Cultura

Sin tiempo

Por Juan José Lara Ovando

Las películas con tema de ciencia ficción se han vuelto muy atractivas tanto para el público que parece estar ávido de ese tipo de historias que le plantean cuestiones sugerentes a resolver, que ya las está esperando, como para los realizadores, ya sean productores, guionistas o directores, pues o se las están solicitando mucho o son parte de su gusto, porque están a la orden del día. El problema ahora es que son ya tantas, que no puede uno confiar tan fácilmente que todas van a salir buenas, y en realidad, pocas son memorables. Así que mientras no decepcionen, seguro que todos contentos, hasta que no nos agotemos de esos temas.

 

La película El precio del mañana, es un digno ejemplo, pues todavía proporciona elementos para que los espectadores mantengan ese gusto por la ciencia ficción. En esta sociedad del futuro, dado las investigaciones científicas que se llevan a cabo, las personas ya no tienen edad. En realidad ya no es necesario que la tengan pues pueden vivir permanentemente sin problema porque a los 25 años dejan de envejecer gracias a la biotecnología, el problema es que tienen que pagar por ello y en eso radica el poder de control de esa sociedad.

Mas eso no es para todos, no se trata de ninguna igualdad. El filme es apocalíptico sobre el futuro cercano. El tiempo se ha convertido en una especie de moneda de cambio, de modo que los ricos pueden vivir para siempre, mientras que los pobres tienen que negociar para que continúe su existencia. El caso que nos presenta El precio del mañana es el de un muchacho de origen pobre que hereda una fortuna, aunque le llega demasiado tarde para salvar a su madre.

 

Dirigida por Andew Niccol, que ya previamente dirigió una película de ciencia ficción elogiable, Gattaca. Experimento genético (97), y también estuvo a cargo del guión de La vida de Truman, con las cuales ha dejado buenas impresiones, aunque es irregular, pero aún así el tema no es malo y levanta ciertas expectativas ahora que sitúa al tiempo literalmente como dinero. Todo se pacta con minutos, horas, días y hasta años. Los pobres trabajan para el día, relegados en guetos y los más ricos son casi inmortales y viven en zonas donde los más necesitados no pueden acceder si no pagan por entrar. En el mundo de los menos afortunados trabaja Will Salas (Justin Timberlake), quien pronto es acusado de asesinato y una fuerte suma de tiempo le es transferida. Los pudientes ven en esto una amenaza al sistema: “para que algunos seamos inmortales, muchos deben morir”, dice alguien por ahí. Will se lanza a una cruzada junto a una chica millonaria y hermosa (Amanda Seyfried), transformándose ambos en una suerte de Robin Hood modernos con algo de Bonnie y Clyde. Eso sí, sin el carisma ni la química requerida, aunque lo intenten.

 

Hay un antecedente temático de esta cinta, en 1976 se estrenó Fuga en siglo XXIII (Anderson) que planteaba un futuro aparentemente idílico donde todos eran jóvenes. Pero eso era así porque al cumplir 30 años eran eliminados en un extraño ritual. Incluso, la palma de la mano brillaba de cierta manera cuando se acercaban a esa edad. La premisa de El precio del mañana es lo suficientemente atractiva para llamar nuestra atención, con todo y sus metáforas sobre las divisiones de clases (que en pantalla son fronteras reales) y los sistemas económicos que solamente benefician a las clases privilegiadas, pero la película sufre en su manufactura. Por una parte tenemos un diseño de producción que palidece ante la inevitable comparación con Gattaca. Además hay una serie de absurdos (¿qué todos andamos por las calles anunciando con grandes números cuánto efectivo traemos?) o situaciones de plano ridículas, como la forma en que uno de los personajes se infiltra en el nutrido grupo de guardaespaldas de un ricachón. Aparte hay un problema de ejecución en el que al realizador se le van de las manos los temas serios que presenta, y decide concentrarse en una serie de persecuciones que la mayoría de las veces no tienen sentido. Claro, si el tiempo es dinero hay que correr. O en nuestro caso, decidir en qué película queremos invertir un par de horas de nuestra vida.

 

¿Qué es lo que le falló a Niccol?, ¿saber contar cómo se da el abuso de poder?, o ¿ser incapaz de narrar la búsqueda por alcanzar la inmortalidad humana? O peor aún, ¿es que la intención de poner como básicas escenas de acción que eleven la adrenalina es lo sustancial de lo que se filma como ciencia ficción? Ya José Revueltas en los sesenta, en sus años de cárcel hace referencia a la crisis del cine que no logra atraer a las mentes de los espectadores, que sólo le piden acción, eso ha llevado a su desvaloración artística, así que si no se hace algo y eso tiene que ver en mucho con los espectadores, sólo esporádicamente vamos a ver buenos proyectos.

 

Es una verdadera pena, pero a pesar de que la intención temática es interesante, el resultado no lo es para nada, ni las actuaciones, ni los diálogos, ni los actores de soporte, logran que en algo se logre salvar, a menos que nos quedemos con la intención temática.

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