Cultura

Plagio, luego escribo

Las lecturas del búho

Por: Rubén Cantor Pérez

Twitter: @RuCantor

En México el santo patrono de los plagiarios es sin lugar a dudas Sealtiel Alatriste. Así como los delincuentes rinden tributo a Malverde o llevan lo robado dentro de figuras gigantes de San Judas Tadeo, los escritores podrían entreverar páginas suyas en los libros de Sealtiel para que se les cumpla el milagrito de plagiar sin ser cachados.

Pero tampoco hay que ser extremistas y organizar una cacería de brujas. “Lo original es un plagio no detectado”, se lee por ahí; “el arte es un plagio o una revolución”, dice el pintor Paul Gauguin. Esto nos lleva a pensar que la imitación o la copia es un mal necesario, o un bien con mala fama. Desde el inicio de la civilización hemos avanzado en base a la repetición y variación de ideas.

No tendríamos una obra maestra como “Don Quijote de la Mancha” si no fuera por la audacia de Cervantes al reutilizar las novelas caballerescas de su época (de hecho el famosísimo inicio “En un lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme” es un doble plagio: la primera parte es un octosílabo del romance popular “El amante apaleado” y la segunda está en un cuento del infante Juan Manuel; y el sobrenombre “Caballero de la triste figura” titula el libro III de Clarián de Landanís, cuyo autor es Jerónimo López). Tampoco disfrutaríamos de Los Beatles si no fuera por su repertorio inicial de puros covers, formación que los llevó a convertirse en la mejor banda del mundo.

Todo esto viene a cuento por la controversia que se trae la escritora mexicana Verónica Murguía con el español Arturo Pérez Reverte, en donde ha quedado salpicado Alatriste, chivo expiatorio en turno. Pérez Reverte ha tomado una anécdota que presume haber escuchado de Sealtiel y al plasmarla en la página ha transcrito frases idénticas a las utilizadas por Murguía. Hay de plagios a plagios, dirán.

Recomiendo altamente la lectura del artículo de Alberto Chimal “Plagiarios” (http://goo.gl/oqLPCg). Ahonda en ese caso en particular, además de retomar el escándalo de Alfredo Bryce Echenique, quien recibió el Premio FIL de Literatura 2012 entre protestas por haber copiado artículos de opinión íntegros de periodistas peruanos poco conocidos.

Vale la pena hacer un recuento de plagios literarios destacados para dimensionar la magnitud de este fenómeno.

En 1994 Camilo José Cela concursó en el Premio Planeta y ganó con su novela “La cruz de San Andrés”. Una de las participantes, Carmen Formoso, denunció que había un plagio, pues los textos eran muy similares. Cela murió en 2002 y a la fecha no hay un veredicto oficial. La acusadora argumentó que ella entregó la obra un mes antes que Camilo, lo que dio pie a que la editorial la pusiera a disposición del escritor.

En 1995 Víctor Celorio señaló coincidencias tanto en frases como en personajes entre su obra “El unicornio azul” (1985) y “Diana o la cazadora solitaria” de Carlos Fuentes (1994). Esa denuncia no prosperó y Alfaguara se impuso ante un juez federal.

El mentado Alatriste reaparece en otro caso. Cuando Teófilo Huerta Moreno pidió a José Saramago reconocer que había plagiado su relato “¡Últimas noticias!”, al tomar la idea principal para escribir “Las intermitencias de la muerte”. Sealtiel era director de Alfaguara México en ese entonces y el periodista y escritor mexicano infirió que éste le había hecho llegar su texto al portugués.

Y si Alatriste es el patrono del plagio, María Kodama es la cancerbera de los derechos de autor. Ella es ni más ni menos que la viuda de Borges, quien irónicamente hacía referencia al plagio en el relato “Pierre Menard, autor del Quijote”. Al no tener el consentimiento de la propietaria, o sea ella, Kodama entró en pleitos legales con dos autores: Pablo Katchadjian y Agustín Fernández Mallo. El primero escribió “El aleph engordado”, que como su nombre lo dice, es una ampliación del emblemático cuento del argentino; el segundo tuvo que retirar de librerías “El hacedor (de Borges), Remake”, en el que replantea varios relatos.

El tema es por naturaleza polémico, por lo que es imposible no ponernos a veces del lado del acusado y en otros del acusador. El urinal de Duchamp o la lata de Campbell’s de Warhol son la representación más clara del plagio. Ambos artistas reutilizaron algo ya hecho y lo único que han obtenido es reconocimiento, nadie los ha demandado ni les han aplicado el Sealtielazo. Así de caprichoso es el arte, no hay forma de predecir lo que pasará al copiar una idea, objeto u obra.

Me despido con una anécdota que bien podría ser un cuento de Borges.

El matemático ruso nacionalizado alemán, Georg Kantor, coinventor de la teoría de conjuntos, en un punto de su vida cayó en una depresión severa que tuvo como secuelas el abandono de los números. En su lugar se interesó por la filosofía y la literatura. En esa especie de locura se convenció de que Francis Bacon era el verdadero autor de las obras de William Shakespeare. Y fue aún más lejos al afirmar que el inglés no existió, que era sólo un seudónimo de Bacon. Es una teoría interesante en la que el propio creador inventa a su plagiador.

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