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Psicosis

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Por: Juan José Lara Ovando

El 16 de junio de 1960 se estrenó en Estados Unidos la película de terror, Psicosis. Su director, el reconocido Alfred Hitchcock, conocido como el maestro del suspenso, presentó el filme en el estreno, en una sala de la ciudad de Los Ángeles, atento a las reacciones del público hacia su película, lo que se observa atractivamente en la película que ahora comentamos, Hitchcock. Aunque la construcción de la escena está chueca porque el director no podía ver de frente a los espectadores, lo significativo de la reacción resulta de lo más vigoroso para calificar el impacto que Psicosis tuvo entre los espectadores.

Hitchcock trata el momento en que este director filma Psicosis, su película más popular, muy respetada por la crítica y de la cual se resguarda una copia en la Biblioteca del Congreso en Washington (al igual que Los olvidados, Buñuel, 50) como representativa de las características humanas. Psicosis es innovadora de la temática del terror y en un momento crucial para el director, ya que al mismo tiempo que debía encontrar una nueva veta sobre el terror, se encontraba en un momento de crisis con sus actrices y con las empresas productoras.

El genio del suspenso había realizado sus mejores producciones, La ventana indiscreta (55) y Vértigo (58), además de que contaba con un historial de más de 40 largometrajes, con varias de ellas, extraordinarias. Su cine tenía una sola vertiente: el suspenso, creado a partir de dudas que tenían que seguirse con meticulosidad para resolverse en el momento menos esperado y con una gracia que le daba la vuelta a la desesperación en la que mantenía comúnmente al espectador, por lo que iba con maestría de la angustia a la comedia, tal vez por eso aparecía por un par de segundos en todas sus películas, ya que con su figura gorda y bonachona distraía un momento al espectador, liberando un poco la carga emocional a la que los había conducido.

La razón por la que un director que se hallaba en la cima de su creatividad y su éxito (Truffaut, lo entrevistó en esa época como símbolo del triunfalismo en Hollywood y se convirtió en un admirador de su cine, que aprendió a ver con detalle), tenía que innovar no radicaba tanto en él, como en las necesidades de un género que no podía crecer e incluso, ni existir ante la censura que regulaba lo que se veía. Por supuesto, no se podía ver un terror generado por las personas, no se filmaban asesinatos, todas las escenas eran sugeridas, teatralizadas o montadas (construidas en base a cortes y efectos). El género de terror se apoyaba en los ataques de los marcianos, la existencia de hombres lobos, dráculas u otros fenómenos o, en su caso, en locos que rebasaban toda cordura pero las escenas nunca eran directas, no se mostraba violencia, se creaba suspenso. En esto Hitchcock era un verdadero maestro, sabía perfectamente su trabajo, lo dominaba como nadie para crear atmósferas, llevar el ritmo, sugerir acciones en escenas, hacer cortes de edición finísimos, manejar teatralmente a sus actores y exigirles entrega a sus papeles, organizar a todo el equipo de trabajo en el set y lidiar con productores, distribuidores y censura. No estaré muy equivocado si pienso que es el director o al menos uno de los primeros que logra independizar su trabajo de los productores y convertirlo en la estrella, pues ese rol lo dominaban a su antojo los ejecutivos de las grandes empresas como mandamáses del negocio.

En 1959-60, Hitchcock logró el gran salto, dirigir una película con un asesinato visto en pantalla, la famosa escena de la bañera en la que es apuñalada una y otra vez una muchacha. Hay además otras escenas, es la primera ocasión que se jala la palanca del baño en una película y se graban las escenas de la bañera con el torso desnudo de la chica, aunque sin enfocar la cámara en esos sitios no cubiertos. La censura lo acusó de violencia e impudicia, pero terminó convenciéndolos, inteligentemente, que no se trataba de ninguna de ellas.

La película Hitchcock de alguna manera relata todo lo que se ha señalado, pero sin el encanto que todo ello puede tener. Para empezar, el personaje del director es muy poco convincente, a pesar de que lo interpreta un excelente actor, Anthony Hopkins, aun a él le queda grande y su rostro adusto no le ayuda, jamás se le cree que pueda ser el personaje amigable que aparentaba su figura gorda y su rostro amable y simpático.

En segundo lugar, la relación central en la película es del director con su esposa, la editora y guionista, Alma Reville (mucho mejor interpretada por Helen Mirren) en el momento de su crisis matrimonial (mal definida aquí), que la vuelve a ella protagonista, en tanto él no tiene opciones para sobresalir.

En tercer lugar, los intérpretes de Psicosis están interpretados por Scarlett Johansson (creíble Janet Leight, pero poco aprovechada), James D’Arcy (Tony Perkins perdido, cuando pudo aprovecharse muy bien) y Jessica Biel (Vera Miles, actriz conflictiva y confrontada con el director, lo que pudo enriquecer y se dejó escapar).

En cuarto lugar, lo peor, el tiro salió por la culata, porque no era la intención, el que padece psicosis es Hitchcock que no puede mantener relación cordial con las mujeres a pesar de ser apasionado de ellas, sobre todo de las rubias, a las que les tenía verdadera devoción, y todavía seguía dolido por el retiro de Grace Kelly, su actriz, ya entonces convertida en princesa de Mónaco, como por la rebeldía de Vera Miles.

Dirigida por un Sacha Gervasi que no tiene mayor historial y muestra todas sus limitaciones en esta oportunidad desaprovechada en mostrar estereotipos en lugar de problemáticas de los personajes. Sí se muestra la genialidad de Hitchcock en su trabajo en el estudio, pero se adivina, se sugiere no se confirma, el carácter del director en su vida personal, aunque la personalidad del maestro del suspenso haya podido ser, lamentablemente, misógina y autoritaria. Una película poco seria para un personaje, que independientemente de las inquietudes que levante, ha crecido hasta convertirse en un gran referente de la cinematografía.

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