte.

“Yo he admirado de toda la vida a Julio Scherer y él siempre trató de conseguir esa entrevista; entonces cuando yo entrevisté a Gallardo, don Julio me reclamaba a tono de broma y de forma cariñosa que yo le había ganado la entrevista” sonríe Osorno como agradecido con quien fuera su inspiración por muchos años.

Son las dos de tarde, la temperatura marca 30 grados en la capital queretana. Como camaleón, Diego Osorno se recarga sobre la silla para tomar el sol, vestido totalmente de negro. Una prueba que refuerza la ley del clima en México: “a canícula chiquita solo un regio se acostumbra”.

“Yo soy hijo del sol, me gusta el calor” responde cuando sugiero que con ese vestuario y la calurosa tarde se va a rostizar.

“En mi época el dominante era el Cártel de Sinaloa, eran los tiempos de Miguel Félix Gallardo, de Caro Quintero. Cuando entrevisté a Miguel Félix Gallardo, él caracterizaba sus años en el Cártel como si estuviera al frente de una empresa paraestatal del gobierno. El PRI controlaba los sindicatos, el mundo del narcotráfico. Pero viene en los años noventa la liberalización del mercado, el liberalismo, esta fase tan agresiva del capitalismo, donde el Estado se va reduciendo y los presidentes comienzan a perder fuerza en México. Tuvimos el siglo pasado presidentes que eran emperadores, que decidían lo que tenía que ver con el Poder Judicial y con el Poder Legislativo sin problema alguno” comentó Osorno.

-¿Con la pérdida de esa fuerza en la figura presidencial es que vino este crecimiento del narcotráfico en México?

Hoy día, con el presidencialismo basta ver a Peña Nieto para darnos una idea que es una caricatura la figura presidencial. Nuestro presidencialismo hoy es una broma. Tenemos un personaje que no puede ni mencionar el nombre de tres libros que ha leído en su vida. Ahí es donde estaba el centro del poder, pero se dispersó. Esto influyó para mí en esta segunda época del narcotráfico, ahora está disperso, por eso si hace veinte años había un cártel, ahora hay diez.

Casi en cada región del país se va creando un nuevo grupo y lo que vemos es cómo cada vez se van haciendo más chiquitos, se van haciendo células. Ahora hay una liberalización económica que vemos en las empresas y el narco en realidad es un negocio, los cárteles son empresas dirigidas por hombres armados. Esa es la diferencia.

-Hemos visto ahora cómo se genera una especie de ritual espiritual alrededor de figuras como Malverde o la Santa Muerte. Figuras veneradas por los capos. Tú has mencionado que el ‘Chapo’ Guzmán es una figura protegida por la misma gente…

Lo que yo he visto es que el narcotráfico tenía no solo una protección policiaca y política, sino que la protección más importante era la social. Y más más importan aún, la cultural, o sea tú ves cómo en muchas regiones del país te puedes dar cuenta de que en muchos lugares a pesar de ser ilegal es culturalmente aceptado.

Esa es la protección a la que me refiero. Como bien dices, eso trasciende las instituciones. La cultura trasciende cualquier norma del gobierno. Sobre todo en un país como el nuestro donde las instituciones son bastante deficientes. Están destruidas por tanta corrupción que tienen.

-Has escrito, has hecho reportajes, crónicas sobre ‘los pueblos fachada’, es decir, que uno camina por una comunidad a las orillas de la ciudad, que a simple vista aparenta ser un pueblo tranquilo y resulta ser una maceta del narcotráfico… es un poco lo que escribes en tu libro ‘El Cártel de Sinaloa’, ¿cómo operan los pueblos fachada?

A mí me impresionó muchísimo. El primer pueblo que conocí así fue en Tamaulipas, en 2001. Yo estaba muy molesto porque no nos dejaban entrar a ese pueblo a investigar; finalmente José Santiago Vasconcelos, en ese tiempo fiscal, me permitió pasar y me hizo ver cómo las casas eran prácticamente una puesta en escena, había cámaras por todo el pueblo, que las calles no tenían pavimento, que daba la apariencia de ser un pueblo perdido y realmente era una fachada.

Creo que eso es algo que ocurre mucho en Sinaloa. Badiraguato es la cuna de siembra de marihuana en el país. Es el lugar donde más se producía. Pero tú vas ahí y los campesinos siguen viviendo con mucha pobreza, es también una falacia esto de que el narcotráfico transforma la vida de las comunidades. En realidad da muy poca infraestructura, muy poca calidad de vida a las personas que se integran a él.

A mí me parece importante siempre, a la hora de escribir, cuidar no exaltar todo esto, cuidar no convertir nuestras historias en narcocorridos. No regodearnos, aunque también es verdad que hay en México, probablemente, más personas que admiren al ‘Chapo’ Guzmán que a Enrique Peña Nieto. Me ha tocado escuchar a muchos jóvenes esto y es realmente dramático. Nosotros como periodistas, como narradores, debemos encontrar el problema de esa realidad; el narcotráfico ha ayudado a que algunas comunidades de las que hablamos no estén en la pobreza extrema, pero tampoco las saca de su pobreza, entonces falta la solución integral del Estado para poder mejorar las condiciones de vida.

-¿El Plan Colombia puede ser un ejemplo, una alternativa viable de que el combate está desde la cultura? La biblioteca España en las colinas de Medellín, toda la movida cultural. Colombia es el país que más libros produce en el mundo…

Hoy más que nunca quisiera que nos colombianizáramos, con este acuerdo que está celebrándose, con la voluntad de muchos líderes políticos del gobierno y de la oposición para hablar de la paz en Colombia, de la justicia transicional, me gustaría que tomáramos el ejemplo colombiano la verdad. Juan Villoro tiene una frase maravillosa que dice “los mexicanos vivimos entre el carnaval y el apocalipsis”, solo así se puede entender por qué un país como el nuestro tiene 52 millones de pobres y algunos de los hombres más ricos del mundo. Tiene a grandes artistas contemporáneos como González Iñárritu y al mismo tiempo a La Familia Michoacana. Todo el tiempo nos mantenemos en la contradicción de dos fuerzas.

-Has hecho coberturas de guerrillas en Centroamérica y Sudamérica. En ambientes hostiles, difíciles. El periodismo, específicamente la crónica, que es lo que más escribes, ¿qué papel juega en estos asuntos de violencia?

¡Es una gran oportunidad! ¡Es una oportunidad narrativa inmejorable! Tiene un gran sentido para comunicar. Yo creo que hacer crónica en un país con tantos retos como el nuestro es más valioso que hacerlo en un lugar con un orden como Noruega. Hace poco hablé con una periodista noruega y en eso le llega un mail para invitarla a una rueda de prensa que iba a dar la primera ministro de Noruega, en su casa, para hablar de los discos que más le gustaban de Prince ¡Imagínate!

Ella es una periodista que ha cubierto muchas cosas, pero estando en Noruega es lo que tiene escribir. Creo que el periodismo en un país como este que está construyendo su democracia, que hay muchas cosas desiguales, el periodismo tiene la oportunidad de ser útil, de servir y la crónica de profundizar. No es fácil hacer crónica.

Los cronistas hacen crónica

“Esa noche triste de Barcelona, Juan Villoro llegó a su departamento de la calle Roger de Llúria preocupado porque la chapa de la puerta principal estaba movida, como si alguien la hubiera forzado. Villoro siguió avanzando por el pasillo y en la barra del comedor encontró un platón con fresas frescas y una botella vacía de cerveza Coronita. También una imponente rosa roja sumergida en un vaso grande de vidrio con agua ‘¿Quién habrá dejado esto?’, se preguntó Villoro. Luego dijo: ‘¿Caparrós?’. Era parte del ritual de despedida de su huésped –Martín Caparrós- quien al día siguiente debía volar hacia Argentina. En el comedor, Villoro se lamentó de que la derrota del Barcelona implicara otorgarles más aliento a personajes como el entrenador del Real Madrid, José Mourinho”, escribió Osorno para ‘Gatopardo’ en una extensa crónica –muy extensa- sobre los días en que vivió a lado de Juan Villoro, quien es junto a Scherer uno de los más periodistas a quien más admira.

-En tu genial texto, “Juan Villoro: el hombre que no se volvió cobarde ni caníbal” –a propósito de lo Roberto Bolaño decía del autor mexicano- escribes que Villoro comienza a tener el nivel de omnipresencia que tuvo Carlos Monsiváis. Esto apunta que la crónica en México es un género central de la literatura en el país…

Sí, afortunadamente. Digo, también hay grandes ensayistas, novelistas, tenemos un premio Nobel en la literatura. Pero sin duda alguna, desde Nezahualcóyotl hasta Guillermo Prieto, México tiene firme la tradición de que siempre hay alguien atestiguando la lucha, la catástrofe, de una manera más profunda. En eso sí somos afortunados, quizá no en nuestra realidad como nación, pero sí en cronistas: Juan Villoro, Elena Poniatowska, Lydia Cacho, Marcela Turati, Sanjuana Martínez… o sea hay mucha crónica, muchas historias… y a nivel de Latinoamérica, Martín Caparrós.

Es uno de los peces guía que tenemos. Además de que me toca coincidir con él de vez en cuando y uno pone el oído atento porque se trata de alguien que ya está viendo cosas que uno apenas va intuyendo. Sergio González también, que fue el primer periodista que vio el patrón de homicidios en Ciudad Juárez hace veinte años. Todos estos que te menciono son referentes, personas experimentadas.

-Varios de los que mencionas, futboleros a muerte. Diego Osorno: ¿Rayado o Tigre?

-No qué pasó… ¡Chiva de corazón! ¿Tú eres futbolero?

-Algo hay de eso…

-¿De?

-¡Gallos Blancos de Querétaro!

-¡Uy pobre de ti!- finaliza Enrique Osorno entre risas una tarde calurosa en la capital queretana.

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