Cultura

Nunca me abandones

Por Juan José Lara Ovando


Nunca me abandones, es la fiel adaptación cinematográfica de la exitosa novela homóloga del escritor británico de origen japonés Kazuo Ishiguro, premio Man Booker con Lo que queda del día, que también ya fue llevada a la pantalla grande, por James Ivory, uno de los reconocidos cineastas británicos, en 1993, con gran éxito.

 

Película británica, dirigida por el cineasta norteamericano Mark Romanek, realizador curtido en el videoclip (Madonna, Michael Jackson, Lenny Kravitz y Mick Jagger han pasado por él), con dos largometrajes en su haber, Static (86) y Retratos de una obsesión (02), el filme está pensado, escrito, diseñado, actuado y fotografiado para trasladar de una manera fidedigna el peculiar universo de Ishiguro a la pantalla cinematográfica. Y realmente lo consigue porque el escritor acabó fascinado con el resultado.


La película narra la historia de tres amigos, Kathy (Carey Mulligan), Tommy (Andrew Garfield) y Ruth (Keira Knightley), que pasan su infancia en Hailsham, un internado inglés aparentemente idílico donde descubren un tenebroso e inquietante secreto acerca de su futuro. Cuando dejan atrás el refugio que les brinda del colegio y se aproximan al devastador destino que los aguarda en su edad adulta, tienen también que hacer frente a los profundos sentimientos del amor, los celos y la traición que amenazan con separarlos.


El inquietante secreto se revela en la primera mitad de la película: Kathy, Tommy y Ruth, así como todos los niños del colegio, son clones creados con la única finalidad de ser donantes de órganos. Aunque se trata de una historia de ciencia ficción en su trama argumental, no lo es en el sentido de que se focaliza en hablar de cuestiones tan fundamentales y que preocupan a la humanidad como la amistad, el amor, la traición y la pérdida.

 

Con un guión de Alex Garland escrito casi codo con codo con Ishiguro, Mark Romanek, al igual que en la novela, retrata a unos personajes que inexplicablemente no se rebelan en ningún momento ante el cruel destino que les ha tocado vivir. Y eso conlleva el riesgo de dejar frío al espectador, aunque su director lo justifique en que prima su sentido de la responsabilidad sobre el lugar que deben ocupar en esa sociedad alternativa, argumentaciones que no se dan en la película y que quizás se echan en falta.

 

Éste es el punto más débil del filme, ya que no hay explicaciones de lo que está sucediendo (uno tiene que pensarlo y comentarlo con otros espectadores al finalizar) e incluso pueda ser que a algunas personas los saque de onda y hasta los pueda aburrir, no obstante, eso garantiza que la película pueda gustar a los devotos de la novela, algo que no suele ser habitual en las adaptaciones cinematográficas. Por cuestiones de metraje cinematográfico, el suspenso se dosifica de forma más acelerada que en la novela, pero sin romperlo.

 

A esa frialdad ayuda una fotografía de Adam Kimmel, con unos apagados tonos azules y grises, que refleja el sentir de sus resignados personajes, criados en un internado a medio camino entre el mundo de Dickens y el de Orwell.

 

Como una gran parábola del sistema de clases que, quizá por confluir en su mirada lo japonés y lo inglés, Ishiguro sabe tan bien describir, los tres protagonistas (con una soberbia Mulligan al frente y una escena tremenda de Knightley en el quirófano, con actuaciones en las que se dice mucho sin necesidad de palabras, lo que todo el cuadro de actores logra a plenitud, incluidos los niños) vivirán aislados del mundo. Primero en un internado y más tarde en una granja, sentirán las dudas y trampas del amor, e intentarán encontrar en este una manera de evitar su destino. Y todo esto lo cuenta Romanek, con una elegancia extrema, aun cuando viene del videoclip, sin cargar demasiado la tinta, aferrado a un tono de elegía en el que los pocos humanos que aparecen se muestran más deshumanizados que sus salvadores.


Nunca me abandones huye de la ciencia ficción (al menos a diferencia de lo que estamos acostumbrados a ver de ello, que comúnmente es futurista, de acción y espectacular) porque se refiere a la fragilidad humana, la universalidad de los sentimientos, la soledad, el miedo a lo desconocido, el dolor aceptado y el tiempo desaprovechado para amar, incluso la necesidad de vivir la vida intensamente porque no se sabe cuándo se va a acabar. A la vez nos deja una pregunta en la mesa ¿qué es lo que nos hace humanos?

 

Estamos ante una cinta de una profunda belleza, triste pero conmovedora, capaz de sacudir el corazón y emocionar de manera profunda. Sin necesidad de golpes de efecto, con la sutilidad de quien sabe esquivar los peligros de caer en lo evidente o más sórdido, sublimando las características de un cine, el de época inglés, situando la historia en una intemporalidad (desde finales de los setenta hasta mediados de los noventa) que casi podría situarse en cualquier lugar de los últimos cincuenta años.

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