Cultura

Los hijos del cura

Por: Juan José Lara Ovando

Dos películas centroeuropeas, casualmente en cartelera, son parte de este comentario: La postura del hijo (Rumania, 13) y Los niños del cura (Croacia, 12). La primera galardonada con el Oso de oro del Festival de Berlín y la segunda Premio del Público en Karlovy Vary, República Checa, además de ser la película más taquillera de su país. El contraste entre ambas es el ambiente sórdido y claustrofóbico de la primera con el humor negro de la segunda, por lo que estamos ante un drama y una comedia.

La postura del hijo parte de un crimen, pero no resuelve ninguna problemática policial sino que se interna en una intensidad conflictiva que no deja margen al respiro. La anécdota es muy simple: un hijo de familia (de 32 años, no un niño o adolescente), de clase alta, casado y con hijos, tiene un accidente de tráfico con víctima mortal y su sobreprotectora madre intenta librarle de la cárcel por todos los medios. El resultado no importa demasiado, pero lo que muestra es la podrida corrupción de la clase acomodada rumana y cómo se ha introducido en las instituciones y en la gente, de modo que las trampas legales (aun las graves) se convierten en una simple transacción.

Los personajes de la película se dibujan por sus actos detestables y por sus costumbres corruptas; muestran su imagen con ostentosos abrigos y joyas que lejos de otorgarles clase, huelen a dinero y whisky. Ricachonas sin vida, muertas por dentro, donde el lujo es putrefacción, como las señoras con collares bailando torpemente en una fiesta, verdaderamente repelentes. Una madre que remueve el mundo por salvar a su hijo sin que entre ellos se vea la más mínima muestra de cariño, especialmente de él hacia ella, presenta una cuestión más de control que de amor. Una familia rota y fría, como la sociedad en la que se mueven. La película denuncia la situación actual de Rumania, en donde la corrupción y el poder de los nuevos ricos pueden contra todas las instituciones del Estado. De una sociedad dividida entre los que se han enriquecido rápidamente y a los que el progreso ha dejado atrás.

Si en las telenovelas los ricos también lloran, en La postura del hijo vemos que también enfrentan la adversidad y el vituperio, pero las penas con dinero son más llevaderas y livianas porque son más manipuladoras, retorcidas y soterradas. Por eso la historia de una mujer que ha fracasado como madre, de un hijo que la odia y comienza a separarse de ella, una nuera cansada de un círculo tan asfixiante y un marido ausente en los momentos centrales, o sea, las mujeres tienen el mando y los hombres son intrascendentes. El relato es mínimo, no tenemos mayor explicación de la relación materno filial, ni sabemos cómo concluye el problema.

Lo que importa es lo que se ve, la suciedad moral, la afrenta que supone tener contactos en una sociedad donde el amiguismo es moneda de cambio que adultera las relaciones y desbarata cualquier noción de justicia. La necedad del dinero, las pieles y las veladas de ópera impiden cualquier intento por entablar relaciones humanas entre iguales y todo está abocado a sacar provecho, a subvertir y mangonear cualquier vínculo. Con excelentes interpretaciones, principalmente la madre (Luminita Gheorghiu), con una atmósfera inquietante, con los efectos expresivos que da la cámara en mano y con historia carente de amor, el director Calin Peter Netzer dirige una película turbiamente interesante, aunque no sé si por eso ganó un premio tan importante.

Los niños del cura, en cambio, aparenta ser una comedia anecdótica sobre la inocencia e ideales utópicos pero bajo un humorismo desbordante se presencia una crítica a las instituciones croatas, principalmente la Iglesia. A partir de la llegada de un nuevo (y joven) sacerdote a una pequeña isla para compartir su labor cristiana con un querido y anciano párroco, aquél se da cuenta que la natalidad en el pueblo es casi inexistente y superada fácilmente por la mortalidad (algo común en toda Europa, con el consecuente envejecimiento de la población), enterándose de que se debe al alto consumo de preservativos que se venden libremente en el puesto de periódicos, a donde acuden jóvenes estudiantes y maridos infieles; por lo que decide solucionar ese problema de manera inofensiva pero sin medir las consecuencias: ayudado por el propio vendedor, hace un hoyito con un alfiler a cada preservativo, produciendo un alto incremento de la natalidad, al grado que provoca otro problema, la llegada masiva de visitantes (las invasiones de inmigrantes son siempre una amenaza y pueden encender obsesiones xenófobas) buscando el milagro de la fertilidad.

Los habitantes de la isla se mueven a partir de una división étnica resultante de las guerras en el siglo XX. Por ejemplo, el farmacéutico (que completa el equipo pro-natalidad del cura) transforma la campaña del cura en una prolongación de la guerra de Bosnia (contra serbios y musulmanes). La estrategia contra el envejecimiento poblacional es una batalla a discreción; una resistencia croata a desaparecer del mapa. Este contexto permite crear un ambiente donde reina la locura. Los personajes no tienen nada qué perder y actúan a partir de impulsos, sin escrúpulos e inconscientes de las consecuencias por sus acciones. En teoría, existen normas sociales; pero en realidad viven en una tierra de nadie, donde ocurren eventos atípicos sin que nadie los cuestione o investigue. Se apunta el dedo a la Iglesia como principal culpable de la ignorancia del pueblo y se carga el armamento crítico contra los actuales jerarcas católicos.

El protagonista es una referencia a las nuevas generaciones de jóvenes católicos que buscan enérgicamente un regreso a los tiempos del dominio religioso. El cura intenta defender los principios del buen hogar, cuando la estructura de familia nuclear ha muerto hace tiempo. Las decisiones radicales del cura son ingenuas y propias de un patético héroe. En contraste, los viejos jerarcas ocultan con una postura relajada la corrupción y los crímenes dentro de la Iglesia. El film termina por convertirse en una sátira de la pederastia y la impunidad en los casos de abuso a menores. Dirigida por un cineasta, Vinko Bresan, que si bien no ha filmado tanto cinco películas) se muestra experimentado y creativo para mostrar con ingenio una entretenida crítica a la sociedad actual.

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