Cultura

Rock para viajar en el tiempo

Por: David Eduardo Martínez Pérez

Ante poco más de 300 espectadores, Querétaro se volvió rock el pasado domingo 23. En el auditorio del Museo de la Ciudad se dieron cita representantes de las tribus urbanas para escuchar a sus bandas favoritas atentar contra la tarde más aburrida de la semana.

El evento estaba contemplado para empezar a las tres pero a las cinco todavía seguían llegando amantes de la música, deseosos por recibir algunas notas en sus oídos y ¿por qué no? conseguir un ligue o repartir unos buenos golpes en medio del slam.

El patio que da acceso al auditorio funcionó por un momento como máquina del tiempo. No era raro ver a los punks pasear con sus mohicanos y sus chaquetas llenas de estampas anarquistas y antiautoritarias. De pronto uno se sentía en los setentas, en los setentas del infrarrealismo, Avándaro y las guerrillas urbanas.

Si uno ponía suficiente atención, podía ver al joven Roberto Bolaño caminar resucitado junto a su compañero Mario Santiago Papasquiaro. La música era la responsable.

Los Limones Punk, banda queretana con un amplio historial, se encargaban de enviar a todos treinta años atrás con sus canciones que iban desde la exaltación del rebelde, hasta las declaraciones de amor más estridentes.

No se quedaron sin su recompensa, los organizadores del evento les entregaron un reconocimiento a sus más de 25 años representando al punk queretano. Luego, cuando ya se disponían a retirarse, tuvieron que ceder ante la presión del público que no cesaba de gritar “¡Otra, Otra!”.

La euforia del público punk continuó con la aparición del grupo Maldita Profecía, cuyo repertorio también incluía las canciones “cariñosamente” dedicadas a los guardianes de la ley y homenajes a las leyendas urbanas de esta ciudad, como es el caso de la famosa rola “Casa de la Mijangos”.

Siguieron pasando banda tras banda y la gente dentro del auditorio aumentaba en número. Afuera también había muchos asistentes que resistían estoicamente los golpes de la lluvia sobre sus cabezas.

Resultaba grato comprobar que la asistencia al evento no quedaba reducida a jóvenes, en la cápsula del tiempo también viajaban amantes del rock de primera generación, directamente llegados de los setentas y los ochentas.

Algunos lucían cabelleras enormes teñidas con el color blanco que te hace abuelo. Llevaban paliacates en el cuello y exhibían brazos llenos de tatuajes que contrastaban con las arrugas en la piel.

No era raro ver papás y mamás punk acompañados por niños vestidos exactamente igual que sus padres. Una pareja arrullaba a un bebé que con sus dos años ya exhibía un considerable mohicano sobre su cabeza. Eso era rock para toda la familia.

Conforme la noche se apoderaba del museo en complicidad con una lluvia que no daba señales de cese, el pasillo hacia el auditorio experimentaba variaciones en cuanto a sus ocupantes.

Las familias punkies fueron gradualmente desplazadas por tipos que entregaban volantes de tiendas de música y locales de tatuaje, mientras algunos grupos de adolescentes se las ingeniaban para meter cerveza de contrabando.

De vez en cuando llegaba el olor de un porro o de una mona que sostenía algún despistado que trataba de evitar a toda costa la violencia del slam. En medio del escenario, alguien colocó una silla y se durmió sin importarle el ruido. Algunas chicas le tomaban fotos al dormido y se burlaban de él.

Finalmente se produjo no sólo un giro en el tiempo, sino también en el espacio. Con la aparición de Romeo & The Frankensteins, el idioma de las rolas pasó del español a la lengua de Freddie Mercury, Mick Jagger y Roger Waters.

Ni se estaba en Querétaro, ni era 2013. Los ritmos rocanroleros de la banda hacían sentir como si se viviera en alguna Inglaterra del pasado. Pese a que la música era un poco distinta a todo lo anterior, el slam se mantuvo y hasta se tornó más violento.

A lo lejos alguien les gritó que cantaran en español, pero ellos ignoraron el grito y siguieron con su repertorio. Faltaba poco para que los que se perdieron en el slam se transformaran en verdaderos frankensteins o hooligans dispuestos a pulverizar el auditorio.

Finalmente la lluvia desapareció y con ella la mayor parte de los que fueron al evento. Casi todos vagaban por el centro en busca de un after.

El dormido se quedó en el auditorio junto con ‘los monas’ y algunas notas musicales que permanecieron atrapadas en esa máquina del tiempo que fue el Museo de la Ciudad.

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