Cultura

Miércoles de Ceniza, otro día en la agenda

Los dos modelos de ciudadanos se cruzan en las calles, cada uno valora su vida de forma diferente. Los fieles siguen las tradiciones que van a la baja, los demás viven en la rutina que va a la alza.

Las palmas se preparan para cumplir su propósito a un año de su uso en el Domingo de Ramos; unas gotas de agua bendita caen sobre sus hojas secas, último alimento antes de volverse cenizas. Sin embargo, a las autoridades religiosas se les permite juntar lo natural con lo artificial al quemar documentos “sagrados” y viejas reliquias sin valor para crear el polvo que se impondrá sobre los fieles católicos.

Los calendarios en algunas paredes anuncian la fecha importante: es miércoles de ceniza. Otros calendarios de otras paredes son invisibles para sus dueños, es miércoles “ombligo de la semana”. La ciudad despierta, los autos comienzan a inundar las vías principales, los negocios abren sus puertas, los niños se preparan para ir a la escuela, los autobuses comienzan a llenarse; todos se ajustan al mismo pulso de siempre.

Sin embargo, las anomalías se resbalan por entre la normalidad de la vida: el miércoles de ceniza sale de los templos y se filtra por los aspectos más inhóspitos de la sociedad. La ceniza que cae sobre las ciudades, como cuando se avecina una erupción volcánica, se cubre la cotidianidad con los estragos de la celebración religiosa.

La fe, superada por la rutina

El mismo día vivido por dos almas distintas: la del fiel católico que mantiene sus tradiciones en la edad moderna y la del ciudadano que ha dejado de lado aquellas costumbres religiosas. Los mismos acontecimientos tratados de dos formas distintas, con dos perspectivas diferentes: unos buscando la redención y el arrepentimiento, los otros buscando la forma de ganarse la vida.

La industria, la educación y el horario de oficina se han impuesto sobre las costumbres religiosas para marcar el reloj de la ciudad. Ya no hay parálisis por ir a tomar la ceniza, ya no hay eternas filas para entrar a la iglesia; ahora hay permisos para salir un momento, hay horarios específicos para practicar la fe.

Los valores de la modernidad han acabado con el dominio del misticismo religioso. La técnica y la eficiencia sobre la penitencia y el ayuno. De vuelta a sus hogares, los dos modelos de ciudadanos se cruzan en las calles, cada uno valora su vida de forma diferente. Los fieles siguen las tradiciones que van a la baja, los demás viven en la rutina que va a la alza.

Las ascuas de las palmas se apagan lentamente, el viento se lleva el fuego que dejo atrás un mar de ceniza destinado a las cabezas de la gente. El sol se oculta tras unas tristes montañas como todos los días. El sol sigue su curso y la luna también lo hará. Es otro día en la agenda, a pesar de que la ceniza cubra a las almas creyentes.

El pescado por las nubes

Ya es medio día en la ciudad y los trabajadores, estudiantes y la gente en general se puede permitir un descanso. Comienza la travesía por encontrar un alimento que pueda saciar el hambre voraz. Pero hay un problema: no todo está permitido en este día. La cuaresma ya se coló en la mente de los feligreses y la carne roja está prohibida, pero el pecado se cocina a la vuelta de cada esquina.

Hay quien se preparó, astuto, cocinó sus porciones en el hogar, a sabiendas de que la tentación estaría allá afuera. También están quienes, por una causa u otra, no previeron el reto al que se iban a enfrentar. Tacos, tortas y comida corrida por ahí, exhiben sus jugosos sabores, tientan al pobre hambriento en el desierto.

La desesperación y el hambre inundan el corazón de aquellos que deambulan por ahí buscando una sombra y una comida, pero no hallarán nada. En el desierto de la ciudad no existen los amigos. Pero hasta para el feligrés promedio puede haber un oasis: allá está en el fondo, un negocio que conoce la desesperación del hambriento en cuaresma. Desde los días anteriores se han preparado para dar de comer bajo el régimen alimenticio que instaura el miércoles de ceniza.

Sin embargo, incluso en el oasis tiene problemas para conseguir el agua fresca que yace bajo sus palmeras. Los precios se elevan hasta un 40 por ciento; los comerciantes son astutos pues ante la volatilidad del mercado en estas fechas, saben precisamente qué es lo que se va a consumir.

El pescado, las verduras que le pueden acompañar y los demás mariscos se vuelven la principal fuente de alimentación para la población creyente, y se puede sacar provecho de ello. Según los comerciantes de los mercados, dentro de las primeras semanas de la cuaresma la demanda es muchísima, provocando el alza de precios.

Hacer el mandado y comer fuera de casa se convierten en tareas peligrosas para el bolsillo de los ciudadanos. Hay que tomar medidas para contener el desastre económico que puede nacer de esta temporada. Los consumidores se sientan en las mesas para esperar su comida de cuaresma. El precio duele, pero la fe es fuerte en ellos. Pueden aguantar el precio. Para el resto de la población sólo hay una parte de la canasta básica que se encarece; les duele sufrir los embates de la fe, pero ya están acostumbrados pues cada año es lo mismo.

Escapar al templo o permanecer en oficina

Mientras algunos consumen sus alimentos, hay otros personajes que aprovechan esos momentos de descanso para asistir a sus templos de confianza a recibir la ceniza. Pero los que no cuentan con el tiempo para buscar la casa de Dios deben acudir a sus superiores, buscar las oficinas de mando para pedir permiso y no faltar su religión.

Una vez —con permiso o sin él— se dirigen a sus iglesias,  el panorama es tranquilo. Hay poca gente en esos momentos; sólo una pequeña fila de religiosos esperando su turno para participar en el festejo. Toman su porción de ceniza y regresan a la costumbre, a la rutina. De vuelta en los espacios laborales, ya con la temperatura a la baja y con las botellas de agua a medio camino, los ánimos ya no son los mismos. Todos se quieren ir, el cansancio se ha instalado en sus cuerpos y mentes. Hay que aguantar y ganarse el pan para sobrevivir.

Cerca de las siete de la noche los templos se llenan al máximo, todos han salido de clases y de los trabajos: llego el momento de recibir el signo característico de este día. Por orden de prioridades se acomoda el día, primero la vida terrenal, después el espíritu. Las iglesias trabajan al máximo, todos pueden imponer la ceniza, las mesas están libres para el que quiera autoseñalarse y, después de un intercambio de palabras y cenizas, el día llega a su fin.

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