Cultura

Metido en Honduras: Las diferencias entre erotismo y pornografía

AMOR, HUMOR Y MUERTE

Erótica. Ana Alvelais

Por: Edmundo González Llaca

Escribir sobre las diferencias entre el erotismo y la pornografía es algo muy complejo, son terrenos resbaladizos en virtud de que se trata de conceptos históricos, relacionados con los valores que siempre hunden sus raíces en la cultura y costumbres del presente. Lo que antes era pornográfico ahora resulta tan inocente que casi puede formar parte de una serie de Disneyworld.

 

Prueba de ello, es la siguiente anécdota que narra José Woldenberg*. A un juez –Warren Burger, del Tribunal Supremo de Estados Unidos– le demandan que defina pornografía y los daños que produce. El juez admite que, aunque no se ha encontrado todavía ninguna relación entre el consumo de pornografía y alguna conducta antisocial: “cualquier comunidad puede llegar a la conclusión de que esta relación existe, si así lo quiere. Dicho de otro modo, una comunidad indignada puede quemar a una bruja aunque en realidad las brujas no existan”.

En suma, la especulación sobre las diferencias entre erotismo y pornografía debe partir de la idea de que todo es relativo y la prueba del ácido la aplica la comunidad. La reflexión vale la pena, pues ciertamente sin sexo nuestra raza no existiría, pero sin erotismo no seríamos realmente humanos. Remontar lo brutal, espontáneo, concreto y desordenado del instinto sexual con la caricia suprema de la inteligencia, la imaginación, ofrece aspectos interesantísimos que ayudan a conocernos a nosotros mismos y a nuestra sociedad. Vayamos al grano, más bien a las neuronas y a la piel.

Las diferencias están antes, durante y después del acto sexual; en la estructura temporal encontramos las distancias. La pornografía no tiene un proceso, sólo apuesta a la carne en forma inmediata y urgente. Todo concluye en el orgasmo. Parafraseando a un ex presidente, te bañas y te vas.

En el erotismo el tiempo con la pareja es totalmente diferente, está ligado con una evolución, con un ritual. Los sentidos y el sexo representan un estímulo pero pueden no ser lo último, pues queda aún la posibilidad de llegar al amor, donde ya los participantes se meten en un berenjenal en el que al imperio de la carne se le abren las fisuras con el taladro de la inteligencia y las emociones, lo que provoca que nadie conozca el final de eso que llegó como un simple atractivo; una ensarapada e hipócrita tentación.

En el erotismo el sexo es, en términos zapatistas, de quien lo trabaja; esto es parte del placer. Pero, como en los clavados sincronizados, el trabajo es de dos. No se trata de ganar sino de llegar juntos y al mismo tiempo. En la pornografía el sexo no tiene contexto, los “deleites venéreos” son fáciles y a lo que van; sin mayores pretensiones posteriores. Con cinismo absoluto el Marqués de Caracciolo, de la aristocracia francesa del siglo XVIII, respondía a quien le preguntaba si hacía el amor: “No, no hago el amor; lo compro hecho”.

En el sexo pagado, que forma parte de la pornografía, hay una amputación de la experiencia recíproca. Lo importante, lo único, soy yo; no es existe el prójimo o la prójima. Todo se concentra en el encontronazo de “las vergüenzas”, como diría mi abuelita.

Estas diferencias entre el erotismo y la pornografía se sostienen no sólo en los distintos tiempos y en el significado del acto, sino también en la consideración que se tenga de la pareja. En la pornografía el cuerpo del otro es un instrumento para el placer personal, a los participantes les tiene sin cuidado los sentimientos del otro. Lo que evidentemente no complace, principalmente a las mujeres y ésa es una de las razones por su disgusto de la pornografía.

En España, señala Javier Cercas, circula un chiste en el que se pregunta: ¿Por qué las mujeres, a pesar de su rechazo a la pornografía, se quedan hasta el final de las películas porno? Para ver si los protagonistas terminan enamorándose.

En el erotismo la profundidad de la relación es mayor. De entrada porque interviene la inteligencia, la que independientemente de la trascendencia del acto, está consciente que el placer es una cosecha cuya fecundidad depende de la forma como se conjugue el verbo “compartir”. En el caso de los enamorados es aún más claro, el alma reconoce y procura el gozo del cuerpo pero para entrar en posesión del alma.

En otras palabras, el erotismo no tiene nada que ver con la pornografía como “hacer el amor” no tiene nada que ver con “coger”. El primero equivale a una actividad de la pareja cooperativa, generosa, solidaria. “Coger” es aprovecharse, fastidiar, humillar; olvidarse del otro. Hacer el amor tiene la ilusión de la eternidad; el “coger” está consciente de la fugacidad del momento y sólo trabaja para la intensidad.

El post-sexo es también diferente. La facilidad y lo reducido del encuentro pornográfico crea saturación y hasta empacho. Las cámaras de lo pornográfico no siguen a los protagonistas post-coito, lo más probable es que tengan cara de fastidio, de aburrimiento y hasta de asco. En la medida que el erotismo trasciende a los sentidos, “el momento después”, deja removiendo el exterior y el interior. En el erotismo el final del éxtasis tiene mayor futuro que el pornográfico.

Otra diferencia es el elemento estético. El erotismo tiene un compromiso con la belleza, con el matiz, con la imaginación, con el misterio. Lo pornográfico es de un realismo de mal gusto. Ahora bien, no se piense –en ninguna interpretación que se haga– que me inclino por mandar un mensaje a la afición mexicana y exhortarlos a que digan: “Sí al erotismo. No a la pornografía”. Soy un aprendiz de lo primero y nunca he sido protagonista de películas de porno duro, pero tampoco del blando, al menos en público. El único mensaje es que cada quien decide qué hacer en cada momento de su vida y en cada oportunidad.

Aunque reconozco, el erotismo es maravilloso y pareciera lo más recomendable, pero es necesario tener en cuenta que el erotismo va tomado de la mano, como lo escribí al principio, de la inteligencia y las emociones, a las que siempre acompañan, agárrense: el dolor. ¡Ay!

* Periódico Reforma, 6 de agosto 2012, página 12.

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