Cultura

Lo más terrible, cuando enterramos a una señora que deja a sus criaturas y que le gritan ¡mamá, mamá! ¿por qué te vas?

Como la ley de pato…

La mañana del 5 de febrero está nublada, con un viento que agita las ramas de los árboles. Aquí no hay gente, sólo los blancos monumentos que guardan las almas en reposo.

Jesús Sánchez y Martin Moreno entran al panteón, cada uno lleva una carretilla que contiene arena. Ambos visten el uniforme verde que los identifica como trabajadores del panteón municipal. Martín se sienta en una jardinera del. pasillo principal y Jesús permanece de pie.

Aparentemente su actividad es cavar fosas y sepultar cuerpos, sim embargo, hay algo más en todo esto y la gente lo ignora. El trabajo que desempeñan va más allá de lo que conocemos.

Martín es originario de Bravo, Villa Corregidora, lleva tres años laborando como panteonero y tiene 40 años de edad. Es de tez morena, requemada por el sol, de complexión delgada; cubre su cabello negro con una gorra del mismo color que el uniforme, en sus ojos cafés claro se refleja el cansancio; sus Zapatos están muy gastados.

Jesús, de 54 años, es de complexión robusta; su cabello negro deja ver una que otra cana, trae puesto un sombrero de teja amarilla. Se ve dinámico y alegre, no se ve en él señal de cansancio. Tanto él como Martín entraron a trabajar aquí por necesidad y a pesar de eso les agrada su trabajo.

Amablemente, ambos comienzan a narrar lo que realmente implica una jomada de su trabajo: “Para nosotros —dice Jesús— lo que hacemos aquí es ayudar a la gente a sepultar a sus difuntos. Queremos ofrecer a las personas un buen servicio y que se lleven una buena satisfacción”.

Martín comenta, “a veces exhumamos, tenemos que entrarle a todo; aunque desgraciadamente a veces nos traen guantes que no nos quedan; se imaginan, para estar buscando los huesitos de los dedos de los pies y de las manos, y luego les sale agua (hace una aproximación con las manos como de 30 cm.), entonces para nosotros es más pesado el trabajo, pero ahora sí que ya estamos amaestrados. Tenemos que obedecer órdenes”. Jesús interrumpe a Martín, “uno se acostumbra a todo”. Cuando se les cuestiona el qué sienten al tener el cuerpo de alguien en las manos, Jesús responde: “pues ya se acostumbra uno”.

Sin embargo, con una mirada de tristeza los dos reconocen que su trabajo no es reconocido por las personas y comenta Jesús: “hay personas que a veces nos dan para un refresco y otras que ni las gracias nos dan; es como la ley del pato: hay veces que nada y hay veces que ni agua bebe”.

Muchas personas piensan que quienes trabajan en este lugar están expuestas a contraer enfermedades causadas por el frecuente contacto con los restos humanos les decimos, pero Jesús responde: “pues hasta ahorita no, y vaya que hemos sacado unos verdes y llenos de gusanos”. Estos hombres cuentan únicamente con cubrebocas para protegerse de los fétidos olores que desprenden los cuerpos en descomposición.

La charla se vuelve amena y prolongada. Durante ese tiempo sólo han entrado tres personas al panteón. Es curioso, el ambiente que se vive aquí es de absoluta tranquilidad, ausente del temor que tienen algunas personas al entrar a este tipo de lugares. Martín comenta que “Son contadas las personas que vienen a visitar diario a sus parientes. Nosotros —refiriéndose a Jesús y a él—, hemos observado a un matrimonio que viene a visitar diariamente la tumba de su hija, son de las pocas personas que realizan esta tarea; la mayoría solamente vienen el día del entierro”.

Martín se muestra pensativo cuando se les pregunta si les ha tocado sepultar a algún pariente y responde “sí, me ha tocado enterrar a un tío mío, hermano de mi papá, ese si me tocó, pero les digo que a todo se acostumbra uno, aunque se sienta”. Lamentablemente ellos y sus otros compañeros no reciben un sueldo que cubra sus necesidades y mucho menos que recompense su labor. Martín y Jesús disfrutan de la actividad que realizan. Sobre la posibilidad de cambiar de trabajo comentan: “depende del tipo de trabajo que sea y de los compañeros que se tenga, pero por lo mientras, estamos muy a gusto en este lugar”.

Otras de las actividades que realizan Martin y Jesús, junto con sus demás compañeros, es el de quitar las flores secas, levantar escombros y arreglar las jardineras; en general, mantener en buenas condiciones el panteón. Ellos como nosotros, también son humanos y sienten el dolor ajeno y más en este tipo de trabajo. Martín comenta que “cuando yo siento más es cuando enterramos a una señora que deja a sus criaturas y que le gritan “mamá, mamá, ¿por qué nos dejaste, por qué te vas?”. Ahí es donde hasta se nos salen las lágrimas, porque a lo mejor así me va a pasar cuando Dios me diga: hasta aquí”.

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