Cultura

La vida en la cárcel de San José el Alto

Entrevista con preso del Cereso de San José El Alto

 

Por: Alondra Montes Chávez

A la entrada, una fila enorme de personas en pleno sol da la bienvenida, cada individuo espera la llegada de su turno. Una vez adentro, un guardia de mirada fija, serio y atento, toma los datos de cada visitante. Los custodios hacen una revisión; desde las bolsas, hasta zapatos.

 

Un guardia guía a través de varios pasillos llenos de oficinas con un ligero silencio. El recorrido acaba en el patio central del reclusorio. Rayos de sol chocan contra la cara, pero la fresca brisa de aire impide un bochorno molesto. En una esquina del patio hay una mesa de plástico cuadrada y con ella dos sillas; del otro lado del patio, salen dos guardias acompañando a uno de los reclusos.

De tez morena oscura, cabello café oscuro pero con algunos años ya encima; alto de estatura y una panza “chelera”; vestía pantalón de mezclilla decolorado, playera gris y zapatos de trabajo negros; unas muletas le apoyaban en su caminar ante la ausencia de su pierna derecha.

Juan Manuel Torres García, oriundo de Amealco, está recluido en el Centro de Readaptación Social (Cereso) de San José El Alto desde hace trece años, acusado de homicidio culposo.  “Háblame de tú, acá entre amigos, es que me siento muy raro que me hables de don” inició Juan Manuel entre risas.

Habló por primera vez de un hombre al que se refirió como ‘el Güero’ con quien creció: “íbamos juntos a la escuela, al trabajo, vivíamos en la misma casa y pos’ cómo no separarnos, ¿no? ¡hasta nos compartíamos las morras!”.

“Pero bueno, este bato, tenía un compilla que vendía marihuana, coca y demás sustancias” que Juan Manuel admitió probar. “Creo que eso fue lo que me orilló robar en los cuartos, o a los riquillos que pasaban en la avenida. Hasta ahí todo iba tranquilo”  señaló.

“Una vez me detuvieron junto con ‘el Güero’ y otros weyes tratando de robar partes de un carrazo que estaba por ahí, no más. Ya de ahí, me pasé un par de semanas detenido” al salir se enteró que su padre falleció de un paro cardiaco, “la vida sigue” pensó.

 

-¿Eso te afectó posteriormente o cómo?

Carburé y entendí que la vida que me colgaba no me iba a traer lo que realmente me convenía. Estaba chido andar pacheco todo el día, las morras, la morralla que te cargas, pero eso de siempre estarte cuidando de otros barrios, los azules, y demás chingadera, no está perrón.

“A los 23 conocí a mí señora, Laura. Trabajábamos en la fábrica Vitro. Como a los dos años nos casamos y nos fuimos a vivir a Menchaca, era lo más barato en ese momento que podíamos pagar y también lo de la despensa de la semana; ella quedó embarazada y la corrieron de la fábrica, hasta donde yo sabía, le daban su incapacidad. Así que fui a reclamarle al gerente y como nos llevábamos de la patada, nos peleamos de a groserías y después me despidió también”.

“Meses después fui a un despacho de abogados, barato y el pedo, que nos iban echar paro para la liquidación del 100 por ciento, y otro dinero más porque a mi mujer le quedaron debiendo en la fábrica, dijo que en total de todo lo que fuera a proceder y el tiempo laboral iban a ser como unos 10 mil a 15 mil pesos. Necesitaban un anticipo de 8 mil, ¿De dónde iba a sacar ese baro si entre mi mujer y yo sólo teníamos cinco mil ahorrados?”.

“Pedí un préstamo en una caja y me dieron diez mil pesos, los llevé al despacho y dijeron que me llamarían en unos tres días, que primero estudiarían mi caso. Pasaron unos cinco días y no tenía ni una llamada. Un día me fui a buscarlo: ¡qué pendejo soy! Los hijos de su pinche madre se largaron del lugar, la vecina me dijo que dos días antes sacaron todas las cosas y se largaron”

“Le conté todo a mi vieja y pos´ hasta se quiso ir de la casa. De rato, un vecino me dijo que estaban contratando choferes en una carpintería, fui con mi solicitud al día siguiente. De regreso me encontré a mi carnal, ‘el Güero’. Años sin ver al cabrón”.

“Me dijo que estaba en las mismas, de hecho había estado detenido por robo y la cosa. Ya se veía muy malandro eso sí, algo atarantado por la marihuana, pero carnal es carnal. Me dijo que en la noche fuéramos a robar una carnicería que estaba por ahí, que porque vendía un chingo y pendejada y media”…

 

-Dijiste que sí y por eso estás aquí, ¿no?

Eso mero. Me llevé un machete, na’ más pa’ espantar. Le dije a Laura que al día siguiente iría de jardinero. No me cuestionó. Llegué a casa de ‘el Güero’ y vi que se guardó una pistola; me dijo que no había bronca, según no servía”.

Al llegar a la carnicería solo quedaba un wey limpiando, nos metimos rápido y ¡madres! le gritamos, lo golpeamos un poco y nos comenzó a dar el dinero; yo vigilaba desde afuera y que en eso escuché una alarma muy fuerte”.

“Me voy a fijar y veo cómo ‘el Güero’ le dispara. Le dije que era un pendejo. Ya andaba bien loco y me soltó un madrazo con la pistola y con el machete que me rajó en la mera pinche rodilla, se largó con el dinero y yo del dolor, me quedé ahí. Solo recuerdo que desperté en el hospital y me dijeron que estaba detenido y pasó todo el rollo y sólo vi a Laura llorando, ¿Qué se podía hacer? Ni fianza me dieron, 13 pinches malditos años llevo aquí y vivo con el arrepentimiento de mi error”.

Juan Manuel cambió su semblante repentinamente. Las risas desaparecieron para dar paso a a las lágrimas de sus ojos, mientras seguía el relato:

“¿Sabes el horror que se pasa aquí? ¿Sabes lo que es vivir viendo a tu familia tres veces al mes? No conozco a mi hija en persona. Sólo sé que es hermosa por las fotos que me trae su mamá. Ya mero acaba el infierno, para finales de este año ya salgo. Me largo del maldito infierno.

 

-¿Cómo es que perdiste la pierna? Según solo te cortó tu compañero.

Eso ya fue de salud. Resulta que tengo diabetes y la herida que tuve se me infectó, no me cerraba y las malas condiciones de esta porquería hizo que se me infectara, así que un día se me puso de la chingada la pierna y me llevaron al hospital y me la amputaron.

 

-¿Qué tan difícil ha sido estar aquí?

Es horrible los primeros meses; ahorita nadie me golpea ni chingadas por el estilo. Al principio todos te ven como un costal para golpear o como puta para violar, porque se dan casos. Una noche, los weyes con los que dormía trataron de violarme: me pegaron en el estómago, me metieron una calceta en la boca, y me bajaron los pantalones, uno de los gárgolas (guardias), iba pasando y llamó a otros. Lograron quitármelos de encima, me cambiaron de lugar, pero como ya no había camas, me tocó dormir en el suelo.

“Cuando salíamos al patio, me quitaban mis muletas y me golpeaban en la pierna, sólo me quedaba ahí tirado tratando de aguantar el pinche dolor, humillación. Esto que te cuento son cosas leves, a veces hay weyes que hasta el filero te lo sacan y valiste verga”.

 

Un guarda irrumpe la conversación para indicar que el tiempo ha acabado. Tras decir adiós a Juan Manuel, este respondió tranquilo y agradecido: “gracias a ti por escucharme, fue como un desahogo para mí. Dios te bendiga, hija”.

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