Cultura

Número Cero

Por: Eduardo Martínez

Luego de cinco años fuera de la escena literaria, Umberto Eco regresó en forma de thriller. Esta vez, sin embargo, se olvidó por completo de su apego por las largas y elaboradísimas intrigas para traernos un libro sencillo que se desenvuelve precisamente ahí donde la sencillez es una regla infranqueable. Nos referimos, por supuesto, al ámbito periodístico.

Número Cero (Lumen, 2015) es una novela periodística. No sólo porque está escrita en un lenguaje sencillo, sino también por el tema. En ella, Eco se propone desenmascarar las vísceras de un oficio que, de por sí, ya tiene fama de contaminado. El poder hiede, eso lo saben hasta los tontos (que también son los que más lo repiten). El periodismo se construye cerca del poder. Ya sea para generar críticas o alabanzas, es imposible para el periodista desentenderse de la realidad política en la que se desenvuelve. Entonces, aplicando un silogismo de lógica aristotélica, esa que tanto gusta al erudito milanés, es muy probable que el periodismo tenga hedor de poder de vez en cuando.

Sin embargo, decir esto es muy sencillo. Demostrar lo fácil que es para los periodistas caer en las garras de la corrupción, o morir en ellas, es, en el siglo XXI, algo que está más allá del lugar común. Y en la novela de Eco esto se hace evidente. No digo que la novela sea mala, no, sencillamente hay algo que falta. Hay sencillez pero el punch no termina de percibirse. En todo caso, lo que se percibe es prisa, aceleración. Olvidémonos por completo del Umberto Eco que se enclaustraba en bibliotecas, olvidémonos de los templarios, los nominalistas, de las intrigas de convento. Olvidémonos también de los francmasones, de los rosacruces y los falsificadores nazis para trasladarnos al Milán de 1992.

La situación italiana es complicada. Apenas hace diez años que terminaron los infames anni di piombo y la paranoia se ha apoderado de los corazones. En este contexto nos encontramos a Colonna, un personaje que, por decirlo en términos del protagonista de Kill Bill, encarna todo aquello que, para Supermán, representa la debilidad humana. El tal Colonna es Clark Kent, pero sin superpoderes. Un cuarentón deprimido que quería ser escritor y ahora debe resignarse a lo que le toque.

Poco después de iniciada la novela, nos enteramos de que a Colonna lo han invitado a formar parte de la redacción de un nuevo diario. El periódico en cuestión llevará el título de Domani, que en italiano significa “mañana”. En Domani no habrá noticias. Como su nombre lo indica, el periódico se especializará en especulación, chismes y entretenimiento para ese sector de la clase media que, en palabras de Simei, el director del panfleto, “no tiene libros en su casa”. A Colonna se le aclara desde el principio que todo se trata de un fraude, una herramienta de un tal commendatore, el empresario detrás del periódico, para chantajear a la clase política y así, obtener acceso a un territorio tradicionalmente reservado a los nobles, jerarcas y otros personajes de esa aristocrática Europa de la que Eco ha mostrado profundísimo conocimiento en el pasado.

Por desgracia para sus compañeros en el periódico (perdedores, conspiranoicos y chismosos profesionales con vidas apenas más tristes que la del propio Colonna), a ellos no les ha sido revelado que su trabajo servirá sólo para agitar levemente esos hediondos hilos del poder político en beneficio de otro tipo de poder no menos hediondo.

A los desgraciados se les hará creer que su misión será reavivar el periodismo, que podrán excavar en las grietas más profundas y devenir en héroes lejos de la oscuridad a la que están acostumbrados. A ellos pues, pobres muchachos ingenuos, se les hará creer que con el periodismo pueden cambiarse las cosas, que es posible sacudir los cimientos mismos de la cultura y los mitos sobre los que se asienta nuestra civilización.

Aquí es donde reaparece el Eco que conocemos, con todo y la prisa que agobia toda la novela. En medio de callejones oscuros, tabernas solitarias, capillas hechas de huesos y conspiraciones para mantener vivo el espíritu de Mussolini, Umberto Eco construye una historia en la que no desaprovecha la oportunidad para intercalar dos o tres consejos de índole periodística. Algunos son útiles, como cuando advierte que un buen periódico es aquel que define la agenda noticiosa, pero la mayoría pasan ligeramente desapercibidos y hasta forzados en medio de una narración que tenía todo para convertirse en una gran novela pero por alguna razón no se alejó del mero bestseller.

Cuando el libro se comienza a poner interesante, cuando los reporterillos conspiranoicos cobran relieve y afloran por aquí y por allá alusiones a la CÍA, Juan Pablo I y la Dictadura Cívico Militar Argentina, la angustia se apodera del lector porque descubre que faltan muy pocas páginas. Y no hay motivo para negarlo, Eco logra remontar esas últimas páginas y salvar una historia de convertirse en un manual aburrida y estrepitosamente aleccionador. Logra eso porque el tipo es un genio. Sin embargo, hace falta la energía, la vida. La novela toma de pronto un ritmo que no tenía y se desvanece. En todo caso, es un misterio porqué pasa eso con la última novela de alguien como Umberto Eco. Un misterio que igual se presta para una trama conspiracionista. A lo mejor es verdad que los grandes escritores ya no escriben, hay un séquito de negros literarios que conocen el estilo del autor y lo imitan para mantener las ventas. O no. A lo mejor, más bien, quienes llevan la razón son los (dah) racionalistas y entonces es comprensible que un hombre de ochenta y dos años ya no escriba como solía hacerlo. Igual habrá quien se quede con la idea de que existe una relación entre la vocación de Domani como periódico fallido y Número Cero como un golpe que no termina de cerrarse. A lo mejor ahí está el Umberto Eco de siempre, burlándose y diciéndonos a todos que una novela sobre periodistas tendría que ser necesariamente una novela fallida.

Al final queda una mala sensación de boca cuando uno lee la contraportada del libro y descubre que alguien se atrevió a insinuar que Número Cero era el “manual de la comunicación contemporánea”. A mí esa frase con olor a oficina mercadológica (y no a periódico, como debería ser) no me dice nada en absoluto. En todo caso me quedo con una de las reflexiones finales del libro, esa donde se divierte el narrador imaginando cómo sería la vida en Latinoamérica, un lugar donde los capos salen a presumir sus pistolas a la luz del sol, donde no hay misterio y la criminalidad es política pública. Donde el tercer mundo se expande y arrasa todo a su paso, como un universo infinito que apenas acaba de explotar.

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