Deposición de Armas

Pensando en kai, lía, camila, iki y johan
Como las abejas, que al hundir el aguijón mueren, ella murió.
Cuando con toda su belleza y todo su amor apostó por revertir el proceso, nadie la entendió.
¿Por qué una travesti se acercaba así a ÉL, a un Asesino, un Militar, un Policía, un Líder de Estado, un Empresario, un Multimillonario, un Oligarca, un Imperialista, un Genocida, un Tirano?
¿Por qué esta travesti, que hoy se veía más hermosa que nunca, se había acercado así a ÉL, a la podredumbre hecha hombre, al racismo en persona, a la heteronorma más vil y misógina vuelta carne, al causante de la herida colonial que nos atraviesa el corazón?
¿Por qué esta travesti, que hoy todo en ella resplandecía, se acercaba con lágrimas en el rostro a Él?
¿Por qué cuándo ya todo estaba perdido, cuándo toda la tierra estaba quemada, cuándo ya no había nada que hacer, cuándo era imposible contar los cadáveres o darles sepultura, cuándo el agua ya se había secado, cuándo la propia esperanza había sido acribillada múltiples veces con ráfagas de ira, justificadas por la “libertad” y la “justicia”, por qué después de esta guerrilla en la que habíamos caminado juntxs, por qué?
Pero ella se acercó a ÉL.
Ante los ojos atónitxs de lxs ultimxs sobrevivientes, ella se acercó a ÉL.
Con lágrimas espirituales en el rostro, ella que en ese momento era toda luz, se acercó al ÉL.
Pensamos que sería para clavarle un puñal en la yugular, el mismo puñal que escondía en su cabello y con el que se había fugado, pensamos que sería para activar la bomba que seguramente había pegado con cinta de aislar a sus tetas travestis, pensamos que usaría el machete, el mismo machete que venía cargando desde un pasado ancestral y el mismo machete con el que ya había cortado cabezas. Pero no.
Ella se acercó y lo tomó de las manos.
Frente a la sorpresa de todxs, ella lo tomó de las manos y ÉL sin poner ninguna resistencia, aún en su armadura bélica y con su tamaño colosal, aún con su mirada llena de fuego, sin poner alguna resistencia y con la sutileza inexplicable de un misterio, se dejó tomar de las manos.
Al tocarse, y al rozar sus líneas de vida algo cambió. En ese toque que aparentemente no duró nada, algo determinante sucedió.
Con un amor travesti, con una luz travesti, ella se acercó a ÉL y no tuvo defensa alguna, ningún tanque, ningún misil, ninguna bala lo pudo prevenir de esto, jamás.
Este toque travesti que siente en sus manos lo está cambiando todo para siempre.
En un eco ahogado muy dentro de ÉL podía VER.
Se vio a sí mismo cuándo niño, antes de que sus padres blancos y racistas le dieran en su cumpleaños un avión militar y una docena de soldados con siluetas deformes perimetradas por rebabas de plástico verde, mismas siluetas deformes que predijeron los mutilados cuerpos de familias enteras atoradas en alambres de púas y despedazadas en explosiones orquestadas por enjambres de drones zumbantes sobre los cielos cargados de vísceras en las guerras que Él mismo ordenaría desde su oficina oval.
Este toque travesti lo cambió para siempre.
Podía sentir la voz de ella en su cuerpo, dentro tan dentro de sí mismo que no sabía que tenía tanto -dentro- de sí mismo. Esa voz le obligó a regresar al pasado porque las travestis no estamos clavadas a la temporalidad lineal occidental, y ella le hizo regresar.
Regresó antes, mucho antes de ser esta escoria, antes de disfrutar la dominación, antes de la sensación de omnipotencia que le daba el ordenar al azar desapariciones forzadas, antes de reírse de lxs migrantes en jaulas, antes de las eyaculaciones criminales que había perpetrado en el cuerpo de niñas secuestradas, antes de que se le envenenara el alma con la supremacía blanca, antes de ser normal, antes de ser heterosexual, antes de hacerse hombre, antes de ser “humano”.
Le hizo volver a mirarse, antes de haber escuchado los maullidos y ladridos descarnados de las cuerdas vocales de los gatos y perros que había torturado y matado por una apuesta en su juventud, antes de haber golpeado a su primer novia después de discutir sobre dinero y antes de haber sentido el viento en su primer Rolls-Royce, antes de haber mandado desparecer a esa marica con la que conoció la penetración anal, antes de haber aprendido a negociar, antes de haber vendido su amabilidad, antes de haber disparado a quemarropa a activistas ambientales y madres buscadoras, antes de haber terminado en el hospital recibiendo 11 puntadas en la nariz después de la golpiza que le dio su padre mientras su madre y sus hermanos miraban y escuchaban como lo insultaba y le escupía en la cara ensangrentada que goteaba sobre el piso de mármol de la cocina, antes de su cumpleaños número 11 dónde el betún del pastel era camuflaje militar, antes del bate de béisbol, antes de ser quién creía ser.
Mientras ocurría lo impensable, mientras él ya no tenía mayúsculas detrás de las cuales esconderse, mientras lloraba como recién nacido y se meaba en los pantalones de la nación, mientras no podía hablar porque el llanto no le dejaba más que emitir gemidos sin sentido, mientras su cuerpo se encogía, se quebraba, se volvía frágil, ella lo besó.
Y pudimos ver por un momento a todas y cada una de las diosas travestis, a las Abuelas Travas, a las que nos arrebataron, a las que nos asesinaron, a lxs Teotls, a las Metresas, a lxs Loas, a lxs Huacas, lxs Apus y a las deidades sin nombre, uniéndose, rodeándola entera en un abrazo impostergable y total.
Y con ese beso (que el esfuerzo de las yemas de mis dedos, inundados por mis propias lágrimas en un teclado que va a dejar de funcionar, no puede atrapar ni describir) con ese beso le hizo sentir todo el dolor, toda el hambre, toda la angustia, toda la deuda, toda la rabia, toda la desesperación, toda la inmensa tristeza que había causado y de la que era responsable él y sus antepasados, él y su árbol genealógico, él y sus semejantes.
Al separarse los labios, ella como en un suspiro, con la velocidad del movimiento imperceptible de las alas de un colibrí inmaterial, trascendió.
Bastó que una travesti lo alcanzara para que todo su imperio colapsara, para descongelar su corazón y tras ese beso no quedó nada de él.



