Cultura

Literatura portatil o de cómo Goethe encontró sus pares en Querétaro City

Por: Luis Alberto Arellano

Durante las últimas semanas, ha estado en el centro de la discusión pública la pertinencia del término Queretanidad, como un concepto que agrupa y define los rasgos característicos de los habitantes de esta ciudad, en oposición al resto del país. Sin querer abonar a la discusión sobre las problemáticas propias de un concepto asociado con una identidad, tan resbaladiza al momento de definirla y tan poco operante al momento de usarla, quiero hacer algunas reflexiones desde el ámbito de competencia más cercano a mi labor diaria, la literatura. Trato, pues, de discutir el término más cercano a mí de Literatura regional y sus distintos usos en el ámbito de la reflexión acerca de la literatura.

La denominación Literatura regional está asociada a un concepto goethiano, la Weltliterature, usado por el genio de Weimar para definir la libre circulación de obras literarias por los distintos países del mundo occidental, aún cuando no hubieran sido originadas en ese hemisferio. Es notable, que la Weltliterature, la literatura mundial, se opone a la(s) literatura(s) nacional(es), pero se forma a partir de ella(s). Es decir, un país cualquiera desarrolla una literatura propia, dotada con los alcances de su zona del lenguaje, y eventualmente aporta piezas que se suman a ese concierto mundial de obras celebradas y leídas por una mayoría, sin importar el idioma ni el horizonte donde fueron creadas. Este término será usado y explotado ampliamente por Claudio Guillén en el siglo XX, para dar forma al estudio comparatista de la literatura, al menos como lo conoce la filología del ámbito hispánico. Su mejor pieza acerca de esta compleja y sutil relación de las obras con sus receptores se encuentra en el maravilloso Lo uno y lo diverso, publicado originalmente en 1985, y más ampliamente en Múltiples moradas, de 1998.

Tomemos ahora con cuidado el término Literatura mundial, ¿de qué hablamos cuando nos referimos a este fenómeno? ¿Admite la reflexión goethiana o la de Guillén pensar en una Literatura regional o estatal? Guillen es claro: le parece ocioso. Aunque la escala de relación se puede acortar más y hablar de espacios literarios definidos por un horizonte geográfico específico, para Guillén como para los comparatistas actuales, lo dicho por Goethe tenía la intención de superar, precisamente, el patronímico geográfico. Dicho en otras palabras, aunque la escala pueda reducirse, al menos teóricamente, su utilidad es cada vez más reducida y más difícil de operar. ¿Por qué? Por la falta de interés que tendrán esas piezas para el ámbito global. Es decir, por el reducidísimo número de lectores y comentaristas que tienen acceso a ellas y por el nulo impacto que tendrán en la tradición o en otros autores. Y más aún, por la dificultad para encontrar rasgos comunes entre las piezas. El fin de agrupar una diversidad de piezas entre sí bajo el término nacional, busca identificar aquellos rasgos que distinguen a una práctica literaria situada de otra. Esto es muy claro cuando se revisa a través de la historia de la literatura: es el caso del siglo XIX mexicano, ocupado en distinguirse oportunamente de la literatura española de la península y reclamando a cada paso un espacio para sí. Tanto que se resuelve en un hecho fundacional realizado por Ignacio Altamirano al acuñar la noción de la República de las letras, como ese espacio propio y de concordia habilitado desde el periódico literario El Renacimiento para todos los escritores mexicanos del momento. Este fenómeno se puede apreciar en todas las literaturas de países postcoloniales que buscan distinguirse de la metrópoli, pero sin renunciar a un idioma común como medio de expresión. Eventualmente, alguna pieza producto de esa tensión entre diversidad y rasgos comunes, trasciende el propio ámbito y circula como una pieza que puede ser recibida en cualquier parte del mundo. Es decir, la única razón de la identidad nacional, para el filólogo, es que es un referente qué trascender en algún momento. Entonces, resumiendo, si la Literatura nacional es el estudio de aquellos rasgos que nos igualan entre nosotros y a la vez nos distinguen de la metrópoli, por poner un ejemplo del discurso dominante al que se opone la denominación, entonces ¿qué utilidad tendría fragmentar esta unidad en aras de espacios cada vez más acotados e invisibles?

Así las cosas, ¿de dónde viene el uso común del término Literatura regional? ¿Por qué se muestra tan operativo y por qué los creadores locales reivindican para sí el término? Aventuro una hipótesis: se trata de un término útil a los funcionarios, que así, en la explotación de esa identidad acotada y menor, justifican su existencia como promotores culturales desde el estado. Si las obras trascienden el ámbito local para jugar en el ámbito nacional o en el mundial, entonces ellos tienen poco qué hacer, porque no tienen los medios para influir en esos términos. Lo repito, Literatura regional es un término que sirve para justificar una burocracia local de promoción desde el estado. Y la razón por la que los artistas la reivindican es un caso ejemplar de ideología. Entiendo por ideología la creación y circulación de un relato que justifica y explica las relaciones de poder entre miembros de una sociedad y que normaliza un estado de excepcionalidad entre pares.

¿Es entonces extraño que en recientes meses un funcionario ajeno a la cartera cultural, Juan Antonio Isla, haya creado, dirigido y coordinado una colección de «Autores queretanos», en el afán de mostrar una especie de canon regional? ¿Que lo haya realizado por encima de instancias dedicadas al libro, como el Fondo editorial de Querétaro o el maltrecho IQCA de Laura Corvera? No, no lo es. Es pura ideología. ¿Es extraño que esta colección hecha con recursos públicos se publique en coedición con la cuestionada Calygramma sin mediar una convocatoria, sino por adjudicación directa de un proyecto que lleva más de dos decenas de títulos? ¿Que se publique desde una oficina que no tiene otro objetivo de promoción cultural y que se ha convertido en una especie de bodega de ejemplares no entregados? No, es pura ideología. ¿Es extraño que el funcionario, a saber Jefe de la oficina de asesores del gobernador José Calzada Rovirosa, un político que no tiene formación como escritor o experiencia como crítico, haya escogido el catálogo de autores, y se haya dado el lujo de incluirse en ese «canónico» recuento de la literatura queretana del siglo XX  y siglo XXI? No, para nada. Porque lo que sustenta esa ideología detrás del término Literatura regional es la normalización de un sistema que privilegia con lo excepcional a unos cuantos, mientras niega al resto o los invisibiliza. Un mecanismo que premia si se guarda silencio y se reparte el botín. Un sistema que se sabe pequeño para competir en el ámbito mayor y se refugia en la excepcionalidad acotada y menor del regionalismo. Un sistema que encuentra en la vanidad su justa medida carente de trascendencia. Un sistema que se aplaude a sí mismo porque los demás le volteamos la espalda. ¿Reconoce a este sistema? Yo también, se llama viejo/nuevo PRI y no ha cambiado nada.

{loadposition FBComm}

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba