Cultura

Los libros

Por: Juan José Lara Ovando

A decir del escritor Julio Cortázar, en el libro encontramos la vida porque “sin la palabra no habría historia y tampoco habría amor; seríamos, como el resto de los animales, mera sexualidad. El habla nos une como parejas, como sociedades, como pueblos. Hablamos porque somos, pero somos porque hablamos”.

Dos películas sobre los libros se encuentran en nuestro comentario de hoy, Ladrona de libros y Amor índigo. Las dos proceden de novelas, la primera procede de una obra con el mismo nombre, publicada en el 2005 y escrita por el australiano Markus Zusak, convertido en best seller desde el 2007 y dirigida principalmente el público infantil; la segunda se basa en la novela La espumade los días del escritor de culto francés, Boris Vian, publicada en 1946. Es una de sus primeras obras formales en la que maneja un tema serio, por lo que no fue perseguido, como en la mayoría de sus obras de novela negra.

Lo peculiar es que Ladrona de libros se ubica históricamente durante los años de la Segunda Guerra Mundial (38-45) y en un pueblo del sur de Alemania, en tanto que la adaptación de Amor índigo se aleja de aquella época en la que fue escrita y se puede presentar como actual, aunque la presencia de un escritor que simula a Jean Paul Sartre la pueda colocar unas décadas atrás. A diferencia de la anterior, ésta es una novela escrita al finalizarla Guerra Mundial citada sin que se haya preocupado lo más mínimo en dedicarle una referencia, por lo que la primera de las películas, en la última escena, da un salto para llegar hasta mediados de la década anterior para comentar qué fue de Liesel, el susodicho personaje que tomaba prestados libros de la biblioteca del alcalde del pueblo.

Las dos películas son muy diferentes, no sólo por sus temáticas, sino por la forma de realizarlas, sin embargo, las dos resultan interesantes y si bien no son joyas de la cinematografía, pueden resultar atractivas y seguramente dan mucho de qué hablar.

Ambas son del 2013, la primera es una coproducción estadounidense-alemana dirigida por un británico, Brian Percival, en tanto que la segunda es francesa, dirigida por el afamado cineasta francés, Michael Gondry. Los dos directores son destacados, aunque Percival no lo es en el cine sino en las series televisivas, pero Gondry sí goza de fama con sus escasas películas, entre las que destaca Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (05), después de una reconocida labor en la dirección de videoclips en la que han pasado grandes estrellas del rock actual.

La presencia de Percival en la conducción de Ladrona de libros da mucha soltura a la historia, que se relata con mucha sobriedad para mantener la tensión que se vuelve creciente a medida que suceden los acontecimientos, sin que se vuelva un drama lacrimógeno, que podía ser muy fácil, pero logra que la historia vaya fluyendo y se logre contar sin sobresaltos. Ese es su mérito, pero al mismo tiempo su obstáculo, que el relato se cuenta muy bien, vamos al tanto de todos los acontecimientos, que son además atractivos (la historia de una niña, hija de comunistas, que tiene que quedar como adoptada por otra familia en un país donde ya empieza a ser notoria la persecución nazi, primero a comunistas y poco después a judíos. Ella irá creciendo en esa casa y con esa familia y durante la guerra tendrá como compañero, casi hermano, a un joven judío al que esconden en el sótano de su casa y se hará compañero de un chico vecino con el que va a la escuela, que sueña con darle un beso y con correr en competencias como Jesse Owens (sus dos amigos son lo opuesto a lo esperado por esa sociedad). Además de ser bien acogidapor su nueva familia, es tranquila y se convierte en buena lectora, al grado que durante la guerra va tomando prestado libros de una biblioteca particular y cuando están en el refugio antiaéreo va contando historias que dispersan un poco la tensión del bombardeo) pero nunca se llega a un clímax, ni se compromete con ninguna postura, es decir, el director no entra en complicaciones, trata el tema como debe contarse y nada más. Incluso utiliza una fotografía muy nítida que realza la belleza formal pero no redondea bien las emociones que la historia refleja. Narrada extrañamente por la muerte y bien actuada por los tres jóvenes, aunque los que los sostienen son los maravillosos padres; Emily Watson (estupenda) y Geoffrey Rush, como siempre, dando confianza a todos los actores y hasta a los espectadores.

Por su parte, Gondry hace todo lo contrario, se encuentra en medio de sus principales obsesiones: ante una historia surrealista, en lugares imaginarios, dentro de un universo poético, en una atmósfera visual donde se respira colorido tanto como aire, con la innovación como eje, es decir donde todo parece irreal pero se sujeta a cuestiones reales como el amor, la enfermedad y la muerte. Todo es bonito y se tiene al alcance del goce y el disfrute sólo que, contrario a lo esperado por la exposición inicial, la adversidad está presente.

La historia es muy sencilla, es de amor, de un amor intenso, que le pone color a la vida, posiblemente por eso se llama así la película, ya que cuando Colin y Chloé se enamoran, todo es felicidad,las rosas florecen y no hay nada que los apure ni oscurezca su destino. Pero éste se trunca de manera inesperada y rara, ella enferma porque le crece una flor en el pulmón. A pesar de que Colin invierte todo su dinero y tiempo en atenderla, ella fallece y él, ya sólo, piensa en el suicidio. Toda una catástrofe, donde el color se perdió, se fue desvaneciendo convirtiéndose en sepia y luego en blanco y negro, sin que todos los esfuerzos logren que se salve. La debacle abarca hasta a Sartre, que con toda su sabiduría es asesinado.

El tono de la película es más disparatado que el de la novela, que parece decirnos que la felicidad es fugaz aunque nos impregne para siempre, como la música de Duke Ellington, nuevamente homenajeado. Utilizando pura ambientación (Gondry se niega a usar efectos), parece una cinta exagerada, pero sus dosis visuales han llamado la atención de los espectadores aunque sigan siendo raras para ver el mundo tal cual es, con más pesadillas que sueños. Sin poderse hacer a un lado de nubes de carrusel, ni teléfonos o máquinas de coser animadoso de personas bailando con piernas que se vuelven zancos que parecen negar toda realidad, no tenemos esa misma sensación con una historia que deja de lado la imaginación para meternos a un sufrimiento verdadero. Los libros, nunca los deje de lado, ábralos y entréguese a ellos, que las historias y las ideas aparecerán.

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