Cultura

Nymphomaniac: Una declaración Vontriana por excelencia

Por: Manuel Ortiz Cortés

Sin duda, Nymphomaniac (2013) es una de las novedades cinematográficas más notables de este año, no sólo resulta interesante la manera en que su realización y liberación estuvieron rodeadas de situaciones polémicas que proyectaron esa misma naturaleza subversiva del proyecto en la realidad, confirmando el supuesto de que el cine se alimenta de la realidad, y viceversa; sino que constituye, además, una cinta sumamente ambiciosa que se ocupa de temas poco abordados dadas sus implicaciones morales, con un elenco de primera línea sumamente diversificado, así como una cuidadosa post producción.

En esta decimocuarta entrega, un Lars von Trier maduro, paciente y con plena confianza en su capacidad fílmica, nos muestra uno de los puntos más sofisticado de su trayectoria, sobre todo en el aspecto estético. Se trata de una focalización creativa con una necesidad de profundizar en la psicología humana a través del insight, mediante la exploración de las experiencias trascendentales que marcan a los individuos, sin restricciones en el uso de posibilidades y herramientas técnicas, comprometida con una visión cada vez más personal y, por cierto, más afín a la corriente artística del Romanticismo, tendencia que se hizo patente -sobre todo- a partir de Melancolía (2011), y que incluso fue expresada así por el propio cineasta en documentos de sala de prensa.

Han quedado atrás los años feroces del legendario manifiesto Dogma 95, cuyo periodo produjo obras imperdibles como Los Idiotas (1998); ahora, von Trier parece desafiar a todos, incluidos productores y distribuidores, con esta obra semipornográfica que, en cierto modo, retorna a su origen rudimentario y representa una especie de declaración personal en respuesta a los “escándalos mediáticos” en los cuales se ha visto involucrado en años recientes. De entrada, lo más destacable de Nymphomaniac -cuya traducción exacta sería “ninfómana” y no “ninfomanía”, como fue titulada en cines mexicanos- sería un desdoblamiento del personaje muy bien logrado, que alcanza niveles poéticos en ciertas partes del filme; en este sentido, la presentación de la trama se ayuda de una edición discreta que unifica visiones sublimes de espacios naturales, numerosos flashbacks, así como un fuerte contenido de escenas sexuales explícitas o sugeridas que, a su vez, van de lo tierno y delicado, a lo violento y crudo. Cabe mencionar que a pesar de que dicho desdoblamiento atraviesa ciertas fisuras de carácter narrativo temporal e incluso un marcado desfase entre la fisionomía y la apropiación del personaje entre las actrices que lo interpretan, consigue entablar una importante empatía con el espectador, pues en esta cinta asistimos, una vez más -como lo hicimos en las tres entregas de la Trilogía del Corazón de Oro (1996-2000)- al desarrollo de una historia que raya en la tragedia y que pone sobre la mesa algunas de las problemáticas más trascendentales de nuestro tiempo, vistas y vividas desde la condición femenina.

Las numerosas y continuas intervenciones de Seligman durante el relato de vida de la ninfómana, que a veces rozan con lo tedioso, también constituyen una inflexión muy distintiva de dicho personaje: se trata de una ingenuidad que raya en lo perverso y que siente la necesidad de aclarar, ahondar y argumentar, a veces de manera un tanto sosa, sobre cada cosa que viene a su mente, rasgo que pareciera ser el objeto principal de la misma crítica que plantea von Trier en esta obra, una crítica dirigida a los eruditos moralistas que se esconden bajo el velo ambiguo de lo “políticamente correcto”, pero, también, a los puritanos bienhechores que mantienen sus intenciones ocultas. Estas personas, que en la mente de Lars pudieran ser los críticos y los líderes de opinión que lo tacharon de antisemita, son también los mismos individuos a los que se enfrenta Joe a lo largo de su vida, y que en la vida cotidiana tienen gran injerencia en la supresión de los impulsos prohibidos y la conservación de una tradición que mutila y deforma los verdaderos deseos de los individuos. Éste sería posiblemente el argumento creativo más fuerte en Nymphomaniac, el hecho de que von Trier se ocupa de los filántropos por vanidad y lo hace retomando las dos caras de la moneda. Dicho planteamiento es bastante bueno, pero llega a ser tan obvio, que vemos al propio von Trier demasiado presente en los guiños de la película y en el argumento; es inevitable pensar que esta cinta, más que ser una obra centrada en dar a conocer una historia y sus recovecos, constituye más una declaración Vontriana por excelencia.

En este sentido, resulta interesante cómo en el caso de las últimas cintas del director y productor danés -específicamente las que corresponden a la denominada Trilogía de la Depresión (2009-2013), periodo que se distingue por su notable polémica tanto en el aspecto personal como en el ámbito creativo- pareciera ser que su cine necesita cada vez más de él para poder subsistir, tanto en el aspecto de la promoción, como en la apreciación de las problematizaciones que plantea, pues los discursos visuales y -sobre todo- ideológicos que propone remiten directamente a su propia situación individual, determinada, a su vez, por la necesidad de lidiar con las reacciones producidas por su arte, así como por su situación específica como persona, con lo cual se ubica a sí mismo en el foco de atención de la fenomenología de su proceso creativo, posiblemente de manera involuntaria, o a propósito. Sin duda, ésta es una experiencia que experimenta todo artista tarde o temprano, pero, evidentemente, hay una tenue frontera entre hacer arte por expresión y hacer arte por promoción.


 

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