Cultura

Postales europeas (segunda parte)

Por: José Luis de la Vega

Para rescatar las aportaciones que hice al INFONAVIT, durante mi vida laboral, debí comprarle un departamento de medio cachete. Al momento de realizar la operación, decidí que al terminar de pagarlo, lo vendería y con los recursos obtenidos de la transacción, realizaría el tan postergado viaje a Europa. Lo consensé con la familia y comenzamos a planearlo. Vendido el inmueble, la cosa se hizo sería. Acudimos a varias agencias turísticas, revisamos diversos destinos y planes. Lo difícil fue ponerle fecha. Aurora y Enrique estudian, ella la prepa y Enrique, ingeniería. Cuestión que hizo imposible calendarizar en temporada baja. Después se vino el invierno y ni modo aventurarnos en Navidad.Acordamos aprovechar la Semana Santa y la primera de Pascua. También, tomamos la decisión de confiar en Pilar y María Luisa, damas que administran con eficiencia y amabilidad, la Agencia de Viajes Danubio, quienes ya nos habían auxiliado en un par  ocasiones. Con la devaluación del peso, los “bilimbiques” se pusieron “volátiles”, así que hubo de concretarse el amarre del viaje. El mayor sofocón lo encontramos en la compra de los boletos de avión, que para esas fechas se van a los cielos. Sólo se logró gracias a la atingencia de Viajes Danubio, que consiguió una oferta de Iberia, a condición que saliéramos el miércoles 1 de abril. Ajuste que obligó a Enrique a recortar su recorrido a doce días y se debió pagar el avión Roma-Madrid y el traslado del hotel al aeropuerto de Fiumicino.

Finalmente, el 30 de marzo de 2015, salimos de Querétaro al DF y, a bordo de un taxi repleto de maletas y personas, el día señalado, llegamos al Aeropuerto Internacional “Benito Juárez” de la Ciudad de México. Después de documentar en los mostradores de la aerolínea  y pasar el filtro de seguridad, cambiamos unos euros y buscamos acomodo en la sala de espera. Además, compramos un paquete de Camelsin filtro, pues sólo teníamos cuatro cajillas de Delicados. De ahí, pasamos a abordar el Airbus de Iberia, cuyo vuelo 64000, de las 11:45 am, nos llevaría a nuestro destino. El avión iba lleno. Viajamos en clase turista, pero puedo decir que el servicio fue bueno. Cené “ternera al gratín” acompañada de cerveza Majo (re buena), postre y café o té. En un momento dado, me venció el cansancio, pero pronto nos ofrecieron el desayuno y, más o menos, tras diez horas de vuelo, estábamos aterrizando en el Aeropuerto Internacional “Adolfo Suárez” de Barajas, a las 6:20 am, hora de Madrid. Debimos caminar por largos pasillos interiores, hasta abordar el tren que nos llevó de la “isla” de descenso a la zona de aduanas y a recoger nuestras maletas. Hasta entonces, salimos a la calle, es decir al estacionamiento. Apenas aparecimos, un joven pronunció “familia De la Vega” y nos indicó que abordáramos el minibús que nos llevaría hasta elNovo Hotel de la M30.

Cuando nos apersonamos en la administración del Novo Hotel, nos informaron que las habitaciones estarían listas hasta las doce. Dejando a resguardo nuestras maletas, salimos a conocer los alrededores. Bien abrigados, pasamos por detrás del Tanatorio, de la Mezquita de la M30, donde terminaba algún oficio, pues varios árabes se encontraban saliendo de ella y se quitaban sus túnicas. Nos internamos por un barrio de edificios de departamentos, con tiendas que aún no abrían. Así, caminando, fuimos a dar a la Calle de Alcalá, en la que se multiplicaron los comercios, varios con las puertas abiertas y a darle. Para prontas providencias, Aurora y mi suegrita se compraron tenis. Se probaron vestidos y zapatos. Hubo mesura, pues sabíamos que al final del viaje, regresaríamos con tiempo suficiente para adquirir algún objeto de nuestro agrado. Seguimos bajando por la amplia calle y llegamos a una glorieta en donde un grupo de personas, a los que llamaré genéricamente “gitanos”, se levantaban del lugar donde pasaron la noche. Una mujer nos interceptó pidiendo “un eurito”. Rápido la dejamos atrás  y advertimos que a un costado de la glorieta, está la Plaza de Toros de las Ventas. Su explanada, salpicada de estatuas de grandes toreros, permite admirarla a plenitud, la puerta principal, su estilo morisco y su singular integración con el paisaje urbano. Tomamos fotografías a granel, ya se sabe.

Hasta entonces, pensamos en comer. Pronto encontramos un Vip’s, si, un Vip´s, que resolvió el ayuno. Si bien, la carta tenía varias incógnitas, no tuvimos mayor dificultad en ordenar. La única sorpresa: un chocolate “de tasa” que parecía natilla.

Al salir satisfechos del lugar y preguntando, tomamos rumbo al hotel. Esta vez, por la banqueta lateral de la avenida M 30 hasta llegar al Puente de la Paz, desde donde se puede ver su edificio. En el trayecto, la banqueta se fue separando de la avenida hasta convertirse en un parque, arbolado con pinos copudos “sombrilla”, cedros y unos palos varudos y pelones; pronto sabríamos que se llaman “plátanos de oriente”, aunque no dan plátanos. Había gente jugado, descansando o simplemente, tomando el sol. Ahí conocimos unas urracas, a las que llamamos “finas”, pues tiene unas manchas blancas al lado del pecho y se pierden bajos sus alas. Al fin, nos acomodamos en nuestras habitaciones y pudimos descansar.

A las cuatro de la tarde, bajamos al lobby para la visita panorámica de la ciudad. Un hombre español, avispado, de nombre Hugo y quien en cada ocasión que bajábamos de autobús, nos gritaba: ¡vamos, con alegría!, nos fue enumerando monumentos y edificios del centro histórico, al tiempo que explicaba su historia e importancia. Tras cruzar la famosa Puerta de Alcalá, pasaron ante nuestros ojos la Fuente de las Cibeles, el Ayuntamiento de Madrid, el Teatro Real, la Fuente de Neptuno, la Biblioteca Nacional. Nos apeamos en la Plaza Colón, con la bandera de España, ondeando y la estatua del navegante, al centro de una glorieta que distribuye el tráfico en una de sus esquinas. La estatua es neogótica, se atribuye a Arturo Mélida y Gerónimo Suñol, data de 1892.  También, pasamos por el Museo Nacional del Prado, el Parque del Retiro. Después, paramos en un estacionamiento subterráneo, cuya salida nos pone frente al Palacio Real, justo en la Puerta del Príncipe. Paseamos entre el palacio y la Plaza de Oriente, donde probamos unos “sorbetes” rellenos de chocolate y llegamos hasta la catedral de Santa María de Almudena, que es de reciente construcción, y la encontramos cerrada. Finalmente, tras de una serie de orientaciones, nos dejaron sobre la Calle Mayor. Pasamos frente al Mercado de San Miguel, curioseamos en distintos establecimientos, de múltiples mercaderías: cervecerías donde se ofrecían tapas (como nuestras tortas, pero de baguete sin la tapa), recuerdos mil, heladerías (probé uno de yogurt con durazno), confiterías (compramos un turrón de avellana) y llegamos a la Plaza Mayor, de una metrópoli plena de vida. Impresionante, sin duda, con la estatua ecuestre de Felipe III, iniciada por Juan de Bolonia y concluida por Pedro Tacca, en 1621. Tras caminarla por sus cuatro costados, nos decidimos por comer en “El Museo del Jamón”, que se encuentra a unos pasos y fue buena la elección. Comida agradable y buena atención, aunque estaba lleno. Después, seguimos las instrucciones del guía y fuimos a dar a la Puerta del Sol, donde no hay puerta y si una estatua del oso y el madroño, del escudo de la ciudad. Ahí, tomamos el autobús que nos dejó frente al hotel.

A la mañana siguiente, tras del desayuno, decidimos regresar al centro de Madrid y recorrerlo con calma. Tomamos un taxi, conducido por un chofer hablantín que no puso peros a que fuéramos cinco pasajeros. En algún punto, pasamos por Tirso de Molina. En fin, nos dejó en la contra esquina de la Catedral de N. S. de Almudena que, en esta ocasión, Viernes Santo, sí estaba abierta. Un grupo de señoras, vestidas de negro y con mantillas cubriendo la cabeza, se mantiene frente al altar mayor y, a cada tanto, son relevadas por otras, con similar atuendo. Los turistas entramos y salimos por montones. Afuera, en el atrio, se encuentra una estatua de Juan Pablo II, quien la consagró. Después, caminamos por los ya conocidos Viaducto de la Requena y la Calle Ballén, por un lado del Palacio Real (por el otro, corre el río Manzanares), hasta que llegamos a los jardines que llevan el nombre de Sabatini, su creador. Hermosos en si mismos, brindan una bella vista del palacio. Por ese camino, sin destino fijo, encontramos unos puestos y en uno de ellos, Lidia compró un vestido italiano,a un árabe. Después, cruzamos por la Plaza de España, con la estatua del admirado, Don Miguel de Cervantes Saavedra y de quien, hace unos días, encontraron sus restos. En una de las esquinas del arbolado sitio, pudimos calibrar el tamaño de los edificios Capitoly de la Telefónica (más o menos, como el de la Lotería Nacional, en el DF).Desde ahí, seguimos por la Gran Vía, pletórica de comercios, en los que curioseamos a gusto. Preguntamos y por entre algunas calles ignotas, casi sin darnos cuenta, nos encontramos en la Puerta del Sol. Esta vez, las calles estaban abarrotadas y apenas si logramos llegar al Mercado de San Miguel, donde probamos unos “pichos” y, de ahí, a “El Museo del Jamón”, pues decidimos comer en ese lugar, de nueva cuenta. Al salir, la cuestión fue avanzar entre la multitud de gente que esperaba el paso de una de las procesiones que este día, se celebran en Madrid, en toda España y medio mundo. Como pudimos, a veces bordeando por calles adyacentes, llegamos a una amplia avenida, en la que tomamos un taxi. En realidad dos, porque nadie quiso llevarnos a los cinco.

Madrid pasó de ser un pequeño asentamiento musulmán (durante el Califato de Córdoba, 929-1031) a ser la ciudad más poblada de España, con 3,293,601 habitantes. Durante este lapso de tiempo, España y su capital son, sin duda, unos de los ejes explicativos para la formación del moderno sistema mundial, hasta nuestros días. Solo diré que su arquitectura (plena de barroco, churrigueresco, neoclásico y destellos de gótico), me recuerda, guardadas las proporciones, el Centro Histórico dela Ciudad de México.

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