Cultura

Lucy en el cielo de pistolas

Por: Juan José Lara Ovando

El nombre de la primera mujer en la historia del planeta es Lucy, no Eva, y vivió hace 3.2 millones de años. El nombre se debe a que el científico estadounidense Donald Johanson escuchaba, con su equipo de trabajo, la canción Lucy en el cielo de diamantes, de Los Beatles, la noche previa a que la encontraran, en noviembre de 1994. La actriz Scarlett Johansson interpreta a Lucy en la película homónima, una súpermujer por la dotación de poderes que tiene, se supone que no sobrenaturales, pero sí activados a su máxima potencia.

No obstante, se trata de una mujer de mente prodigiosa, pero no utilizada para resolver problemas de la humanidad, ni siquiera de las mujeres, sino que la convierten en una perfecta máquina de matar. Una asesina no profesional, pero más profesionalizada que cualquiera, incluso que Nikita (90), que -claro- hace dos décadas no era posmoderna y futurista, sino simplemente policiaca comparada con Lucy. Menciono Nikita porque el director de ambas películas es el cineasta francés Luc Besson, que entre mediados de los 80 e inicios de los 90 deslumbró al mundo con una serie de películas de acción muy bien armadas que despertaban el interés, tanto del público, como de la crítica, por su belleza visual y su contenido inteligentemente armado (Kamikaze, 83; Subway, 85; El perfecto asesino, 94; y El quinto elemento, 97; además de Azul profundo, 88, sobre una rivalidad en un deporte extremo).

De entonces para acá, Besson cambió, es otro, tomó otros temas -desde Juana de Arco (99), que no tuvo el éxito esperado, hasta los Minimoys, niños que se empequeñecen para vivir aventuras en dibujos animados- y produjo una serie de películas, entre las que predominan las de acción violenta, algunas actuadas por Jason Stahtam (Revolver, 05) y Liam Nesson (Búsqueda implacable, 08). Ahora, Besson intenta sorprender con una película que le abre las puertas a festivales de cine y a la taquilla nuevamente, pero que -por lo mismo- fue esperada también por la crítica, que desafortunadamente no la ha encontrado lo suficientemente aplaudible.

La premisa de Lucy es la de una inocente y dulce -además de atractiva- estudiante que disfruta de unos días de vacaciones y vida nocturna en Taipei. Lleva apenas una semana de romance con un vivales que le pide (y luego la obliga a) que entregue un maletín a unos mafiosos liderados por un cruel Mr. Jang. El portafolio tiene varios paquetes de CPH4, una poderosa droga sintética diseñada a partir de sustancias humanas (generadas por embarazadas). La cuestión es que los mafiosos la obligan a transformarse en mula para llevar a los Estados Unidos uno de esos paquetes oculto dentro de su cuerpo. Tras recibir unos cuantos golpes en el estómago, el contenido empieza a esparcirse por su organismo convirtiéndola en algo así como una heroína digna de Marvel (desde luego, Scarlett es la Viuda Negra de los Vengadores).

A partir de ese momento, empieza a decir que siente todo porque su cerebro se expande del 10% que usa cualquier ser humano hasta el mismísimo 100%, que nadie alcanza a utilizar. Así, no sólo empieza a tener una fuerza descomunal sino también la capacidad para mover elementos con la mente y hasta manipular el accionar de otras personas; caray, aquí se ejemplifican de otra forma los sentidos de la acción de Max Weber o los motivos instrumentales de Jon Elster. Si esa premisa puede sonar ridícula, todavía más lo son las conferencias de un experto en la materia, el profesor Norman (Morgan Freeman) y ni qué hablar de los documentales que resumen las miserias, catástrofes, hallazgos y milagros de la sociedad a lo largo de los siglos; mas eso no parece importar ni molestar a nadie, porque lo que deja a la luz es la premeditación comercial de la película, que después de una idea atractiva se vuelve mera, pero decididamente, graciosa y disfrutable cinta.

Besson no se toma demasiado en serio, se ríe de sí mismo, como lo ha hecho los últimos 20 años, juega al cine clase B, apuesta por el humor negro, acumula excesos sangrientos; eso sí, regala un par de escenas memorables de acción y persecución, además de que se regodea con Scarlett como diva, convertida de gatita a mujer de acción. La cuestión aquí es que Besson nos vuelve a contar la misma historia citando los mismos clichés, lo que lo vuelve más superficial aun cuando incluya homenajes cinematográficos (Matrix, Kill Bill y 2001: Odisea del espacio, además de cierta similitud con la reciente Her, Jonze, 13) que si bien llaman la atención, no le dan un giro más interesante al filme, porque las preguntas que puedan surgir, como ¿es bueno aprovechar al 100% nuestra mente? ¿Para qué nos sirve llegar a tener tanto conocimiento? ¿Cómo podemos aprovecharlo? no sólo no tienen respuestas, ni siquiera forma de seguirlas.

La capacidad de asombro con la que Besson convocaba dejó atrás la intriga y el divertimiento que despertaban sus ideas de cosas mundanas en sus películas, como la relación insólita que surge entre una niña y un asesino en El perfecto asesino, personajes que traspasaron la intensidad de su relación a los espectadores que siguen recordando ese vínculo. Ahora ya no es así, lo que encontramos de este director francés, fuera del gusto instantáneo, es perfectamente olvidable, no hay más que un desenfado de contar historias en las que se reproduce a sí mismo, como si él fuera su propio género cinematográfico. Eso sí, el arranque comercial de Lucy en el mercado estadounidense recaudó 80 millones de dólares en sólo 10 días, la apuesta le salió muy bien al director, lo que muestra que goza de nombre y prestigio.

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