Cultura

Un buen Foro

Por Juan José Lara Ovando

El 31 Foro Internacional de la Cineteca es uno de los dos grandes eventos cinematográficos que se presentan anualmente en nuestra ciudad, aunque en el presente año es el único, pues la Muestra Internacional de Cine no se presentó, dado que el cineteatro Rosalío Solano, en el que habitualmente se proyecta, se encontraba en remodelación. Cabe señalar que ambos eventos proceden de la Cineteca Nacional, y a la vez son sus ciclos anuales por excelencia.

En esta ocasión, el Foro 31, incluye 14 películas, de igual número de países, aunque por cuestiones de coproducción, aumentan seis países más. Las que hemos visto hasta escribir este comentario son las cinco primeras, que en orden de exhibición, son las siguientes: Lucía de Niles Atallah, de Chile; La mujer que cantaba de Denis Villeneuve, Canadá; Cuatro estaciones de Michelangelo Frammartino, Italia; Jean Gentil de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas, de República Dominicana y México, y; Una joven y bella esposa de Eitan Tzur, de Israel.

 

Las cinco películas me parecen interesantes y despiertan el apetito de ver todo el ciclo, lo cual es no sólo atractivo sino sorprendente. El punto más alto, hasta ahora, se centra en la película canadiense La mujer que cantaba, cuyo título original es Incendios y procede de una obra de teatro de Wajdi Mouawad. El filme atrapa desde la primera escena y el espectador no se puede salir de ella aun cuando ya abandonó la sala. Sus dos horas pasan volando sin dar respiro porque la historia tiene una fuerza tremenda y golpea hasta conmocionar, saca al espectador de su realidad para obligarlo a plantearse si realmente eso pudo ocurrir.

 

Es una historia en que el destino se presenta a la manera de las tragedias griegas, pero donde el fatalismo deja un resquicio de esperanza. La historia comienza en Canadá cuando fallece Nawal, y la última voluntad para sus dos hijos gemelos es que busquen a un padre que creían muerto y a un hermano del que no tenían noticia. Y que les entreguen una carta de contenido misterioso.

 

Para cumplir el encargo, Simon y Jeanne inician un viaje al Líbano siguiendo las pistas de su posible paradero, pero pronto la búsqueda se convierte en una auténtica caja de sorpresas de tintes trágicos y hallazgos insospechados hasta que conocen realmente a esa mujer de enormes silencios que era su madre. Dolor, rabia, compasión, agradecimiento y perdón son sentimientos que viven intensamente los personajes y el espectador con ellos, que dejan el corazón en un puño mientras un grito de angustia se nos escapa.

 

Las dos siguientes películas que atraen por sí solas son la dominicana y la israelí. Jean Gentil es semidocumental pues se sigue la historia de una persona casi testimonialmente, pero es una historia de ficción, que se hizo sin guión, como algunas de las películas del alemán Wim Wenders y se van rodando indicando al actor que hacer y escribiendo el guión después de filmadas las escenas, algo raro tratándose de directores mexicanos (Laura Guzmán es de origen dominicano), pero la película resulta, atrapa, a pesar de sus pocos diálogos y de un resultado trágico para el personaje.

 

Jean es un profesor haitiano que después del sismo tiene que migrar de su país buscando trabajo, sin mayor equipaje que sus documentos para poderse emplear emprende el camino hacia la vecina Dominicana, pero no encuentra nada para él. Tiene que trabajar en la construcción y termina internado en los bosques tropicales sin esperanza de vivir. Contiene impresionante fotografía de Puerto Príncipe, destruida por el sismo.

 

Una joven y bella esposa es un thriller conyugal, muy al estilo del desaparecido director francés Claude Chabrol, y el tema puede ser muy convencional pero la película no cansa en lo absoluto. El director, que es debutante, logra transmitir a la perfección los sentimientos que experimentan sus personajes, cada uno de los cuales están muy bien delineados.

 

En la ciudad de Haifa, el profesor Ilan Ben Natan es un famoso científico universitario casado con una bella mujer 30 años menor que él. Ilan llega a casa y se preocupa porque su esposa no ha llegado, sin tener idea de donde se ha metido, lo que le hace dudar de ella, pero a la vez muestra su inseguridad, que a lo largo de la cinta lo va a convertir en un tipo desagradable.

 

A pesar de que se van desencadenando eventos diversos, hasta un asesinato, éste es uno de esos thrillers conyugales donde el misterio y el suspenso no es lo que importa, sino las emociones de su protagonista, pues aunque la bella esposa es el motivo de los celos, los sentimientos de culpa y la preocupación de su marido, en realidad la historia recae en él, en tanto que ella, aunque sale a lo largo de todo el filme, no tiene el peso del relato.

 

Las menciono al final por ser diferentes, pero no por ello menos valiosas, las películas italiana y chilena. Ambas son de estilo documental, la primera propiamente lo es, la segunda tiene una historia creada pero está construida y relatada como si fuera un testimonio.

 

Cuatro estaciones se llama en realidad Las cuatro veces y es una película que invita a respirar, a escuchar el sonido de la respiración a través del viento entre los árboles o del balido que resuena de las cabras, sobre todo una pequeña que anda pérdida o, incluso de la tos del viejo pastor que las cuida en un pueblo de Calabria. El film se estructura desde planos fijos, imperceptiblemente inmóviles, con una profundidad de campo que llega hasta la nitidez de las nubes.

 

En todo esto es donde puede elegir perderse, así como encontrarse, la mirada del espectador. Contada a través de cuatro eventos: el pastor que cuida sus cabras hasta fallecer, una especie de representación religiosa como de crucificación de Jesús, la fiesta religiosa que celebran subiendo al árbol más alto, ya colocado en la plaza del pueblo y, finalmente, como terminan haciendo carbón ese árbol, distribuyéndolo en el pueblo a sus habitantes.

 

La historia es una línea que atraviesa lo que se cuenta para volverse círculo y atender al mismo título: cuatro veces, cuatro estaciones, el ciclo como manera vital natural. Es así que la película avanza en su devenir y vuelve sobre sí, allí cuando el hacha y el fuego transforman al árbol, cuando la vida vuelve a la tierra, sea tanto en el horno de carbón como en el ataúd que guarda al pastor o, quizás, desde la olla que encierra a los caracoles.

 

Lucía es de corte intimista y aunque la trama sucede en 2006, en Santiago, en los días cuando muere Augusto Pinochet (10 de diciembre 2006), noticia que revuela en la televisión y el radio, la historia no es directamente política. Lucía es una muchacha humilde, que trabaja en un taller de costura y vive con su padre, al parecer jubilado o desempleado posiblemente de izquierda, que sobrevivió a las persecuciones políticas de los 70, pero que ya no parece tener nada de luchador social e incluso se sigue resistiendo al cambio, se ha abandonado a no hacer nada e incluso se niega a usar los lentes que Lucía le regaló en Navidad.

 

Su casa se está destruyendo, por eso ella anda en busca de un departamento nuevo. En la película no parece pasar nada, como si en la vida de ellos así fuera, como si la sociedad chilena así viviera, como si eso les hubiera dejado la dictadura y sea el capítulo que tienen que cerrar con la muerte del dictador. Las cinco películas son premiadas en uno o varios festivales de cine y son del 2010.

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