Cultura

Tzacapu – Amúcutin – Patzcuaro

Por: José Luis de la Vega

Durante la pasada celebración del día de muertos, estuvimos en la ciudad de Pátzcuaro, en el lastimado cuan hermoso estado de Michoacán. Este paseo familiar me gustó tanto que ahora escribo una breve reseña y comparto algunas reflexiones ilustrativas de la experiencia.

Un buen día, Enrique dijo: me gustaría ir a Pátzcuaro. Aurora lo secundó: ya viene el día de muertos. Lidia terció: me gustaría. Cuando buscamos información en la red, todo estaba repleto. Mis hijos tienen un amigo en aquella ciudad, Fabián, al que apodan “Lima” y recurrimos a él para buscar alojamiento. No sólo lo logró, en un hotel modesto (Don Fer), pero, limpio, sino que ofreció a Enrique, la hospitalidad de su casa.

Pátzcuaro (Páscuaro, Tzacapu-Amúcutin-Pátzcuaro. Según la Enciclopedia de México, 1977) fue un centro ceremonial de los indios purépechas, que llegaron a las riveras del lago que lleva su nombre, probablemente, en el siglo XIII. Tribu nómada que se estableció en los bosques cercanos, al mando de Hirecátame, para dedicarse a la pesca, la caza y la recolección. Adoradores del sol, tenían como dios del poblamiento a Curicauere, “dios azul de la aguas”.

Después de múltiples interpretaciones, el nombre completo de la ciudad significaría “donde están las piedras en la entrada de la negrura”. A la llegada de los españoles, gobernaba Tzintzicha Tangáxuan II, este calzonci terminó torturado y muerto, y los conquistadores hicieron lo suyo. Durante el periodo colonial Pátzcuaro fue ciudad de españoles y nobles indígenas, gracias al fervor del licenciado Vasco de Quiroga, quien aplacó las rebeliones y, mediante el reconocimiento de los derechos de sus antiguos pobladores, dio cause a su crecimiento y desarrollo. Quiroga construyó el templo del Salvador sobre la ruinas del cúe indígena y junto a este, levantó el Colegio de San Nicolás.

Pátzcuaro fue teatro de acontecimientos relevantes de la lucha por la emancipación de nuestra patria (innumerable bibliografía acompaña mi dicho). Constan las acciones rebeldes de López Rayón y de Verdusco y Cos y los actos sanguinarios del realista Agustín de Iturbide. Destacan en esta lucha, nuestra heroína Gertrudis Bocanegra de Lazo de la Vega y el padre Manuel de la Torre Lloreda, Ambos fueron fusilados por sus actividades insurgentes. Lo mismo en las sucesivas guerras civiles que vivió México, en el camino de hacernos nación. Episodios en las que fueron protagonistas José Salgado y Juan José Collados. El general Manuel García Pueblita, paztcuarense, libro algunas de las batallas de la Guerra de los Tres Años. Durante la Revolución de 1910, la ciudad padeció varios hechos de armas y algunos de los generales que tomaron el poder, establecieron su residencia en ella: Lázaro Cárdenas del Río, Benigno Serrato y Francisco J. Mújica. La finca “Eréndira” fue cedida, por el general Cárdenas, al Centro Regional de Educación Fundamental para la América Latina (CREFAL), que funciona bajo el patrocinio de la UNESCO y del gobierno mexicano. Hoy ostenta el título de pueblo mágico.

La ciudad que conocí hace cuarenta años (en un largo viaje a Playa Azul), sin duda ha cambiado. Aunque pareciera que, en ella, el tiempo se detuvo, no dejan de notarse las trasformaciones ocurridas. Según mis fuentes, en 1822 tenía 5,129 habitantes, en 1940, 8,150, en 1970 (dos años después, la visité por vez primera), 17,299 y en el 2010, 87,794.

Más allá de que ahora está mejor comunicada y que cuenta con todos los servicios que ofrece el mundo de nuestros días, su habitantes son gente afable, platicadora y están al día (“Lima” es un buen ejemplo, joven emprendedor que brinda servicios especializados de equipos computacionales y, estoy seguro que, él y sus socios prosperarán en su incipiente empresa. También es buen ejemplo don José, el administrador del hotel y su esposa Irene, quienes nos atendieron y orientaron sobre nuestra estancia. Al despedirnos ya llevábamos el piecito de un arete ala de ángel). Es evidente el esfuerzo por la conservación de los tesoros que guarda la ciudad y por mantenerla limpia.

En tres días es imposible recorrerla toda y menos cuando regresaron los paseantes, cuya presencia económica resulta significativa para la comunidad, tanto que en algunos establecimientos, nos vimos obligados a tomar turno y a caminar despacio entre la gente, mientras recorríamos los puestos instalados en torno a la macro ofrenda, dedicada a don Vasco de Quiroga. Aún así, comimos de todo: uchepos, curundas, pozole, sopa tarasca, tacos de cabeza. Probamos unas nieves deliciosas en la plaza grande, bebimos chocolate y un par de tequilas en el Gran Hotel, mientras escuchábamos las tradicionales pirekuas, cantadas en lengua purépecha. Visitamos la Casa de los Once Patios (que fuera el convento de las Catarinas), en donde compramos unas artesanías magníficas, de las muchas que ofrecen y, desde el Estribo Grande, apreciamos el conjunto lacustre, con sus riveras más distantes y sus islas. Paisaje de belleza inigualable. También, la mañana del domingo, visitamos el mercado municipal, de un colorido fabuloso y en el que compramos nanches, queso Cotija, fruta, legumbres y un poncho de lana para Aurora.

Por supuesto que saludamos a algunos amigos y conocidos, entre ellos a los maestros Rocío Cortés y Miguel García, y a su nieto, Joaquín de la Lama García, amigos de la familia. Como lo son sus padres, Joaquín y Xitlali. A ellos no los pudimos saludar ni a Miguel, su hijo menor, que también andaban por ahí. En fin, que tiempo nos faltó (y estómago), para seguir disfrutando las delicias que la ciudad y la región ofrecen al visitante (Tzintzuntan, Quiroga, Santa Clara, Cuanajo, por citar).

El viaje de regreso no tuvo mayores incidentes que, ya en Morelia, encontrar la salida a Salamanca. Después fue conducir por la autopista, hasta nuestra ciudad y a nuestra casa, donde empezamos a disfrutar de los recuerdos y del pan de muerto que, también, nos trajimos.

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