De poemas cuyo título es el primer verso

A Nathy Peluso (diosa), Horacio Warpola y James Dean
Alguien visitará nuestro perfil cuando hayamos muerto
Sin importar app ni navegador donde la ubicación exacta
se registrará en el historial
No velarán nuestros restos ni dejarán flores para observar la sonrisa rígida
e impostada de vendedor departamental
No leerán el nombre verdadero, inscripción en la lápida
para fotografiarse con el epitafio.
Escudriñarán la exhalación en caracteres,
con extensión a 280
Analizarán fotografías de perfil y compartidas, tomarán screenshot de la última historia,
antes de desaparecer, para convertir lo efímero en eterno
Imagen que se perderá al renovar el equipo móvil
Para explicarse la ausencia de publicaciones y estados, lejanos a la consciencia,
guiños de vida que son parte de nuestro consumo de datos, minutos frente a la pantalla
que, descansa a veces mientras dormimos
La diferencia es el sueño perdurable, sin alarma que silenciamos
con el ingenio de La Pantera Rosa, no más citas pospuestas, no más deadline extendida.
Sobrevivo de hacer lo que más amo
(y a menudo me ahogo con mi propia saliva)
presumible forma de vida,
robarle segundos a la pantalla para deletrear
o ni siquiera eso.
El resultado causa y efecto es alterado
para que de Un mundo feliz,
sin arte y mucho menos historia
nos quede la ansiedad
Aferrarnos a las patas del bisonte,
ser arrastrados mientras se desprenden
al colapsar el día.
He visto mi muerte,
ocurrirá durante una extracción de muelas,
no duermo boca al sol como víbora,
así lo imagino,
cegada por luz artificial
mis señas serán malentendidas,
conduciré en sentido opuesto
en dirección al precipicio.
Escogería un destino de playa
vista al mar —panorámica de un deceso sin tragedia—
final alterno a bronco aspirar mi sangre
¿Es posible?
Dicta una voz en mi cabeza:
“Levántate, perra, no hay tiempo”, publica rápido, muere joven,
deja un cadáver exquisito.