Cultura

Un juglar no se llena sólo con canciones: también precisa el cariño de familiares y amigos: Yeyo

José Aurelio Olvera Montaño iba a ser abogado, pero mejor siguió el camino de la música; ese que a la fecha ha recorrido durante 48 años: nueve como alumno y los otros 39 como maestro.

En ese tiempo, en el que ha ido desde monaguillo en la Catedral hasta director fundador de la Estudiantina de la UAQ, director de la Banda de Música del Estado, maestro de música y, colateralmente, actor teatral en el grupo Cómicos de la Legua.

Comenzó su destino musical en la Escuela Diocesana de Música Sacra donde estudió desde piano hasta canto gregoriano, composición, armonía y órgano bajo la férula del padre Cirilo Conejo Roldán, “quien nos enseñaba oficios como los de carpintería, encuadernación y peluquería”, recuerda, al tiempo que lanza su característico y grave ““¡Jo!”. Siendo aún estudiante, en 1958 empezó a pisar el terreno de la docencia, cuando al irse Felipe Ramírez, becado a Alemania, le dejó algunas clases de música en el Instituto Queretano. “Más tarde me llamaron del 5 de mayo, la Normal, y luego la Estudiantina, la Banda de Música del Estado, los Cómicos de la Legua y quien sabe más”.

Ese es, a grandes rasgos, el perfil de Yeyo como músico y actor, que todo mundo conoce. La entrevista, por tanto, va más bien tras el ser humano, aunque irremediablemente su vida esté ligada a la disciplina artística que ha sido su compañera desde niño. Aún convaleciente de la intervención quirúrgica a que fue sometido, Aurelio —la amistad de por medio—nos deja entrar a su fuero interno, al hablar del amor a su familia y sus amigos, de su soltería, de su soledad, de sus decepciones amorosas y de otras cosas que le han acompañado a lo largo de casi cincuenta y ocho años de vida.

Hijo de don Alberto Olvera y doña María de la Luz Montaño de Olvera, es el quinto de diez hermanos, seis hombres y cuatro mujeres. “Sí, no hay quinto malo; fui quinto. ¿Ya ves?, no puedo ser serio”, remata.

Convenimos en que la entrevista fuera en un restaurante sin problemas de estacionamiento. Todo iba bien, hasta que de dos autobuses bajaron como estampida unos cincuenta jóvenes deportistas de varios estados, que rápidamente abarrotaron el establecimiento de Ignacio Pérez y Zaragoza. Y así, entre voces y ruidos de cubiertos, transcurrió la charla.


—El hecho de haberte enamorado de la música ¿no te quitó tiempo para enamorarte de alguien?

—Tantito eso y tantito que he sido un poco desidioso, aunque sí me he llegado a enamorar, pero a la vez nunca me sentí con la seguridad. En el aspecto sentimental he sido un poco inseguro, pues cuando estaba a punto de formalizar una relación, como que me daba temor y buscaba algún pretexto para zafarme del compromiso.

—¿Cuántas veces te flechó cupido?

—Como dos. Y alguna otra vez también me llevé alguna desilusión y también quedé un poco ciscado. Fueron como dos enamoramientos y dos desilusiones. ¡Empate! ¡Jo!

—Tienes, sin embargo, el inmenso cariño de tu familia, de tus amigos, de tus alumnos, de tus compañeros músicos; bueno, de tanta gente.

—Sí, creo que en mucho todo eso me ha compensado y por eso no me arrepiento de que mi estado sea así: el de un soltero no empedernido, pero sí de soltero que realmente se siente muy compensado con ese cariño de mi familia, de mis compañeros, de mis alumnos, de todos… en fin.

—¿Alguna insatisfacción profesional?

—Bueno para mí lo ideal hubiera sido llegar a ser un gran organista, un gran pianista. Pero, bueno, me he realizado con la estudiantina, con la banda y con el Coral Universitario.

—¿Los apoyos en tu vida?

—¡Muchos!, de mis padres, mis maestros, mis compañeros y en especial de mi hermano Luis, quien mucho ha colaborado conmigo para poder realizar una u otra actividad, pues no es posible cumplir a la vez con la Estudiantina y la Banda, por ejemplo.

—Con respecto a la Banda de Música del Estado, hemos visto que ahora la gente que acude al Jardín Zenea no sólo escucha, sino también baila. Ha habido un cambio.

—¡Ah, sí! Ha habido un cambio en los últimos años dentro de lo que era la tradición de ir los domingos al jardín y dar vueltas, los muchachos en un sentido y las muchachas en otro. Ahora la gente, en la primera parte de nuestra actuación, lo mismo escucha una obertura que un vals de Strauss; y en la segunda parte se pone a bailar lo mismo un danzón que un paso doble. Por cierto, muchos de los bailadores no son improvisados ni mucho menos.

—Muchas satisfacciones, maestro, lo mismo con la banda que con la Estudiantina, sin duda. ¿Alguna anécdota?

—¡Ah!, pues cuando actuamos para la Reina Isabel de Inglaterra, todos los muchachos de la Estudiantina comenzaron: ¡Oye!, una foto con la reina, pues cuando volvamos a tener esa oportunidad, entonces pedimos permiso al Estado Mayor Presidencial y no, pues no, que era imposible sacarnos la foto con la soberana. Y no me acuerdo quien se aventó a la mera hora y ya cuando salió la reina fueron a decirle que les permitiera una foto y ella dijo que sí, que cómo no. Todos los de la comitiva se quedaron de a seis al ver que ella accedía y no les quedó más remedio que colocarnos junto a ella y se tomó la foto. Por cierto, que como ninguno de nosotros llevaba cámara, nunca obtuvimos la famosa fotografía. Teníamos la esperanza de salir en algún periódico, pero no, pues eran tantos y tan importantes los eventos del programa, que lo nuestro se perdió.

—¿Le han tocado y cantado lo mismo a reos que a la realeza?

—Pues sí, hemos actuado ante públicos tan diferentes que ¡bueno!. Desde Adolfo López Mateos a la fecha, hemos tocado ante todos los Presidentes de México: Díaz Ordaz, Echeverria, López Portillo, De la Madrid, Salinas y el actual.

—¿Alguna experiencia amarga en tu carrera musical?

—Sin duda la partida de muchos compañeros de la Estudiantina y especialmente la muerte de Raúl Bustamante, sobre todo, porque perdió la vida en un accidente. Lo recuerdo como uno de los integrantes más entusiastas.

—Y ya que hablamos de las Estudiantinas, ¿hay política dentro del grupo?

—Como en todo. Mira, si alguno de los que llegan por primera vez es antipático, le hacen la vida de cuadritos y solito se va retirando. Hay otros que por su simpatía y don de gentes encajan perfectamente en el grupo.

—¿Hay novatadas dentro del grupo?

Pues los tradicionales bautizos, aunque yo siempre he estado en contra de eso. Por lo menos a mí me han respetado. Entre ellos se acostumbra el baño tradicional y cuando más he visto cómo al nuevo lo bajan del camión en puros calzoncillos y lo ponen a correr detrás del autobús. Pero una vez pasada la prueba, se hacen amigos. No sé de castigos más fuertes, ni quiero saberlo.

—Vamos a hablar ahora de ese proyecto de la rectoría para dar a la UAQ su propio himno. Sabemos que Hugo Gutiérrez Vega acaba de escribir la letra y tú la música. Una nueva experiencia en tu carrera musical, ¿verdad?

— Sí. Para mí, es un compromiso y un honor a la vez contribuir con esta pequeña página musical, y aunque no tenía ninguna experiencia al respecto, las peticiones del señor Rector y Hugo Gutiérrez fueron suficientes para hacerlo, pues ambos son amigos a quienes he estimado y admirado mucho.

—¿Cuánto tiempo te llevo escribir la música del himno? ‘

—Pues aproveché estos días de convalecencia para hacerlo. En ocho días terminé todo: La primera parte consta de dos estrofas y se vuelve a repetir el coro, que está escrito para cuatro voces; luego las dos estrofas están hechas para que las canten de preferencia un hombre y una mujer, y se vuelve a repetir el coro. El acompañamiento puede ser de piano y también se hizo un arreglo para metales. Esto le da un carácter muy especial que espero pueda agradar. Se trata de un himno tradicional, que va de acuerdo con el rico historial de nuestra institución.

—¿Cómo le suena a Aurelio?

—Bueno, a mí me gusto más o menos, y parece que también al Rector y a Hugo, que estuvieron presentes en la audición privada en el Teatro de la República. Ahora, según sé, se pondrá a consideración del H. Consejo Universitario, para su aprobación definitiva, Ojalá guste.

— Maestro volvamos a hablar de ti, como ser humano. ¿Cuál es tu definición?

—Pues ahora durante mi convalecencia, he tenido la oportunidad de estar conmigo por primera vez y me he sentido solo. Sé que he contado con el cariño de mi familia, pero al hacer un análisis de mi vida podría decir que simplemente he sido un bohemio, que he visto las cosas muy simples y que me faltó dar a mi vida más finalidad, ¡aterrizar!, en una palabra. En cuanto a mi trabajo, creo que he hecho las cosas con responsabilidad, pero sin mucha seriedad, con resultados positivos. Nunca he querido perjudicar, sino más bien condescender, sobrellevar, tolerar y —sobre todo— equilibrar, evitar ser autoritario. Creo que lo hice como Cantinflas. ¡Jo!

—¿Qué calificación te das como ser humano?

— Uy! Ya me conformo con seis. Porque tampoco podría decir que soy de los malos, sería pecar de modesto. Pero ya el pasar de panzazo me deja tranquilo para lo que viene.

—Maestro, las decepciones amorosas, los tropiezos sentimentales, ¿te pusieron en brazos de la música?

—No. Fueron tan rápidas, que realmente ni tuve el tiempo de digerirlas. La música y el teatro me fueron absorbiendo, aunque sigo teniendo grandes amistades, relaciones con amigos, amigas, simplemente un trato muy personal, no relaciones íntimas ni mucho menos… ¡Jo!

—¿Y la despedida? ¿Estás preparado?

—Cada vez que la estudiantina cumple años, pienso en la retirada, pero el cariño de la gente me detiene.

Ahora que estuve enfermo pensé en que se acerca el momento de que sea yo relevado, de ir delegando, pero sin dejar el grupo a la deriva, por gratitud a la Universidad y a la gente. Quiero seguir vinculado a la Universidad, al estado y a la ciudad.

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