Cultura

Pasaporte al infierno. Crónica de un anexo en Querétaro

Por: Juan José Rojas

“Cada quien sus clubs, sus bares y sus cubas” dice un pelón desde el estrado. Tres noches le costó calmar la ansiedad luego de que vomitara hasta derramar la bilis durante su desintoxicación. Sus calamidades son el único arrullo constante en las noches del anexo. Los padrinos presumen su liderazgo, en la recepción cuelgan numerosos reconocimientos: “al padrino tal por su labor en la clínica tal…” En ese mismo espacio, una pantalla invade la privacidad de los internos, solo para que las familias, angustiadas, presencien la aburrida vida de lo alcohólicos y drogadictos que caminan encerrados entre cuatro paredes, respirando el tedio de una vida con tres juntas al día y ni un avistamiento de crecimiento intelectual o físico.

-En mi casa, para cagar, usaba 10, 20 cuadritos del papel higiénico para limpiarme el culo. Aquí solo me dan uno… ¡uno!- repite Migue, cansado de la precariedad del lugar.

Compartir una cama individual con cuatro personas, o tres en el mejor de los casos, tampoco es lo más salubre. En un solo colchón, los internos duermen como en una lata de sardinas. Ese es el momento en el que Jonás mira al techo, se oyen ronquidos, pedos, eructos en la habitación. Se pregunta por sus hijos, si volverá abrazar a su esposa, si lo volverá aceptar. Para llegar a un lugar de estos, algo muy malo, muy perro, muy vil, se debió hacer. La esposa de Jonás le exige el divorcio, notificaciones llegan una tras otra al internado. Él se niega a firmar, asegura que aún la ama, no dará pensión alguna, que la dé ‘el sancho’ repite constantemente.

No lo deja de martirizar su llegada al lugar. Una noche en la que cayó dormido, derramando la lata de cerveza, con los audífonos puestos donde sonaba ‘Tengo Pasaporte al Infierno de Luzbel’. Tres tipos mal encarados llegaron por él a la casa de sus padres donde reposaba como lagartija en la silla, tirado completamente. El sonido de la música lo adormeció. Se ganaba de a poco ese pasaporte del que habla Arturo Huizar en su canción.

-Vámonos, vámonos- le decían los tipos en voz baja.

-Ora, ora, ora, ora, ora. – repitió Jonás con un esfuerzo sobrehumano por pronunciar la “r” sin que saliera barrida. Al tratar de poner resistencia, fue golpeado varias veces en el estómago. Apenas intentaba alzar la cabeza y los ganchos entraban con sofocante rabia. “Qué pedo”, pensó Jonás, asustado, mientras lo trasladaban a sabe Dios qué lugar… “No he pagado la pensión, quizá ya me cayó la voladora”. Al bote podría ir a dar. “Un secuestro, ni en qué caerme muerto como para que me secuestren”. Lo bajaron del auto, con la mirada hacia el piso, no reconocía nada, hasta que una voz grave, medio rasposa, le habló…

-Tráiganmelo por acá- señaló el tipo, que vestía un pantalón y corte de militar, de piel blanca y barba prominente. Es Óscar, el padrino.

-Estás en un centro de rehabilitación, Jonás- dijo Óscar, como para tranquilizarlo.

-No qué chingados, dónde está mi familia, exijo mis derechos- replicó Jonás, muy ebrio todavía.

-Familia, familia- repitió el padrino con tono sarcástico- Tu familia es la que te trajo aquí, caón. No hay familia ahorita, ni papi ni mamita. Así que te me encueras rapidito güey que todos los compitas ya están bien cansados ya es bien tarde. Y si no ya sabes, ya “achita” te dio unos buenos putazos ¿o no? Eh… dolieron los vergazos, ¿o no? Así que ándale…

-¿Todo?

-Sí, güey. Todo.

 

*****

“¡Que ganan las Chivas y que me voy al pedo compitas!” aclara Chavita Reyes, pa’ la banda, Chavita nomás. Según él, cualquier resultado de un partido de Chivas es digno de los tragos, del exceso. Sus dos hijos, Omar y Adolfo. Si tienen un tercero lo llamará Oswaldo… Chava no se apellida Reyes, por supuesto, sino Sánchez. Jonás ve pasar todos esos hombres al estrado y se retuerce hasta la medula de pena por estar ahí. Exconvictos, asaltantes, alguno que otro violador, la mayoría ladrones. “¿Qué hice para estar aquí?” Se siente juzgado, atacado, incomprendido por su familia, por su esposa, siente rencor hacia sus propios hijos. Para él no es motivo suficiente que su esposa haya decidido divorciarse de él por su formar de tomar.

-Todos chupan. Sus hermanos, sus padres, sus pinches primos son bien pedotes. A todos nos gusta la mierda. Dice que yo soy un mal ejemplo para los niños porque chupo, pero, no mames, sus tíos todo el tiempo están pedos, nomás que como son sus hermanitos los buenos, pues con ellos no hay pedo- dice Jonás.

A las 10:15 de la noche llega un chico de 18 años. Con golpes, como si hubiera peleado, con playera de Gallos, tatuajes y ropa llena de tierra. Lo han llevado sus padres, después de ver el estado en el que llegó de León, luego de un partido de Gallos contra los Panzas Verdes. No solo eran los golpes, su madre, alterada, le esculcó todo al joven que apenas podía permanecer de pie. Una bolsita muy pequeñita salió del pantalón del chico: “cocaína”, sentenció el papá. En un intento desesperado por ‘salvarlo’ de las drogas, acudieron de inmediato a internarlo; ni tiempo le dieron al chico de explicar qué diablos hacía una bolsita de polvo blanco en su pantalón, y que los padres calificaron como cocaína sin saberlo a ciencia cierta.

Jonás se encarga de auxiliar al joven, de bañarlo, de limpiarlo. Luis, se llama el chico. Comienza a extrañarse de por qué está ahí. Al lunes siguiente tiene examen final de Química en la preparatoria, debería estar estudiando. Debería prepararse, de inmediato Jonás se percata de que “es un niño bien”. “Otro que, como yo, cae por error aquí”, se justifica Jonás. Luis es el nuevo, Luis ni probó la cocaína, Luis no sabía qué hacía esa bolsa en su pantalón. Cierto es que tomó demasiado, cierto es que participó en una campal, cierto es que fumó marihuana.

-Yo por las Chivas y tú por los Gallos, no mames qué cagado, ¡Bendito futbol!- se mofa Chavita del joven Luis que tiene la mirada perdida, está asustado, el lugar le incomoda. La primera noche trata de dormir, pero reposa en medio de dos personas que huelen mal, apretado, acalorado, luego mira un chimen pasar por la cabellera de uno de los que duerme con él en esa cama. Los perros comienzan a ladrar en el patio. Hay muchos perros, la mayoría rescatados de la calle. Luis mira el techo, recluido, pierde las ganar de vivir.  Jonás se ha hecho su amigo, juntos pasan este periplo. Se sienten olvidados, incomprendidos.

 

*****

-Yo pienso que es mejor la cárcel, güey- le dice Lucas Pedolski a Jonás en el desayuno. Se ha ganado ese apodo por su admiración a Lucas Podolski, el futbolista alemán. Sus camaradas del barrio de ‘San Panchito’ no cesaban en la carrilla. “Es que mira nomás, cómo te agarra la media cancha, una técnica sublime, una visión del juego bien perrona”. Lo bautizaron como Pedolski, y es que más que desarrollar las cualidades del alemán, se ganó el calificativo de “teporochín del barrio”.

-¿A poco sí está mejor la cárcel? No mames allá te violan, ¿no?- respondió Jonás.

-Ahí mínimo te sirven tu carne, hasta tu verdurita. Aquí puros pinches frijoles y arroz, luego en la noche se pone duro el tiroteo con la pedorrera no mames. Allá tienen su celda y su camita, hasta agua caliente. Aquí no seas mamón, pinche cisterna sale el agua bien fría.

Jonás voltea a ver su plato de frijoles y arroz, reflexiona lo que le dice Lucas. Será mejor la cárcel, probablemente. Por otro lado, no está tan mal el encierro, piensa. Acá me escapo de todo, de Hacienda, del terruño, de trabajar. En la cárcel trabajan, en algunas hasta obras de arte hacen, tocan música, bailan, organizan festivales culturales, si tienes algo de suerte puedes ver al Tri tocando en tu reclusorio. Aquí nada. Nada y nada. Levantarte a las 7 de la mañana, medio bañarte con agua helada y con cinco cabrones a la vez, desayunar bolillo duro y agua de calcetín que llaman ‘café’. Con algo de suerte desayunarás frijoles y arroz. Junta de dos horas, comer frijoles y tal vez arroz. Junta de tres horas, escuchar a los compitas decir todas las perradas que les hicieron sus familias.

Jonás no puede ver a nadie de su familia, igual que Luis, lleva a apenas una semana y media, le faltan… sabrá dios. El caso es que solo se puede convivir con la familia después del primer mes. Se pregunta si su esposa vendrá a verlo, sus padres no lo duda, pero su esposa, y más jodido, sus hijos. Mira con envidia por la ventana de la habitación al patio, ese día tiene la orden de trapear el piso. Los internos con más de un mes reciben a sus familiares. Llevan menudo, pizza de la Tómbola, Coca Cola, dulces, tacos, enchiladas, barbacoa. Jonás… el duro Jonás suelta una lágrima y continua con sus labores.

 

*****

La vida es tan aburrida, tan simple, tan mezquina en el encierro. Si hubiera agua caliente, si se pudieran bañar de uno, si se pudieran limpiar con más de un cuadrito de papel higiénico. “Pásame una toalla compa, te echo humildad”, “tráete las cobijas, te echo humildad”, “caliente el café, te echo humildad”. “Déjame cagar solo, padrino, ¿no? Por fa” “¡Humildad, cabrón, humildad!”

-Privacidad, es lo único que pido en este encierro, privacidad. Si me quieren tener aquí, está bien. Si esa es su salida, ta’ bien. Pero chingá, ni siquiera se puede cagar a gusto.- le dice Jonás a Martha, su psicóloga durante la primera sesión.

-¿En nada tienen privacidad?- pregunta Martha

-¡En nada! ¡Nada! En la noche esto parece un masturbatorio. Qué haces, es una necesidad fisiológica, no podemos convivir con las ‘florecitas’ más que en las juntas y los pinches padrinos no nos quitan la mirada de encima. Uno pues quiere acá… usted sabe.

Las ‘flores’ son las chicas del anexo. Viven un mundo aparte, por lo menos en este centro, solo conviven con hombres en las juntas. Entre los internos sueñan con una de ellas, Maira, una chica rockera, tatuada, que después de una sobredosis en un concierto cayó a ese centro de rehabilitación. Cuando la miran, todo rumoran cosas de ella.

-Es la puta del padrino- afirma Lucas- Varias veces la he visto que sube a la habitación del padrino y tarda ratotes ahí.

-¿Crees?- pregunta Jonás.

-Sí a huevo que sí. Pinche padrino es un cabrón. Gana lanota y se coge a las viejas. Ve cuántos somos, ¿30 cabrones? Las familias le pasan de a 500 varos por semana. ¡Quince mil varos a la semana!

-Tsss no mames un chingo- menciona Jonás entre enojado y admirado.

-Y todavía dijeras, “bueno, comemos chingón”. Pero puro putos frijoles. Agua fría, vivimos de la mierda, qué hace ese güey con tanta lana. Siempre playeritas polo, acá, tenis nuevos. Se viste bien el cabrón. Nosotros en pinches chanclas todo el día.

Óscar, el padrino, había sido militar, así que su trato es meramente estricto. Siempre frontal solía darles una palmada a sus internos, en forma de apoyo. Pero apenas volteaba, si alguien desacataba sus órdenes, les decía a sus ayudantes principales “disciplínalo”.

Algunos duermen de media luz, son ‘reahabilitados’ que ya pueden salir durante el día a la calle, pero por las noches deben regresar a pasar lista, formar parte de la última junta y dormir en el lugar. A ellos, a los media luz, los internos les piden cigarros, Coca Cola o dulces. Lo más atrevidos piden cerveza, pero los media luz no son compasivos en ese sentido, de inmediato los acusan con el padrino, claro que eso cambia si hay dinero de por medio. Los familiares, en forma inocente, suelen dar al menos 50 pesos a sus internos, estos le dan ese dinero a los media luz a cambio de dulces, refrescos o, por qué no, un poquito de alcohol. Ni Jonás ni Luis han llegado a hacer eso. Lucas sí.

 

*****

-La sociedad está más enferma que ustedes, compas- dice Óscar desde el estrado- es una sociedad hipócrita, a ustedes los traen aquí para dejarse de pedos. Para ya no cargar con el peso que ustedes implican a sus familias. Así que pues, ya saben, de quién depende salir adelante. ¿Eh…? De quién…

-Nosotros- murmura el salón entero.

-Así es, ustedes. Nosotros vamos a hacer con ustedes una reinserción social, a esta sociedad que está más mal que ustedes. Ahorita sus esposas ya están de pirujas con otros cabrones, sus hijos… compas, pelones, sus hijos son unos drogadictos en potencia. Sí. Mucho peores que ustedes cabrones. ¿Eso quieren? Eh…

Jonás se ha ido ganando la confianza del padrino, lo mismo que Luis, a quien sus padres ya planean sacar. Sin embargo, Jonás y Lucas están estudiando la posibilidad de escaparse. Están hartos del encierro, de ni siquiera poder cagar y pajearse a gusto. Odian, pero odian en serio al padrino. Pese a que aparenten tener buena relación con él, lo odian.

-Es un culero- repiten entre sí cada vez que sube al estrado. El padrino los ha llenado de odio con su discurso. Lucas ya había estado en otro centro de rehabilitación en la colonia Reforma, y confirmaba más su teoría de que este padrino -sí es un verdadero ojete. Hipócrita, malviviente, una lacra que juega y se hace de fortuna a costa de las familias desesperadas en busca de una cura para sus adictos-.

El padrino pidió a Jonás cuidar al ‘tío’, un enfermo en fase terminal que duerme en una habitación del segundo piso. Es hermano del papá de Óscar y se ha hecho cargo de él desde hace un año, tratando de mantenerlo con vida en un cuarto que, como el de Óscar, cuenta con todas las comodidades. Televisión con cable, cama matrimonial, radio, un sillón más cómodo que cualquiera de los colchones de abajo y buena comida. El ‘tío’ es el único que vive ahí y que se le prepara absolutamente lo que desee comer, aunque casi no come. Nadie sabe de qué está enfermo, pero sí que es de gravedad, ermitaño, encerrado en esa habitación lúgubre en compañía de su ‘médico pelón enchanclado’ en turno.

Cuidar al tío es un privilegio para los internos, ya que pueden comer de su comida, pueden beber de su Coca Cola, pueden ver televisión con él y pueden dormir en su cómodo sofá. Y más mágico aún, pueden usar su baño. Jonás ve los partidos de futbol con el ‘tío’, cruzan muy pocas palabras. Pero cruzan.

-¿En qué posición va el América?- pregunta el ‘tío’ con voz ya muy rasposa, quebrada y cansada.

-Ummm, creo que en sexto- responde Jonás mientras piensa “yo qué chingados voy a saber si llevo más de un mes recluido de todo”.

Solo se limitan a hablar cuestiones cortas de futbol. Pero Jonás, además de las comodidades que implica cuidarlo, le ha tomado cariño, es por eso que, cuando muere el tío, a Jonás le afecta mucho. Se ha terminado ese confort y esa compañía silenciosa. Ya no hay más qué hacer en este lugar. El encierro lo está volviendo loco. Jonás ha notado gente que no quiere salir de ahí, que suplica al padrino jamás los den de alta del internamiento. Saben que si salen van directo a las recaídas. Pero Jonás, Luis y Lucas están irritables, caminan en círculos, se ven agobiados por ataques de ansiedad. No hay más remedio que huir.

 

*****

Lucas se ha robado dos celulares. Fue uno de los encargados en bajar el cuerpo sin vida del tío de esa habitación, donde tomó los teléfonos de un buró. Uno de ellos con carga y con saldo. Una noche antes de la fuga se comunicó con un primo de él que trabaja en el mercado de abastos.

-Voy con dos compas más, son tranquilos los güeyes. ¿Nos recibes o qué?- le pregunta a través del teléfono al Toñillo, su primo.

-Ya está compas, tenemos a dónde llegar- menciona Lucas a Jonás y Luis cuando cuelga la llamada.

Jonás repasa el plan en su cabeza. Está indignado con sus padres. Para matar el tedio del encierro pidió un libro. Quería algo así como ‘Diablo Guardián’ de Xavier Velasco, o algo que implicara imaginarse una vida de acción, locura, drogas, sexo. Sin embargo recibió ‘Señor Quítame lo Bruto’ de Raquel Levinstein. “Lo dejaré en el escritorio del padrino antes de escaparme” piensa.

Lucas pone su alarma en modo vibrador, lo coloca en su panza, siempre se ha sabido cosquilludo, despertará a las 5 para de inmediato levantar a sus cómplices. La fuga debe ser instantánea. Acordaron no tardar más de 15 minutos. Solo llevan una mochila en la que empacaron los celulares y algunas chamarras. El padrino se levanta a las 6.30, los demás a las 7. Las 5 es la hora justa donde todos duermen más profundamente según los cálculos de Lucas. Sin embargo, ninguno de los tres puede dormir, cada quien pestañea, están ansioso, sobre todo Luis. Es la madrugada del viernes y Luis no sabe que sus padres lo piensan sacar de ahí el domingo. Hasta ese punto Jonás recuerda todo lo que hizo.

Me cuenta que la noche en que su primera hija –Diana- nacía, él se puso “hasta la madre de mariguano y borracho en un concierto de Manu Chao”. Recuerda cuando rompió la ventana de su casa, la chapa y el televisor en un arrebato de furia contra su exmujer. Y me afirma “mi problema no es el alcohol, mi problema es mi carácter”. Tan es así que amenaza con “partirle la madre al padrino el día que tenga una oportunidad”.

Son las 5 de la mañana. Hacen lo acordado, Lucas despierta a Jonás y Luis. Salen en silencio de la habitación. Saludan a los perros y Jonás va rápido a la oficina de Óscar a dejarle el libro ‘Señor Quítame lo Bruto’. Ve una pluma en el escritorio y aprovecha dejar una nota en la primera página “vas a valer verga, pendejo. Att. Jonás”. La única manera de escapar es huir por el patio donde se encuentra el lavadero, o sea en la azotea. La adrenalina pone mal a Luis, pero no se detiene, es mayor su deseo de escapar de ese lugar.

Suben unas escaleras que los llevan al patio de lavado, el cual tienen candado. Solo se puede subir a lavar en compañía de un padrino, después de las 5 de la tarde, la puerta se cierra con candado. Lucas llevaba días subiendo a lavar sólo para estudiar el lugar, la barda de la azotea mide aproximadamente dos metros. El caso era subir la barda y arrojarse a un terreno baldío que está justo a un costado. La acción debía ser rápida. La puerta del patio tiene una ventana, la cual hay que romper, pasar de inmediato al lavadero y saltar. Lucas se enfunda su puño en una playera blanca para romper de un golpe el cristal

-¿Están listo cabrones? No hay vuelta atrás- dices Lucas mientras toma distancia para precisar su golpe.

-Venga, venga- repite decido Jonás, mientras que Luis guarda un silencio eufórico. Está listo para seguir el plan letra a letra, está concentrado.

-Uno, dos… ¡Tres!- Lucas rompe el cristal de un solo golpe y de inmediato intenta brincar la ventana, pero hay vidrios que impiden el cómodo paso. Se desespera y empieza a quebrar absolutamente todo el vidrio restante del marco. Hace bastante ruido con ese movimiento, él lo sabe, así que se olvida de cualquier sentido de la solidaridad y brinca primero al patio. Jonás le cede el paso a Luis que se complica al momento de saltar la ventana.

El ruido parece no haber despertado a nadie del anexo, pero sí a algunos vecinos. En especial una señora cuarentona que siempre ha tenido buena relación con Óscar. Se asoma por la ventana de su casa pero no ve nada. Lucas intenta escalar la barda. Sin éxito, no puede. Le resulta difícil aun apoyándose en el lavabo. Busca desesperado en el patio algo con lo que pueda romper el muro aunque sea un poco. Luis, quien parece estar con los sentidos más despiertos que nadie, ve un martillo encima de una lámina que parece ser el cofre de un auto viejo.

-¿Sirve esto?- dice Luis susurrando.

Lucas, ya desesperado se le arrebata la herramienta. Comienza a golpear la barda a martillazos. Desde la ventana la señora, atraída por el ruido observa hacia la casa del anexo. No ve nada aún, pero escucha el sonido de un tabiqueo, toma el teléfono, busca en la agenda el número de Óscar y se prepara a marcar, sin animarse aún. No quiere despertarlo por nada, hasta que de pronto, de un costado del edificio ese, ve caer un tabique, y otro, y otro, y muchos más. Luego mira que alguien trata de brincar la barda. Midiendo la distancia. La señora marca de inmediato a Óscar. Abre la ventana y desde ahí comienza a gritar ¡se están escapando, se están escapando! Óscar contesta, hay gritos del otro lado de la línea, pero alcanza a entender “¡Óscar se te están escapando!”.

 

*****

-¡No mamen! Está bien pinche alto- les dice Lucas, quien es el primero que ha montado el muro, aunque con los martillazos hicieron una abertura que bajó poco más de medio metro la pared, aún la altura es considerable. Unos doce metros. Entonces Lucas escucha los gritos de la vecina, desquiciada, voltea a verla y se da cuenta que tiene el celular en la oreja al tiempo que grita ¡se están escapando!

-Ya nos cacharon cabrones. Cabrones ya nos cacharon- sin pensarlo más, Lucas brinca. Apenas cae, asimila el golpe del salto y huye desesperado, se da cuenta que el terreno está cerrado por un alambre de púas, mientras comienza a brincarse esa reja, que hace todavía más ruido, Luis comienza a tener pavor de arrojarse. Lo ha inundado el vértigo.

-¡Córrele cabrón! ¡Ahí vienen por nosotros salta ya güey!- dice Jonás tratando de motivar a Luis. Y es que Óscar ya se ha levantado inmediatamente y ha corrido a despertar sus golpeadores profesionales. Desconcertado, Óscar trata de imaginar por dónde pudieron haber huido, se pone en el centro del patio principal, donde están los perros, y mira el edificio. Les ordena a sus ayudantes que salgan por la puerta principal. Óscar sube al patio de lavado corriendo. Lucas ya ha logrado brincar la malla y corre despavorido, como nunca en su vida hacia Felipe Ángeles. “Achita” y otros pelones, los golpeadores de Óscar abren la puerta de la entrada principal y ven pasar frente a ellos a Lucas, corriendo como gacela. Un pelón se lanza tras él, pero imposible. Lucas Pedolski logra huir.

Mientras, Luis por fin se anima a saltar. Cae mal, muy mal, el peso del cuerpo le ganó y se fue de cabeza contra los ramales, empieza a sangrar, se abrió la frente. Jonás está por aventarse cuando ve llegar al padrino, entonces se arroja sin pensarlo: fractura de tobillo.

-Están de este lado- grita la vecina a Achita y los otros hombres. Que corren a brincar las rejas del baldío. Se meten entre la hierba seca y ahí están Luis y Jonás, tirados en la tierra, sufriendo de dolor y con un plan frustrado, llenos de sangre.

 

*****

-¿Qué es esto, eh… pendejo?- le grita Óscar a Jonás, mientras le muestra en la cara el libro ‘Señor Quítame lo Bruto’ con la nota que le escribió. Jonás permanece callado, mientras unos paramédicos atienden a Luis.

-Y tú, cabrón, tú güey ya ibas a salir el domingo, pero ahora te quedas otro pinche año, de eso me encargo yo. Vas a ver qué fácil es chantajear a tus padres.- señala Óscar a un inconsolable Luis.

Ambos estaban por recibir a sus familiares por su mes cumplido, pero la sentencia del padrino fue que no recibieran visitas. A los padres de Jonás los chantajeó con el tema de los celulares. “Ya hasta ladrón es, señores”, les dijo con tal de que no lo sacaran. El miedo en Luis duró poco, su madre amenazó con una demanda legal a Óscar si no entregaba a su hijo, el chantaje del padrino no funcionó y Luis salió al domingo siguiente tal cual se planeó.

Jonás habló de todo lo sucedido con Martha, quien de igual manera movió todas sus influencias para darle consulta a Jonás fuera del anexo. Ordenó una liberación mediante una carta que comprometía a Jonás  “no tomar ni una sola gota de alcohol, de lo contrario regresaría al centro de rehabilitación”. Al padrino no le quedó de otra más que aceptar la decisión de la doctora.

A la semana de estar fuera, Jonás dejó de ir a las consultas. Salió con rencor, ni siquiera hacía el esfuerzo de trabajar.

-La situación está de la chingada, no voy a conseguir trabajo así– les argumenta a sus padres, como justificando el confort en el que ha caído. No ha tomado, pero es violento, grosero con su familia, holgazán, chantajista. Ve a sus hijos un poco celoso, ya sin el cariño de antes.

 

*****

Me encuentro a Jonás en la calle, cerca de la Preparatoria Norte, tirado afuera de un Oxxo. -La cagué- me dice en un valle de lágrimas. Una hermana de su madre le ofreció mil 550 por ponerle varios closets en su casa. Jonás tenía habilidades para ese tipo de oficios. Apenas recibió el dinero y lo gastó en cocaína, prostitutas y mucho alcohol. Esa noche huía de su hogar, de sus padres, de su esposa, de Óscar y de la psicóloga. Sabe que nuevamente sacó un pasaporte al infierno, a ese lugar de Felipe Ángeles que se hace llamar “La alegría de vivir”.

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