Cultura

Letras con aroma chilango

Viajar con mis amigos chilangos me permitió ver el país de otra manera e inspiró mi narrativa: Víctor M. Campos

 

Víctor M. Campos. Foto: Yunuen Banda Calixto

Por: David Eduardo Martínez Pérez

 

Bajo las cúpulas del antiguo convento de Capuchinas, se desliza una nube de humo gris y silencioso. No hay mejor olor para este lugar que el del tabaco; el tabaco que escapa de un cigarro fumado por Víctor M. Campos.

 

Campos es autor de una antología de cuentos editada por el Fondo Editorial de Querétaro, que se titula La diablera y otros relatos. De igual forma, participó como colaborador en la antología colectiva Los cuentos del arcángel, publicada por la misma casa editorial.

A simple vista parece de todo menos escritor. Las únicas cosas que delatan su obsesión con las letras son la mano temblorosa y la mirada, una mirada que se mueve por todo el museo buscando algún objeto que sólo él puede ver.

Aparenta muy bien sus 35 años. Su playera y sus tenis le ayudan. También el acento, el mismo que lo persigue desde la colonia Martín Carrera, donde inició su vida.

“Nací y crecí ahí en la delegación Gustavo A. Madero, ahí vivía mi familia antes de venirnos a Querétaro” dice, para luego interrumpir la entrevista con una inhalación de tabaco.

El autor expulsa el humo y explica las razones que lo llevaron de las calles del Distrito Federal, a la literatura.

“En la secundaria no sabía mucho de libros, tenía un amigo que sí… un día me invitó a una presentación. Fuimos a ver a alguien que escribía sobre los zapatistas, allá en el 93 ó 94.

“Me acuerdo que de un lado de la mesa estaba el escritor, rodeado de algunos payasos, y del otro estaba el público; eso me impresionó.

“Desde entonces idealicé el acto de escribir y comencé a interesarme por la literatura. Leía mucho, de no haber leído nada pasé a leer bastante”, relata.

Campos describe su primer acercamiento con las letras afirmando que le atraía la parte “snob” de la literatura y pensaba que “ser escritor era ser alguien”.

“Asistí a muchas presentaciones más y siempre que veía a los ponentes, me imaginaba lo chingón que sería tener una opinión de peso acerca de algún tema”.

 

Al inicio “no pasaba de algunas cartas de amor muy cursis”

Advierte, sin embargo, que le costó mucho trabajo pasar de ser un mero lector a convertirse en un orfebre de la pluma:

“Aunque leí mucho durante la adolescencia, casi no escribía nada. No pasaba de algunas cartas de amor muy cursis, no hice una cosa seria en mucho tiempo.

“Una vez encontré un volante sobre un taller que se impartía en el Café del Arcángel. Fui al taller y me fue muy mal. Pensaba que tenía muchas cosas que decir, pero resultó que no sabía bien ni quién era. Venía inflado y ahí me hicieron aterrizar”, cuenta.

Tras ocho años asistiendo al mismo taller, Campos logró dos publicaciones y consiguió hacerse de sus propios talleres de cuento en el Museo de la Ciudad y en el complejo cultural La Fábrica.

Sin embargo, el taller no fue su única motivación para desarrollar la escritura.

“Antes de descubrir el taller me dediqué a dar el rol por toda la República. Es decir, nos acabábamos de mudar a Querétaro cuando mis amigos chilangos me hablaron para invitarme con ellos a viajar.

“Aunque me gustaba leer, no me interesaba la escuela, así que la dejé de lado y anduve un año, o poco más, viajando de ciudad en ciudad. Eso me permitió conocer el país de una manera muy peculiar”, recuerda.

Asegura que, pese a que esto le permitió desarrollar parte de los elementos que luego integrarían su narrativa, los viajes por México tuvieron sus dificultades y sus situaciones incómodas.

“Llegado un punto, me cansé de no tener raigambre, pedíamos limosna y pasábamos poco tiempo en las ciudades. Es emocionante pero tedioso; te cansas, te pones más negro y tienes que darte cuenta de que hay gente peligrosa.

“Una vez, mi compa Benja y yo fuimos por hierba en Santiago Ixcuintla. Cuando llegamos al barrio donde la vendían, había varios tipos en la calle. A uno no le gustó que estuviéramos ahí y nos amagó con un rifle. Fue un momento de mucha tensión, pero no nos pasó nada porque mantuvimos la cordura”, describe.

 

Tiene predilección por escritores argentinos y uruguayos

El cuentista asegura que viajar abre la mente y que a él le ayudó en su trabajo, pero también reconoce que no es un requisito indispensable para ser narrador.

Sobre su literatura preferida, afirma tener entre sus favoritos a diversos autores.

“Me gustan mucho los argentinos y uruguayos: Felisberto Hernández, Macedonio, Armonía Somers. Últimamente he estado leyendo a una brasileña, Clarice Lispector. Son escritores que me parecen interesantes por su componente existencial, aunque pareciera que en sus libros nunca pasa nada”.

Sin adherirse a ninguna filiación religiosa en particular, Campos advierte que su fe está puesta en las personas que “lo intentan”.

“La gente que hace su lucha diaria hace que no pierda la fe en la humanidad. Todos los días ves tanta mierda que… está cabrón. Aunque creo que muchos pedos con los que te enganchas en realidad tienen que ver contigo más que con el mundo”.

Desea seguir escribiendo y hacerlo mejor cada vez para “ganar sustancia” respecto a su último trabajo publicado. Actualmente trabaja en la elaboración de una novela.

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