Cultura

Metal queretano, entre la represión y la crítica social

Por: Vladimir López Escobedo

Dice el poeta estadounidense Henry Wadsworth: “La música es el lenguaje universal de la humanidad”. Sin embargo, los gobiernos de Querétaro no lo ven así.

En 2003, el ‘subcomandante Marcos’ consideró a Querétaro como un lugar “donde el racismo y la prepotencia son quienes mandan y la estupidez tiene el rango de programa de gobierno”, que no respetaba la diversidad cultural y de grupos minoritarios porque —presuntamente— daban “mal aspecto a la imagen urbana”.

Una década después, la entidad cuenta con una reglamentación que restringe el otorgamiento de permisos a grupos de música alternativa como el thrash metal para realizar sus eventos, “a diferencia de otras partes del país, donde se ponen difíciles pero te dan las autorizaciones mientras pagues; en Querétaro, no”, advirtió César David Tarello Leal, integrante de la banda metalera Piraña y académico de la Universidad Autónoma de Querétaro.

Pero estos grupos no se dejan intimidar, su cultura y resistencia los han mantenido vivos en ese laberinto de despropósitos, prueba de ello es el grupo Piraña, agrupación musical de thrash metal formada en el año 2003.

Inició con César Tarello y Samuel Olvera. En la actualidad cuenta con cuatro producciones discográficas y ha recorrido parte del país y Cuba, así como del norte de Europa. La mayoría de sus canciones son de protesta, en respuesta a la falta de atención a las demandas sociales y al carácter ‘represivo’ del gobierno.

El thrash metal es una supraespecialización del metal, se caracteriza por la rapidez de la batería y del bajo, por una guitarra ‘chillona’ y una agresividad en las vocales.

“Te digo en la cara lo que siento”, sus letras tienen tres grandes propuestas: fiesta, guerra y protestas sociales. En la actualidad, el thrash ha recobrado vigencia, quiere salir de la crisis  en la que entró en los años 90, apenas una década después de su auge, según César David Tarello, quien expresó que goza al ‘destruir las armonías a gritos’.

En Querétaro no es fácil hacer difusión de este género musical, los permisos legales para difundir y promocionar esta “otra cultura, otro arte, otra forma de hacer música”, presentan grandes trabas.

“Desde que comienzas a pedir tu evento ya te están calificando: quién eres y qué vas a hacer; si no les gusta el espectáculo o el evento, no te dan los boletos; si no te los sellan, no puedes distribuirlos”.

“Para una tocada a la que van a ir 100 o 150 personas, piden ambulancia, por si hay algún problema; dictamen de Protección Civil que te cuesta 500 pesos; fianza del evento: el 6% de las entradas para el municipio y el 8%, para el estado, que son los impuestos.

“Entonces, la pura ambulancia va a costar 4 mil pesos, con eso puedo traer una banda de otro lado o pagar la renta del equipo o la seguridad. Hay tantas trabas, entonces ¿qué haces?: clandestinajes”, explicó el también autor del libro Del peróxido de benzoilo al vodka.

A pesar de que las tocadas son de vez en cuando y los rockers se enteran de forma práctica, es muy difícil que se enteren los inspectores, pero “en una ocasión llegaron a clausurarme un evento en el Museo de la Ciudad, sólo que no contaban con que antes de la tocada fui, presenté mi demanda de amparo y hubo suspensión. Apenas estuvo bien, porque había como 300 personas”, recordó César Tarello.

El Thrash y la denuncia

El escritor y músico también enfatizó que Piraña cumple un compromiso social, aunque “no llegamos al grado del punk o del hardcore, pero sí hay una denuncia dentro de cada una de las canciones, ahí está un mensaje social que nosotros tratamos de dar”.

“No debe ser nada más llegar, subirte y no hacer nada; si eres músico y estás hablando algo con tu letra, tienes un compromiso y, con pantalones, debes sostenerlo”, sentenció.

“El ambiente de una tocada puede parecer muy pesado, todos llegan de negro y con la cara de malos, con el cabello largo y actitud gandalla, pero realmente es tranquilo”, afirmó por su parte Samuel Olvera, guitarrista de Piraña.

Sin llegar a la tranquilidad de los frecuentadores del café-concierto, como llamaba Gorki a los “maestros del arte”, que durante el día no tienen nada qué hacer y que por aburrimiento se meten en todas partes que los dejen.

A pesar de las trabas que se encuentran en la reglamentación queretana, el thrash metal, gracias al avance tecnológico, ha tenido un progreso.

“Antes era mucho más difícil que ahora conseguir un concierto, porque te tenías que ‘cartear’ —y le llegaba la carta en tres semanas al organizador— para preguntarle si se puede tocar, y luego en lo que contestaba…”, concluyó Samuel Olvera, quien también se dedica a organizar eventos de thrash metal.

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