Cultura

‘Rush Hour’: la vida que se nos va en el tráfico

El filme permite reflexionar sobre lo que implica para alguien que pierde tanto tiempo de su vida en el traslado al trabajo: Si realmente vale la pena perder momentos, sentimientos y recuerdos por estar atrapados en la “hora pico”.

Estar atrapados en el tráfico significa que tardarás otros 20 minutos en llegar a tu casa si vives en Querétaro u otras dos horas si estás en la Ciudad de México. Los traslados largos de donde se vive al trabajo son uno de los problemas que pasan desapercibidos disfrazados de normalidad en las grandes urbes.

Rush Hour (2018) de Luciana Kaplan —también directora de La Revolución de los Alcatraces (2013)— es la película documental que se estrenó el pasado 12 de octubre. Ha tenido un buen recibimiento por parte de la crítica y se le dieron varios espacios de proyección en los cines independientes de la Ciudad de México; en el resto del país una cadena de cine comercial cedió una sala de arte por ciudad. Lo interesante es que sobrevivió a su primer fin de semana y logró más tiempo en cartelera, algo único si hablamos de cine documental en nuestro país.

Rush Hour narra las vidas de tres personajes en tres ciudades diferentes: Estambul, Los Ángeles y la Ciudad de México. Los protagonistas comparten entre sí la característica de tener que trasladarse a más de dos horas del lugar donde viven.

Estela trabaja en una estética de Lomas de Chapultepec. Ella tiene que mantener a su hijo y a su madre; el inconveniente es que vive hasta Ecatepec, Estado de México, uno de los lugares más peligrosos del país por su alto índice de violencia hacia las mujeres.

Mike al casarse pensó en formar una familia, pero el ir a su trabajo como ingeniero en donde pasa más de cinco horas diarias en carretera no sólo lo ha privado de disfrutar de tiempo con su esposa, sino de cumplir su sueño de hacer música en Los Ángeles.

Meltem es una mujer musulmana que diariamente viaja una distancia muy larga para trabajar en una tienda de ropa. Su anhelo es conseguir un trabajo cercano a casa para poder pasar más tiempo con su familia. Hasta ahora cruza diariamente el estrecho de Bósforo para ir de Asia a Europa y laborar.

El filme documenta la vida cotidiana de los personajes y de sus familias, lo que implica trasladarse por horas para trabajar. Surgen preguntas: ¿Por qué vivimos tan lejos del trabajo?, ¿por qué no encontrar un trabajo más cercano?, ¿por qué no se pueden mudar cerca de donde laboran?

Las respuestas, a pesar de ser diferentes personajes y distintos contextos, son las mismas. Son personas que se sienten atrapadas por un contexto que no les permite desalinearse de una rutina que les hace subsistir económicamente a cambio de un costo emocional altísimo.

El documental permite empatizar con las historias en un mundo donde el transportarse se ha vuelto parte de la vida de cada persona, reflexiona sobre el tiempo que se pasa en el coche, en el metro o en el colectivo. Son momentos en los que no se hace mucho: es tiempo muerto. Días de la vida que no vuelven a cambio de trabajar para apenas vivir.

Algo que se ha comentado es que el documental parece incompleto, ya que cierra sin dar un desenlace conveniente para los personajes. Desde el documental lo más lógico es explicar que no termina con un final feliz o con algún final aparente porque así es la vida, la realidad no está llena de conclusiones, sino que es un proceso de aprendizaje. Lo que hizo el equipo del documental fue tomar ese momento en la vida de los personajes y contar sólo ese instante; el final y desarrollo de sus historias lo podrán ver sólo ellos.

Es ilógico pensar que la vida de las personas reales cambie de la noche a la mañana; sin embargo, el filme permite reflexionar sobre lo que implica para alguien que pierde tanto tiempo de su vida en el traslado al trabajo. Si realmente vale la pena perder momentos, sentimientos y recuerdos por estar atrapados en la “hora pico”.

Los oídos disfrutan

A diferencia de muchos filmes documentales donde la estética de la imagen y el sonido no contribuyen a documentar una buena historia, en este caso eso no sucede. La fotografía estuvo a cargo de Gabriel Serra, quien se convirtió en el primer alumno en ser nominado al Oscar por una tarea con el documental corto La Parka (2015).

El nicaragüense realizó un trabajo esplendido al filmar el caos de las grandes urbes, pero con una mirada intima, planos que a través de los rostros dan cuenta de los sentimientos de los personajes, que en contraste con los generales de las monstruosas metrópolis dan una sensación de estar atrapados inmersos en el espacio y en el movimiento.

Algo que se agradece, en sobremanera, es el trabajo de sonido de Ruy García. En palabras de productores como Carlos Hagerman, es de los “mejores sonidistas que hay en México”. Hay un trabajo de estética sonora, se manejan las voces, los silencios y el murmullo de las ciudades viene a formar la atmósfera perfecta. No hay errores que se adviertan con facilidad, es un documental con el que los oídos también disfrutan de la historia.

Carlos Hagerman y Martha Sosa realizaron la producción que duró casi seis años de trabajo: uno para filmar en cada ciudad y tres de postproducción. Del trabajo de los productores se puede rescatar un estilo particular de entrevista que Hagerman ha implementado en sus propios documentales, que son conversaciones entre dos personajes que se muestran más amenas y dejan saber más de la historia que filmar al personaje viendo directo a la cámara.

El recurso más utilizado fue la entrevista con voz en off, pero no hubiera funcionado si la imagen no contara al tiempo de lo que hablan los personajes. Sin duda fue un trabajo de dirección bien organizado y con mucha empatía por parte de la directora hacia las familias del filme.

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