Cultura

Una Bella Luz Interior, los fragmentos de un discurso amoroso

Nadie tiene deseos de hablar de amor, si no es por alguien

Roland Barthes

Claire Denis estrena su doceavo largometraje de ficción ‘Un beau soleil intérieur’ (2017), el cual es parte de la 63 Muestra Internacional de Cine. ‘Una Bella Luz Interior’, como se tradujo al español, es una radiografía de la fragilidad de las relaciones amorosas y un lienzo pincelado de planos estáticos que dibujan el rostro de la soledad.

Un film inspirado y reforzado con las ideas que Roland Barthes, semiólogo francés, plasma en su obra ‘Fragmentos de un discurso amoroso’ (1977). El libro es un collage de contrastes y acuerdos de diferentes teóricos, filósofos y escritores como Jacques Lacan, Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud y Johann Wolfgang von Goethe; premisas recuperadas para dar forma a un discurso poco estudiado, como menciona Barthes en su prólogo. Un discurso que todos utilizan, pero que nadie ha deconstruido, las figuras y recursos del amor.

Dentro de su filmografía destaca ‘Chocolat’ (1988), cuya temática abordan a la mujer desde su cotidianidad y su relegación de segundo lugar por estigma social. Claire Denis, economista trunca y cineasta consagrada, emerge de las filas de primeros asistentes de Jacques Rivette, Costa-Gavras, Jim Jarmusch y Wim Wenders.

El guion de ‘Una Bella Luz Interior’ fue una colaboración de la directora Denis y la novelista francesa Christine Angot. El film se presentó en el Festival de Cannes 2017 y obtuvo el premio SACD ex aequo (Quincena de los realizadores).

La participación de la premiada actriz Juliette Binoche da a la cinta un carácter de madurez que esta mujer proyecta en la pantalla. Vale la pena recordar su trabajo en ‘Trois Couleurs: Bleu’ (1993) de Krzysztof Kieślowski, en ‘La Insoportable Levedad del Ser’ (1988) de Milan Kundera, en ‘El Paciente Inglés’ (1996) de Anthony Minghella y en el último inicio de ‘Godzilla’ (2014).

Ganadora de un premio Oscar, un Cesar, el BAFTA, el premio de interpretación de Cannes y nominaciones a los Globos de Oro, los Premios Goya y los Premios de Cine Europeo.

Una película muy francesa” crítica lanzada con tono de experto por un queretano al salir del cineteatro. El cine “muy francés” —suposición— se refiere a filmes que no siguen la estructura de Hollywood, sino que sus guiones transgreden las estructuras reparadoras de “final feliz” y son más herederas de la Nouvelle Vague y el nuevo cine alemán. Un ejemplo y recomendación es ‘Paterson’ (2017) de Jim Jarmusch.

Francesa sí o sí, ‘Una Bella Luz Interior’, es un montaje de lo que Gilles Deleuze definió como “imágenes visuales y sonoras puras” un armado de planos fijos en los que la cámara es un testigo más de lo que sucede a cuadro. El ambiente provee los sonidos y es hasta el clímax cuando el tema ‘At Last’ de Etta James profundiza en las emociones de la protagonista mientras baila a su ritmo.

Isabelle (Juliette Binoche), es una pintora que atraviesa por las secuelas de un divorcio y las decepciones de la búsqueda de un amor idealizado. Un recorrido de lo sentimental, que sólo la estanca en una vida llena de deseos e insatisfacciones.

Tal pareciera que cada hombre que conoce es peor que el anterior y a la vez que cada uno de ellos posee algo que ella desea en su conjunto. Un amor ideal, la automatización del pensamiento que sacraliza la relación de los amantes eternos.

Barthes e Isabelle

Un amor creado por un discurso antiguo de la literatura. Un lenguaje hablado por muchos, pero que según Barthes “el discurso amoroso, es hoy de una extrema soledad”. Conviene ahora analizar el filme con las figuras que aparecen en la obra del semiólogo Roland Barthes.

“En la calma tierna de tus brazos”, Isabelle demuestra una gran necesidad del contacto físico que evoca la ternura, pero también se carga de erotismo. Deseo que manifiesta a un actor del cual se enamora pero que pronto aleja por “ir muy rápido”.

“El ausente” cuando Barthes escribe esta figura, la refiere como “la ausencia amorosa va sólo en un sentido y no puede suponerse sino a partir de quien se queda y no de quien parte”; en el film Isabelle fantasea con el regreso de su exesposo, la relación perfecta que tuvo, el que se ha ido y el que fue su amante ideal. Relación que no deja ir y constantemente vuelve al sexo de despedida con el padre de su hija.

“El celoso” Fabrice (Bruno Podalydès) uno de los amigos de Isabelle le recuerda constantemente lo celoso que está de los hombres que la rodean y le augura fracasos en cada relación que emprende la pintora. Dice Barthes cuando cita a Freud “cuando amo, soy muy exclusivo”.

“Cuando mi dedo por descuido” esta es una figura que Barthes denomina contacto, es uno de los elementos de interacción que más usa la directora. El dedo del banquero recorre el sostén de Isabelle, las manos del actor (Nicolas Duvauchelle) toman el mentón de Isabelle, el dedo con saliva de Francois (Laurent Grévill) esposo de Isabelle, las manos del Sylvain (Paul Blain) en la espalda de Isabelle.

“Hacer una escena” Roland Barthes describe bastante esta figura que es puesta en el film en varias ocasiones, siempre Isabelle reclama algo: no me llamaste, no me presentas a tus amigos, no me abrazas… para dar paso a un diálogo encarnizado que la enfrenta con la otra parte y que termina con la soledad que vuelve a buscarla.

Y con la misma lógica, la cinta reconstruye la mayoría de las figuras que forman el discurso amoroso y concluye en un “final francés” donde no hubo un desdoblamiento del personaje, sino que se concentra en un deseo de aferrarse a un futuro predestinado que Isabelle escucha de David, el hombre de fe que le habla de lo que viene para su vida amorosa, pero que en realidad es una promoción de sí mismo como próximo a entrampar a la protagonista en otra relación que será todo menos “amor ideal”.

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