Cultura

Una gringa muy mexicana

Por Juan José Lara Ovando

“No todos los americanos son malos”, le dice un agente de la DEA (o algo similar) al ranchero mexicano Armando Álvarez, a lo que éste responde, “no todos los mexicanos son traficantes de drogas”, en uno de los diálogos de la película norteamericana pero de tema ranchero, o sea, mexicano, Casa de mi padre.

La película divaga siempre en la ambigüedad, tal como el diálogo de arriba, que no tiene ningún sentido y no puede ser más que un lugar común, pues lo mismo podría ser: no todas las películas gringas son malas, ni todas las mexicanas son chafas, por más que las primeras sean de mero entretenimiento y las segundas de bajo presupuesto, que son los moldes que se utilizan en Casa de mi padre, donde van de la mano, por igual, los comentarios sobre las películas norteamericanas y mexicanas, y hasta las telenovelas mexicanas y el programa de televisión gabacho Saturday Night Live, porque se basan y hasta se hace homenaje (no critican en ningún momento) del melodrama y del humorismo burlón como recursos populares y casi históricos en las pantallas (chicas y grandes) mexicanas y gringas.

Casa de mi padre es una sátira de lo producido en pantallas mexicanas pero a partir del sentido de humor norteamericano, así que la podemos situar como una película gringa de tema mexicano, incluso hablada en español, lo que sorprendió en Estados Unidos, al ser un caso único e inesperado, por lo que dejó la impresión de ser un filme mexicano que intenta ganar el mercado norteamericano, por eso utiliza al comediante de ese país, Will Ferrell y la voz de la cantante Christina Aguilera en el tema. En México, se ve al revés, como un filme de allá que intenta ganar el mercado mexicano e incluso latinoamericano, es decir, la ambigüedad impera y da poco lugar a definiciones.

En gran medida esa ambigüedad procede del tono fársico de la película. La historia de la película es un juego simple y común que ya hemos visto en multitud de cintas tanto norteamericanas como mexicanas, sobre todo éstas, pues son las que se retoman. Todo el relato es un lugar común, ya sabemos lo que va a suceder: que ella se va a enamorar de él, que él se va a convertir en héroe, que el conflicto no es de ellos sino de otros (el hermano y el maleante) y que ellos (la pareja de enamorados) van a salir victoriosos. No hay necesidad de poner los nombres de ella y él, ni de los demás, el guión es genérico, se puede poner cualquier nombre y se pueden hacer los ajustes que se quiera al relato, el molde es el mismo y no se modifica el resultado, aun con esos pequeños cambios. Lo importante no radica en el guión sino en la farsa, en la forma en que está hecha, eso es lo que da sentido a esta película.

Lo que hace Casa de mi padre es burlarse provocando risa, que es el estilo Saturday Night Live, de esa forma hacen una crítica o un homenaje a un tema. En este caso se trata de un homenaje, nada más que no sabemos con exactitud si es al cine mexicano de la época de oro, a las famosas telenovelas mexicanas que dan la vuelta al mundo en los sistemas televisivos, o al cine mexicano de bajo presupuesto sobre narcos y violencia en el campo mexicano, algo que viene desde el cine de los hermanos Almada y Lola La Trailera, desde los años ochenta, hasta el de Jorge Reynoso y una serie de actores y grupos musicales norteños en este nuevo milenio. El homenaje puede ser a todos ellos, en realidad en este modelo de farsas no existen las definiciones tajantes, aunque son muy claros en lo que hacen y eso si es un homenaje al cine y las telenovelas mexicanas, a través de lo común y popular (que es tal vez lo más atractivo entre las masas de migrantes), no lo intelectual, por eso utilizan el cine de bajo presupuesto para unirlo.

La intención no es una burla, ni me parece que sea algo denigrante, es simplemente una forma de vernos y de decir que en alguna medida también los ha influido un poco (a los realizadores del filme, que en menor medida son mexicanos también) porque se ve en ese país, nos conocen por esas películas y telenovelas, y les gusten o no se están volviendo algo común, como el español que hoy es la segunda lengua hablada en ese país y ya es una ventaja que ellos produzcan una película en nuestro idioma allá, de cierta manera es como una reconquista de ese territorio que en gran parte era nuestro. Reconquista por parte de nuestra lengua, pero también por parte de nuestra cultura popular.

Casa de mi padre puede ser medio chafa o medio inteligente, por su ambigüedad se queda a medias y, depende de cómo se sienta uno al verla, puede ser también muy mala o hilarante y refrescante, pero tiene lo suyo. Como buena farsa su intención es ser humorística, se preocupa por exponer algo real y actual incluso cuando lo haga a través de películas y telenovelas, utiliza un buen reparto, la verdad es que Will Ferrell está muy bien en su papel y el resto del elenco compuesto por Diego Luna, Gael García, Pedro Armendáriz y Génesis Rodríguez (la hija de El Puma José Luis Rodríguez, que también sale cantando) cumplen y divierten y sobre todo su estilo en bajo presupuesto resulta sorpresivo pero agradable, aun cuando la escenografía es de tela, los nahuales son animales de peluche, los balazos pueden matar a algunos y a otros no, finalmente son cosas que no exasperan, lo cual ya es un logro, que en buena medida se apoya en la fotografía estupenda de Ramsey Nickell, que logra efectos visuales muy sencillos, que logran conjugarse como si fuera un elemento más de la tramoya.

El guión es de Andrew Steele y la dirección de Matt Piedmont, ambos de Saturday Night Live, y el último ya involucrado previamente en una película mexicana comentada en esta columna, Salvando al soldado Pérez (Gómez, 10), el año pasado. Una sugerencia, no vaya a verla después de un disgusto, puede ser lo peor, pero si está dispuesto a disfrutar lo que ve, puede que hasta le agrade.

 

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