Cultura

Las tortugas pueden volar

Por Juan José Lara Ovando

 

A Ramón del Llano, sociólogo, historiador, poeta y amante del cine, in memoriam.

 

Irak, 2003, zona fronteriza con Irán y Turquía en la víspera de la llegada del ejército “liberador” de la ONU, integrado mayoritaria y principalmente por los contingentes norteamericanos, que pondrá al oprimido pueblo en las manos casi santas de la democracia que se supone aclaman los iraquíes. En ese sitio sobreviven como efecto de la guerra y entre pueblos devastados por ella, grupos de niños que también han sufrido los combates y sus macabras consecuencias: mutilaciones, quemaduras, ceguera, sordera, traumas, violaciones sexuales, entre tantas otras.

Uno de esos niños es Satélite (pronunciado a la inglesa y mote ganado por saber instalar parabólicas) es el niño de unos 13 ó 14 años encargado de organizar a los menores víctimas de la guerra, casi todos huérfanos, que se le quieran unir para trabajar en la cosecha de minas cebadas (no explotadas, las mejor pagadas son las gringas) y, con ello, tratar de subsistir. Su trabajo es muy solicitado tanto por las tropas locales como por las de los turcos que los asedian, también es un constante coqueteo con la muerte como accidentes de trabajo.

 

Retratar la situación del pueblo invadido desde sus niños, es tan cruel como revelador e impactante, posiblemente más conmovedor. Pues, dentro de ese aire de guerra, en el que contar con una vetusta parabólica es la diferencia entre estar o no enterado de lo que sucede y es donde se puede mantener en contacto con los medios (aunque estén en inglés y no se entienda nada). El director, Bahman Ghobadi, iraní (la película es de este país, realizada en 04), logra insertar diálogos y situaciones verdaderamente crudas, pero que maneja con el sentido humorístico que los propios niños enfrentan, como aquella escena en la que un jovencito en muleta con la pierna deformada simula una metralleta para dar la bienvenida a los americanos.

Las tortugas pueden volar es una abierta denuncia de las prácticas terroristas con las que se ha invadido el territorio iraquí desde 2003 (y quizá desde antes). Una de esas historias-denuncias es la de una precoz madre, de unos 12 años que se vuelve una irremediable suicida e insistente homicida de su pequeño hijo ciego, producto del abuso de los soldados que mataron a sus padres. Su hermano, apenas uno o dos años mayor, cuyos brazos fueron casi completamente volados por una mina, es más cabal, pese a haber sido obligado a presenciar la violación a su hermana, y es quien se encarga de impedir frecuentemente que la niña abandone al bebe en un risco o un lago, o se suicide. Al final, la chica logra ambos fines como vía de escape a la pesadilla en la que viven y que, desafortunadamente, en su vinculación al mundo occidental, apenas comienza.

Podría decirse, siguiendo el título, que los personajes están tan desesperadamente incapacitados para defenderse ante el inminente enemigo, como lo estaría una tortuga para volar ante semejante situación. Y aun con todas sus carencias físicas y materiales (cambian minas recuperadas por un arma larga rusa para defenderse de los invasores encaramados en el monte, con una triste y precoz naturalidad), el pueblo iraquí, representado por la tropa de infantes dirigida por el carismático líder, Satélite, queda en la posición que se le ha negado oficialmente, la de víctima de un usurpador infame empeñado en imponerle un mundo ajeno y despojarlo, de manera disfrazada, del codiciado petróleo.

Hay películas de las cuales, por su crudeza, no se quisiera hablar mucho. E incluso sale el espectador guardando silencio por el dolor de los pueblos y de los niños, pero los comentarios no tardan en surgir sobre todo si vienen de una obra maestra. Las tortugas pueden volar es un filme que señala a la guerra como un monstruo con facciones humanas, pero con miembros de distintas fieras salvajes, que denota que en la guerra las víctimas inocentes son niños y adultos en la vejez, de ahí la ternura contradictoria del título, evidente en la trama del filme.

La guerra es la condición que viven estos niños, que por supuesto ha empeorado su situación, pero no es lo peor, de hecho todavía bromean y viven su vida como niños. Lo peor es el sufrimiento que se les ha impuesto con la devastación, la pobreza, la soledad, la marginación. No se trata de los niños liberados de ninguna batalla, ni de aquellos apoyados para su progreso, son los abandonados, los que no importan a nadie, los nuevos olvidados, no por el desarrollo sino por las confrontaciones de poder político y económico, en el que las autoridades del neoliberalismo, aunque lleguen a abrir la economía a nuevos mercados, no generan riqueza para las sociedades, ni logran el sitio de bienestar prometido o esperado. Nada espera, más allá de la guerra, a estos niños, el futuro de la humanidad se encuentra trunco, golpeado y adolorido.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba