Cultura

Paul, hermano, ya eres mexicano

Por José Rodrigo Espino Mendoza

Eran las cinco de la tarde, la plancha del Zócalo de la ciudad de México estaba casi llena. Para llegar hasta ahí había que pasar varios torniquetes pero los policías se comportaron a la altura del evento, fueron serviciales; seguro estaban emocionados también. El tiempo cobraba una dimensión extraña, en momentos se detenía, o una hora se volvía pocos minutos.

La gente estaba entusiasmada, cuando de pronto de un balcón del hotel Majestic, justo en el cuarto piso, se asomó, ahí estaba en lo alto. Poco a poco todos voltearon a verlo, comenzaron a chiflarle, a mentársela y a gritar ¡fuera! ¡fuera!, era el nombre de Enrique Peña Nieto en una manta enorme. Ante la presión de los asistentes el señor de la manta la doblo sin prisa, se metió y cerró el balcón, los aplausos en señal de victoria no se hicieron esperar.

Fue así como dieron las ocho de la noche, entre empujones y amontonadero de gente cerraron los accesos, eran ya más de 100 mil personas. Para donde voltearas había gente. De todas las edades, tamaños, razas, la música de Paul McCartney unía a México.

Media hora después era imposible poder moverse o recorrer tan sólo 10 pasos. La multitud que se emocionaba cada que alguien salía al escenario a probar algún instrumento, o cada que hacían cambios de luces. Fue entonces cuando justo a las nueve de la noche se apagaron todas las luces, me estremecí al saber que Paul McCartney, el beatle más importante que sigue vivo, saldría al escenario.

Hello, Goodbye fue la primera canción que se escuchó, la gente estaba fuera de control, gritaban, coreaban las canciones. El Zócalo se convertía en testigo del concierto con mayor número de personas que Paul ha dado en toda su vida. Y para compensarlo, Paul con su camisa rosa y pantalones negros, no dejaba de cantar, de poner todo el sentimiento en sus letras, se esforzaba por hablar español, hablaba con la gente casi de cara a cara.

Por ahí de la mitad del concierto, apareció el mariachi. Era raro ver a los integrantes del “Mariachi Gama Mil” al lado de viejos rockeros que vestían pantalones entallados, aunque pensándolo bien, los mariachis también eran viejos y compartían lo entallado de los pantalones. Bajo esta dinámica de pantalones tipo “bodypaint”, trompetas, tololoches y violines, tocaron Obladi Oblada, para que el mariachi se despidiera ante un público encendido.

La voz de McCartney se escuchaba casi igual que en sus años mozos, aunque ya en las últimas la garganta lo traicionaba. Daban ganas de tomar agua por él. Dos veces nos engañó, entre que se iba y volvía, hasta que con Carry that Weight no regresó jamás.

Fueron tres horas de éxtasis musical, uno de los responsables de cambiar la música en el mundo estaba frente a mí, lo tenía más cerca que muchos que llegaron a acampar desde tres días antes. Podía ir al baño, tomar agua, ir por garnachas y frituras. Y no es que estuviera en la zona vip o de discapacitados o que yo haya sido el de la manta del Majestic. Simplemente estaba en la comodidad de mi hogar, siguiendo en vivo la transmisión por internet de todo el concierto. Gracias Coca-Cola, estamos a mano con mi riñón.

 

 

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