Cultura

Los nudos de Giovanni Sartori

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

Entre los universitarios, particularmente entre los que circulan en los callejones de las ciencias sociales, es muy bien conocido Giovanni Sartori. Tres libros suyos sintetizan su pensamiento y sus aportaciones: Partidos y sistemas de partidos, Videopolítica: Medios de información y democracia de sondeo y Homo videns: La sociedad teledirigida. Este politólogo italiano, que también estudió el sistema político mexicano y su partido hegemónico, nació en la misma ciudad de Dante, Bocaccio, Maquiavelo, Leonardo y Miguel Ángel, y en 2005 fue reconocido con el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales.

Viene al caso ocuparnos de él porque en estos días, “con la fortaleza de sus noventa años”, se ha despedido de entre nosotros. No ha muerto pero no escribirá más. Y no escribir más es una forma de morir. Anunció su retiro con un texto que a juicio de algunos es la lectura pesimista de un mundo en pésimas condiciones. En mi opinión, se trata, simplemente, del “¡ahí nos vemos!” de un hombre que sabe que es hora de irse. Sin dramas, sin humedades. El texto lo publicó el suplemento cultural Confabulario, hace unos días.

Sin pesimismo, viendo de frente las torpezas y los fracasos del gran proyecto de la democracia, en su último escrito planteó los tres nudos problemáticos de nuestro tiempo, formidables retos para el Estado y la democracia. El primero es el imperio de las trampas y artilugios de la economía especulativa, donde la gente ha acabado por pagar demasiado caros sus sueños de solvencia y grandeza. El segundo es la responsabilidad de la institución católica en la sobrepoblación mundial. Hay países que son de alarma: Pakistán, por ejemplo, en un territorio equivalente a Texas aloja a 195 millones de personas y en 35 años tendrá una población superior a todo Estados Unidos. México aporta lo suyo a este nudo problemático: entre los países de la OCDE, es el que registra el mayor número de embarazos de adolescentes: mil 252 partos cada 24 horas.

El tercer nudo tiene que ver con los estertores finales de la sociedad abierta y liberal. El mundo liberal-democrático, nos recuerda Sartori al irse, “se basa totalmente en la capacidad de abstracción, en conceptos que no se ven (que sólo se pueden concebir), y que no se pueden hacer visibles. Dicha capacidad de abstracción es destruida por la televisión y el mundo de la red, por los cuales existe sólo lo que se ve”. De ahí que, como bien lo ha sintetizado Jesús Silva Herzog, la televisión creó individuos ineptos para la democracia. Se refiere, claro, a la televisión dominante cuyos contenidos niegan la ciudadanía y fomentan el dogmatismo, la ignorancia y los fanatismos. Exactamente lo contrario de lo que define la Constitución como fines superiores de la educación.

(No hace mucho quedé sin palabras ante una señora que se santiguaba ante la crueldad de la gente. ¡Cómo, exclamaba, si “los buenos somos más”! Me impresionó la naturalidad con que la gente hace suya la propaganda de TvAzteca, como quien obedece sin chistar un mandato supremo. De igual manera, hace unas semanas me conmovió el poderoso tallado que las telenovelas ejercen sobre la visión del mundo en las personas: un niño, emocionado, contaba los avatares de los últimos capítulos de “Lo que la vida me robó”, una exitosa novela de Televisa, y se decía admirado de cómo Dimitrio, uno de los personajes, de pronto había dejado de ser malo para convertirse en bueno. Ese es el drama de nuestro tiempo: la conquista de la mentalidad contemporánea por una nueva teología que niega la ciencia, la complejidad y el pensamiento crítico).

Así de penoso es el horizonte, en palabras de Silva Herzog: “lo que nos espera es más la perversión democrática que el ensanchamiento democrático. Ya no es la amenaza de un golpe militar que cancela violentamente las libertades, sino una serie de maniobras que pervierten poco a poco el funcionamiento de las instituciones y que se sirven de la pasividad individual para imponer nuevas fórmulas autoritarias”.

Que al maestro Sartori le vaya bien.

 

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