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De las risas al silencio: la tarde en que el miedo tomó La Sabanilla

Una tarde cualquiera

Comenzaron a escucharse cuetes de fiesta patronal; sin embargo, era 31 de julio, fecha en la que no hay celebraciones. Doña María preguntó: “¿de qué serán los cuetes?”, y sus respuestas solo fueron prolongados intentos por recordar. No obstante, y de manera fría, segura y sin titubeos, don Gabino cesó la intriga: “esos no son cuetes”

Aquellas cortinas verdes, ardientes y polvorientas de los comercios, se mantenían arriba previo al “viernes negro”. Mientras que los empleados hacían lo suyo, los propietarios charlaban entre sí. De lado a lado de la carretera Querétaro-Coroneo, y entre risas y carcajadas, resonaba con claridad: “Que trabajen los jodidos”. Además de comerciantes, los dueños también solían ser comediantes; y entre pedidos y cuentas, las señoras lidiaban con berrinches.

En aquella tarde, los noticieros pronosticaban lluvias, cosa que fue una esperanza para aplacar el polvo y mitigar el calor de la comunidad. Era un día bochornoso y sin gracia alguna: el aburrimiento se notaba en cada paso, en cada rodada y en cada “buenas tardes”.

¿Cuetes o balas?

Rumbo a las cinco de la tarde, algo llamó la atención de doña María, quien tenía su casa en la orilla de la carreta. Escuchó una ráfaga de leves estallidos por el campo de fútbol, pero ella no estaba preparada para ningún evento parroquial: “¿de qué serán los cuetes?”, preguntó consternada. Hubo silencio por unos segundos. Después escuchó una segunda ráfaga, un poco más cerca; y la pregunta persistía sobre la mesa del patio.

La escoba descansó al igual que las hojas secas, pero doña María no. Su corazón trataba de decir algo. Después de unos cuantos segundos, se escuchó una tercera ráfaga, aún más cerca. Ante la intriga, y de manera contundente, don Gabino advirtió: “esos no son cuetes, es una AK-47”. Los años lo habían dotado de conocimiento como para identificar la fuente de aquellos estallidos. “Tírense al suelo”, continuó el esposo de doña María.

Mientras tanto, los comerciantes y empleados asomaban su cabeza por debajo de las cortinas y por en medio de las puertas.

Los rostros del miedo

La vecina de enfrente preguntó al aire: “¿qué está pasando?”, pero la respuesta no fueron palabras, sino una imagen que jamás olvidó: una camioneta Chevrolet roja de una cabina con personas de pie encima de ella; delgadas como de un metro con sesenta y cinco centímetros de altura. Portaban pasamontañas de color negro, y apenas podían sostener, efectivamente, un «cuerno de chivo» AK-47. A lo mucho, tendrían 17 años.

Sin embargo, y de manera sutil, solo algunas personas curiosas y sin miedo aparente, se quedaron para ver el avance de la unidad. Cuando esta pasó por el frente de la Caja Popular Santiago Apóstol, los culpables de asesinar al aburrimiento gritaron al unísono y repetitivamente: “¡Que viva el Marro!”.

Tres minutos eternos

Cinco metros después, los encapuchados detonaron sus “cuernos” hacia la vulcanizadora Los chatos; pero, tanto el dueño como los empleados del lugar, ya habían corrido por la puerta de atrás. Como resultado, solo la pared de enfrente resultó dañada en medio de una nube de polvo blanco.

La camioneta roja siguió avanzando hasta la Unidad Médica de Atención Primaria a la Salud (UMAPS), la clínica. Una vez ahí, se dirigió a la entrada de la Telesecundaria 328; y en medio de una quinta y última ráfaga de detonaciones al cielo, las personas a bordo se perdían a toda velocidad a través del empedrado. Bien se sabía que esa calle también era una escapatoria hacia Apaseo el Alto, Guanajuato.

Casi media hora después, doña María y don Gabino se enterarían del saldo siniestro.

La tercera ráfaga de “cuetes” había cobrado la vida de Julio César Moreno Mejía, alias “Rino”, y de Omar Herrera Guillén, “El comanche”; mecánicos que trascendieron en su labor.

Agua bendita sobre la sangre

Dos horas más tarde, la parroquia ya tenía un evento por cubrir. El señor cura, Sergio Chuela Álvarez, enterado de lo sucedido, asistió al taller mecánico para bendecirlo, tratar de dar consuelo a las familias en cuestión y organizar el doble funeral. Entre la sangre y la tierra, llovía agua bendita, lágrimas y ojos ajenos. La Sabanilla, a medias o por completo, ya estaba al tanto por doble de la campana. Las aburridas “buenas tardes” ahora eran emotivos rosarios; y los comerciantes y empleados, junto con doña María y don Gabino, ahora eran víctimas del miedo.

En cuanto a los jóvenes encapuchados, se supo que habían sido enviados por el líder del Cártel de Santa Rosa de Lima, José Antonio Yépez Ortiz, más conocido por “El Marro”, quien fue capturado días después, el 2 de agosto de 2020.

A cinco años del “viernes negro”, aquellos tres minutos siguen siendo eternos. La pared de Los chatos aún conserva las heridas, mismas que fueron cubiertas con periódicos y cinta; y a pesar del calor intenso y las lluvias, los “curitas” no se han despegado, al igual que la memoria del taller mecánico y de La Sabanilla entera. Sin embargo, Guanajuato ya estaba acostumbrado.

Christopher Chávez Gómez

Periodista en formación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UAQ. Interesado por la Lingüística y las redes sociales. Cuando menos se lo esperó, un orgasmo de tinta corrió por él; y después de un arranque textual, bien supo cual era el punto final.

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