CulturaSan Juan del Río

SJR: Los rostros de la cabalgata

Se levantan a las 8 de la mañana, se les cambia el pañal, todos usan pañal, menos Martita, porque no quiere. Se cambia su cama si está mojada, se deja tendida. Se van a desayunar, desayunan juntos, hoy desayunaron sándwich de pollo y atole. Se les toman los signos. Se lavan los dientes, o se los lavan, mejor dicho. Les cambian la ropa; menos Martita, ella se cambia sola, hoy decidió usar un vestido delgado con detalles blancos y flores rosas, color guinda.

Son 15 residentes en Ámbar Center, Cuidado para los Mayores; la mayoría tiene más de 80 años.

Al dar las 10 de la mañana, los cuidadores los ponen en sillas de ruedas, aunque no las necesiten; les ponen una gorra y salen con dirección a la banqueta de Avenida Juárez, justo frente a la Pastelería Suspiros. Una de las cuidadoras pregunta a Ana, la trabajadora de la pastelería, si no hay problema con que estén allí; Ana dice que no.

Llegan y, con la espalda a la pared, los acomodan, cada uno en su silla de ruedas: Dionisio, Felipa, Elías, René, Ester, Vicky, Mary, Maricarmen y Magda. Más tarde llegará Martita, tenía un “episodio”.

Hoy todos están tristes, según la cuidadora, porque uno de sus compañeros sufrió tres infartos y lo llevaron al hospital.

“¿Qué vamos a hacer?”, pregunta una de las residentes a su cuidadora, mientras le ponen bloqueador solar y les ofrece agua. “Ver una cabalgata”, responde la cuidadora en tono maestra de kínder, amable por oficio. “Pero yo puedo ver caballos en mi casa, tengo un rancho”, contradice la primera.

Traen a Martita, la ponen junto a Magda, hasta la derecha de todos. A Martita la boca le sabe mal, anoche mordió una de sus pastillas y aún tiene en la saliva la seca y amarga calma química. “Qué tal si era veneno”, acusa Martita.

Dionisio: “Vine de los embarcos, pero no me vine juido; soy jilguero de los barcos que por aquí ando perdido, por unos ojitos charcos que me echaron al olvido”.

Empieza la Cabalgata de la Amistad, que da inicio a la Feria del Municipio. Algunas personas les dicen “adiós, abuelitos”, cuando pasan frente a ellos.

La Pastelería Suspiros

Ana despertó a las 6:30 am, se bañó, desayunó caféconleche y pan. Sus papás la trajeron hasta la pastelería, ellos mismos le ayudaron a abrirla a las 8. Minutos después de las 10, se le acercaría una cuidadora a preguntarle si se podían quedar a ver la cabalgata frente al negocio. Ana comía fruta mientras afuera pasaban caballos. Usaba uniforme negro con el logo de la pastelería en el pecho.

Marta Angélica tuvo cita a las 9:50 am en el SAT, sacó su e-firma y aprovechó para de una vez, sacar su constancia. Llegó a la pastelería y ya estaba abierta, ya estaban los residentes de Ámbar en la puerta. “Estábamos almorzando —dice Marta— y vimos sólo un pedacito de los caballos. Mientras, esperábamos al encargado a que trajera los productos».

Julio, el encargado de esta sucursal, se levantó a las 5:30 de la mañana, se dirigió a su trabajo, que es abrir el centro de producción allá en Querétaro, a eso de las 6:30 am. Como a las 10:30 empezó a llenar el auto de “productos”, para traerlos. Emprendió caminó y llegó.

Julio no sabía que habría cabalgata, al llegar a San Juan tomó una vía alterna en su Nissan blanco con carga de 57 pasteles, dos pays, seis gelatinas y cuatro mini pasteles. Arribó por fin a La Comer cuando el desfile empezaba y pensó “hay más trabajo que hacer cuando llegue, no creo que esto dure cinco horas, es una entrada principal”. Y así fue, la callé duró sólo 20 minutos cerrada.

En la cabalgata

El Cuaco despertó, lo bañaron, los cepillaron, le hicieron una trenza en la frente, le prepararon las herraduras, le pusieron la carona, el cincho y la montura. Le atravesaron entre la cara y la boca todo el aparato para direccionarlo a través de riendas. Se le montó Christian e iniciaron su viaje desde Senegal de las Palomas hasta el centro del municipio, donde fue el recorrido por el inicio de los festejos del 491 aniversario de la fundación de San Juan del Río.

El Cuaco es café oscuro con manchas blancas. Christian trae sombrero blanco, camisa lila, una faja negra como para cargar pesado, pantalón de mezclilla y botas; en su mano un fuete.

A las 11 de la mañana, en el Puente de la Historia, comenzó el recorrido. El Cuaco, junto a 3 mil 200 caballos, incluidos dos de palo, recorrió Avenida Juárez, donde Christian le dijo adiós a los residentes de Ámbar mientras pasaba, dio vuelta en Hidalgo, luego hacia 20 de Noviembre, para salir a Paso de los Guzmán; finalizaron en Bulevar La Venta, atrás de Liverpool.

“Esto me enamora, es mi hobbie favorito. Cabalgar es lo mío. Cabalgar es desestrés, dejas de pensar en lo negativo. Te dejo, porque me dejan mis amigos y aún nos cuelga camino de regreso”, se despide Christian y se va en El Cuaco.

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