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Decían que con la caravana no nos podían detener: migrante de Guatemala

El índice de desarrollo humano para Guatemala muestra un deterioro de las condiciones de vida de las personas entre 2006 y 2014, principalmente en su dimensión económica: el 67 por ciento de la población guatemalteca sufre carencias que vulneran su bienestar.

Nunca había venido a una caravana y mi decisión fue porque decían que a todos no nos podían detener”, expresó Sara Ramos, inmigrante de Zacapa, Guatemala. Puntualizó que los motivos por los cuales decidió salir junto con la caravana migrante se deben principalmente a la violencia y la pobreza que existe en su país: “Soy graduada y muchos de mis amigos son graduados y no hay trabajo”, remarcó.

Sara es madre soltera; trabajaba en una planta empacadora de melón en el país centroamericano. Recuerda que trabajaba día y noche. “No miraba a mis hijos y a la vez me sentía mal porque eso era temporal y no me alcanzaba siempre”, lamentó.

De acuerdo al Informe Regional de Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe 2016, el Indice de Desarrollo Humano para Guatemala —que mide los avances en salud, educación y acceso a recursos económicos— muestra un deterioro de las condiciones de vida de las personas entre 2006 y 2014, principalmente en su dimensión económica: el 67 por ciento de la población guatemalteca sufre carencias que vulneran su bienestar. Además de que el 49.8 por ciento de los niños menores de 5 años sufren de desnutrición crónica: la tasa más alta del continente.

Por si fuera poco, la incidencia de pobreza en el país es de 90.6 por ciento; es decir que este porcentaje de personas sufre algún tipo de privación; el 62.4 por ciento vive en pobreza media; el 29.6 por ciento en pobreza extrema y el 3.6 por ciento en pobreza severa, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo de 2011.

Camino familiar

Sara Ramos explicó que los integrantes de su familia —con quienes viaja— son sus cinco hijos: tres varones de 9, 7 y 6 años; su hija de 16 años; la hija mayor y el esposo de esta, quienes traen consigo a dos bebés. Refirió que han viajado un mes desde que cruzaron la frontera de Guatemala con México hasta su paso por Querétaro, sin embargo no era la primera vez que se encontraba en territorio mexicano.

“Me vine la primera vez sola. Ya había llegado a frontera, pero me regresé por mis hijos, porque estaban en peligro de muerte (…) con ellos aquí tengo 4 meses quedándome en Tapachula [Chiapas], porque estaba arreglando mis papeles para quedarme aquí ya legalizada; pero no me salieron porque cuando vinieron los de la caravana se retrasaron más. Me dijeron que iba a ser más tiempo, entonces me desesperé porque no tenía trabajo”, lamentó.

Respecto a los problemas que ha pasado como migrante, contó: “La primera vez viajé sola, pero la verdad sólo he pasado hambre y frío. En Tierra Blanca [Guanajuato] lo que vi fue a un hombre que se murió en el tren, porque se cayó. Yo ya no quería subir el tren. Fue lo único”. No obstante, refirió que esta segunda ocasión los conflictos que ha tenido se relacionan con la discriminación y el cuidado hacia sus hijos.

“A la hora de llegar quiero un lugar en donde tengamos donde proteger a nuestros niños. Hasta ahorita nos quedamos al aire libre y es mejor porque más de uno me ha querido machucar a mis niños cuando están dormidos; y ese es siempre mi problema y no me gusta. Estamos más tranquilos cuando estamos solos”, narró Sara Ramos.

Rememoró otro episodio ocurrido al sur de México, en el cual comenzó el rumor de supuestas personas que robaban a los infantes —hecho que la hizo entrar en pánico, especialmente por la presencia de consumidores de droga— pero hizo la diferenciación: “Hay quienes no venimos molestando a nadie, venimos buscando un mejor futuro para los niños”.

Xenofobia en las calles

En cuanto al recibimiento de la sociedad mexicana, la guatemalteca señaló que también con el gobierno y la población les ha costado entenderse varias ocasiones, sobre todo porque hay varios lugares no les han dado un buen trato: “Nos decían que nos regresáramos a nuestro país. Incluso ahorita que veníamos en el D.F., cuando tomamos el metro me dice un señor: ‘váyanse para su país’. Pero también hay gente buena y bonita que nos ha ayudado, ahí en el D.F. sentimos más apoyo y más gente que nos ayudó”, recuerda agradecida.

“La primera vez nunca me preparé, desde que tuve los problemas con el papá de mis hijos. Él me amenazaba y me ponía la pistola. Pero ahorita que nos venimos les dije a mis hijas que se prepararan con ropa abrigadora, con medicinas, pero todo lo va perdiendo uno en el camino, es como si no trajéramos nada”, externó.

Finalmente, explicó que las rutas que siguen y los lugares en donde deciden detenerse son elegidos por los guías de cada grupo tiene. Sin embargo, muchas decisiones las tiene que tomar de acuerdo a las necesidades de su familia; para ello carga un mapa de trenes que la ayuda a identificar los albergues.

“Cada grupo tiene un guía. Yo como no soy de atenerme a guías, agarro otro lugar; pero no nos separamos de la caravana, porque hay gente mala. Nos adelantamos a un lugar que se llama Tapan, nos dieron un aventón, un bus, un camión grande y cuando bajamos se nos pusieron tres motos y estaban tatuados; nos dijeron que quién nos llevaba. Eran mexicanos. Preguntaron por nuestro guía; yo les dije que nadie, que veníamos charoleando (pidiendo) y solo así venimos, con nuestros niños. A veces les pregunto a los guías, porque por este camino no había caminado yo”.

Sara hizo hincapié en que antes había tomado el rumbo de Piedras Negras con dirección a Laredo. Ante el desconocimiento, siempre carga su mapa. “También en el DF estaban dando otros, pero los mapas que yo cargo son de trenes porque ahí dicen en dónde hay albergues; buscamos albergues, por los niños”.

Aunque llegar a la frontera e intentar cruzar es uno de los principales objetivos de Sara Ramos y su familia, no descarta la posibilidad de quedarse en Tijuana a trabajar: “y pues sólo quisiera dar las gracias a la gente linda que nos ha ayudado mucho. Veníamos preparados, pero a la vez no-preparados, porque uno en el camino se queda sin nada. La gente nos ha dado zapatos y abrigo” concluyó.

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