Cultura

Poemas de Guadalupe Elizalde

Del libro ‘Asesino en Casa’, Editorial Colibrí, México 2005

Cuadro con niño

El cuerpo lunar fue sirgo sobre la pared de aquella celda.

Su redondez, suma de rectángulos,

era un cuadro de Munch en la picota;

crucigrama imposible donde permearon horizontales

todas las promesas

mientras caía vertical, la muerte.

Quien obligó la mesura en esta cárcel

conoce lo inmenso de sus sótanos

y el olor de las cadenas en tobillos quinquenales.

Lo demás, son salamandras exangües

lamiendo óxido en los barrotes

para atardecer uniformes.

El infante vio pasar media hogaza de luna y siete días

después

dijo adiós a la sonrisa blanca.

Selene, la nueva, hurta su sombra. La noche se desahucia,

el mundo espera por el guiño de la luz para devolverla

a esta creatura prendida

del pecho de su hambre.

¿Cuánto de mí quedó en la coladera de tus huesos

cuando tu corazón fue nada?

¿Cuándo de ti falta hoy en el plenilunio de este muro aproximado?

¿Qué dijeron de ti aquella cama y su candado miope?

¿Cuánto de nosotros sobrevive al silencio?

¿Cuánto estamos dispuestos a saber?

 

Adolescente y Regadera

Silencio.

Se hartó de separar la simiente del cianuro,

de mirarse en blanco sobre las retinas de la culpa,

de no entender que la estación del crucigrama

es un juego de tonos

y que los trenes repiten sus corridas

cuando admiten al pasajero equivocado.

No pudo –la neurona—intervenir en el cambio de vías,

sus palabras se quebraron.

Se convirtió en sal sobre lenguas tezontle,

fue pura pedacería

y el cerebro, honda:

una hormiga en tierra de filisteos.

Responde

¿Cómo acepta –sin odiarse—un misil su contenido, si

el dedo nunca está en las pesadillas de la bala cuando duerme?

A veces creo que Dios permite demasiado,

deja niños muy solos a la amnesia de las sombras,

bufones dramáticos, piruetistas en ríos de lava, salmones de piedra

que cobran su jornal en rápidos de hielo y –al final—se  funden.

“Te quiero” fue cera líquida perforando el caracol

hasta enfriarse entre la soga y su cuello,

entre la regadera y el chacal que la acosó hasta el límite.

La bestia era de bronce,

y no pudo hincar los dientes en su melena.

No diré más:

gritó a su manera,

hasta que la voz se hizo capullo de otra especie.

Su ‘Mañana’ es un camaleón

que disimula en el Scrabble

la ruta horizontal del término

el peor de los remitentes: Víctima.

 

De ciervos y cazadores

A Norberto Salinas, ciervo impenitente.

 

Caen los ciervos como juncos.

Mueren cuando algún cazador descubre su propio miedo entre los matorrales.

¡Cuánta mentira esconde toda guerra!

Los cazadores ofrecen óperas de viento domesticado al mejor postor,

así expulsan su contrariedad;

silban, fabulan su aliento,

repiten el burro y la flauta.

Esas fieras del caos no duran tras las rejas;

en la sombra el vendaval destruye,

cierra todas las cavernas

Caen las estalactitas sobre el ciervo confiado.

“–¿Qué hay en su agenda? ¿Arrancarnos los ojos para evitarse a sí mismos?

¡Oh delirio, eres pura proyección!”

Los conocerás por su jaula.

Cazan sangre viva,

dan bandera de piel a su oficio de difuntos,

cultivan viejos trucos y depredan de memoria.

No importa vivir, sino que alguien muera.

El ciervo no distingue entre ramas su cornamenta de pacotilla,

su piel no muda, no es uniforme

ni se abrocha y desabrocha como su miedo.

confía, apura relojes, acompaña su especie.

Los cazadores son atávicos, primitivos.

Creen que morder el corazón del ciervo abrirá sus vetas,

convertirá pólvora y lances en virtudes heredables,

hasta se alucinan ángeles recién concebidos.

parten el mundo en dos y tiran cáscaras por los asilos,

gozan contemplando cómo se pudren los sueños y las mandarinas,

fundan sociedades anónimas en pantanos

o coleccionan agua tibia en botellitas.

Son eróstratos. Odian su vació y los espejos;

si pudieran ya habrían bajado la luna a palos.

Los cazadores son cajas negras con altavoces

y clonan presas en úteros de ira, incompetentes.

Nada oyen. Organizan carnavales en la morgue,

consiguen abono en el forense,

cojean de la misma sepultura

y buscan tres a los gatos.

Luego, corren;

malhablan de lunes a sábado

y acechan nuestros ojos como cuervos.

Los cazadores guardan hogueras en el refrigerador

y las sueltan a pastar sobre virutas,

así pasan el domingo masticando ceniza.

Hoy no saldrán.

Los ciervos pueden jugar al ping pong con la luna

en su eclipse eterno,

sin contrincantes.

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