Días de Britpop. Crónica del regreso de Oasis

“Fuckin’ the Bushes” me agarró comprando chelas. Esa condición mexicana de no estar a tiempo en los momentos importantes por culpa de un vicio bien justificado. Dos Camden Pale Ale bien fresquitas y la voz de fondo de Murray Lerner: “We put this festival on you bastards, with a lotta love. We worked for one year for you pigs. And you wanna break our walls down, and you wanna destroy it? Well, you go to hell!”.
Es viernes 25 de julio. Nunca había estado en Londres y, a bote pronto, la ciudad mostró músculo; le dicen —y le gusta que le digan— Primermundo. Hacer la previa no era difícil: una mañana de turista bobo en Notting Hill, para después ir al barrio alternativo de la ciudad: Camden Town respiraba la fiebre Oasis. Parecía día de partido de fútbol.
Adidas vistió el regreso de la banda de Manchester y los pubs comenzaron a llenarse. Era el verano inglés: calor y humedad. Caminamos apurados rumbo al Dublin Castle, donde tocaron por primera vez varias bandas, entre ellas una de mis favoritas: Madness. Pero también estuvieron Amy Winehouse, Arctic Monkeys, Libertines y, por supuesto… Oasis.
Dos pintas, luego tres, luego cuatro y así sucesivamente. Un par de tipos bebían junto a la ventana: unos cincuenta años, panzones, tatuados, perforados, con playeras de la banda del día. Se inauguraba la primera fecha en Londres después de 16 años de ausencia de unos hermanos que se pelearon, que se decían odiar y que, de pronto, un buen día decidieron darnos la amabilidad de hacer unos conciertitos por aquí y por allá.
Según The Independent, la gira de los Gallagher —solo en el Reino Unido— le inyectó a la economía británica 940 millones de libras en gasto de los asistentes a los 17 conciertos que dieron en la región. Es un montón. Pero parece poco frente a la euforia que, a las tres de la tarde, ya se vivía en los andenes del metro más viejo del planeta. Latas y latas de cerveza viajaban a través del London Underground; gente alegremente vestida de barra brava las sostenía.
Un río de personas encervezadas bajamos en la estación Wembley Park para caminar unos metros y avistar a lo lejos el imponente arco del estadio. Qué gusto estar aquí. Le dije a mi pareja que en pocos días se cumpliría el aniversario de la medalla olímpica de fútbol que México ganó en ese recinto, y le di otro par de datos inútiles que naturalmente desechó. No importa.
Tampoco importaba que no sea el viejo Wembley, ni que en ese verano no haya fútbol en la ciudad. Llegamos lejos y caminamos junto a una multitud enardecida. Algunos ya cantaban. Levantaban los brazos como si cargaran una bufanda, en una mano una lata de cerveza y en la otra algún piluso.
Escaleras, reguiletes, escaleras eléctricas, más escaleras eléctricas, otras escaleras eléctricas, pasillos llenos de venta de cualquier cosa y, al fin, la cancha. Sonaba Richard Ashcroft, sonaba bien, pero, como la mayoría, me sabía solo una canción. Entonces aproveché el momento para ir al baño y pasar por más cervezas. La eternidad es la ansiedad convertida en filas.
Eran alrededor de las 6:30 de la tarde y Wembley lucía abarrotado. Los pasillos estaban hechos un caos y la concentración de personas en lugares clave —baños y puntos de venta de alcohol— empezaron a tensar el ambiente.
“Como me daban vergüenza mis incesantes viajes al baño entre cerveza y cerveza, se me ocurrió decir que el camino de la cerveza conduce al baño como el camino del tabaco conduce al cenicero”, escribió Galeano en La última cerveza de Caldwell. El inglés y el pan líquido: una relación simbólica de celebración y júbilo. Baños llenos, gente amotinada, Oasis por salir al escenario. La inestabilidad del Primermundo.
Sin embargo, la situación derivó en problemas mayores. En esos días, un hombre de aproximadamente 40 años cayó de una grada y murió. Por noche de concierto en Londres, la venta de cerveza dejó 2 millones de libras en ingresos, además de un récord de consumo de alcohol para el estadio y un muerto.
Dieron las siete de la tarde en punto y “we put this festival on you bastards…”, madres, entendí eso de la puntualidad inglesa y otras cosas. Alcancé a regresar a las gradas antes de que aparecieran en el escenario esos hermanos que se pelearon, que se decían odiar y que, de pronto, un buen día, decidieron darnos la amabilidad de hacer unos conciertitos por aquí y por allá.
Salieron tomados de la mano, saludaron al público que los vitoreaba intensamente; después de 16 años volvieron a tocar en Londres y se sintió la emoción de presenciar lo que quizá hayan sido días históricos. A los hermanos los acompañaron Paul “Bonehead” Arthurs en guitarra rítmica, Gem Archer también en la otra guitarra, Andy Bell en el bajo y Joey Waronker en la batería.
A modo de advertencia, Soda Stereo dijo en 2007: “Me verás volver”. Oasis fue más minimalista; arrancaron con Hello el setlist, era hasta una obviedad que no necesitaba más ornamentas el inicio. Mi primer punto de euforia fue con Acquiesce y Morning Glory; sin embargo, el Poznan de Cigarettes & Alcohol se convirtió en el soundtrack de la gira. Reels de distintas ciudades circularon en redes.
Sobre la marcha, Noel dedicó Half the World Away a quienes viajamos de otras partes del mundo a verlos en el Primermundo. Banderas de México, Argentina y Colombia se dejaron ver desde algunos puntos del estadio. Jerseys de Oasis, Boca, City; vi un americanista incluso.
Yo llevaba una adaptación de mis amigos de Original FC de Andy Capp, vestido con la playera de Gallos Blancos: se observa a Capp de perfil caminando, cerveza en mano y el año de la fundación del club de fondo. La original es una tira de prensa británica creada por el historietista Reg Smythe para el Daily Mirror allá por la década de los cincuenta.
También portaba un piluso que había comprado esa misma tarde en una tienda de Camden. Había que tener en mente cómo entonar Live Forever, quizá la letra que más me atraviesa de la banda: “Maybe I will never be, all the things that I wanna be, now is not the time to cry, now’s the time to find out why”.
El concierto cerró con sus clásicos. Lamenté que el setlist no incluyera Songbird, pero la banda sonó potente, estruendosa, Liam con una capacidad vocal destacable y la energía de una agrupación que devolvió el sonido de los noventa: guitarras mal ecualizadas y letras vibrantes. Se encendieron las luces de Wembley y la idea de estar en ese sitio me conmovió. “Mira qué historia le podré contar a mi hija», pensé.
Unos días después estuve en la ciudad de Manchester, sitio donde se formaron algunas de las bandas más interesantes de Inglaterra: Joy Division, New Order, The Stone Roses, The Smiths, Bee Gees, Inspiral Carpets, The Hollies y Oasis. La ciudad roja explica mucho del espíritu del rock inglés y su impacto global, donde la industria, la cerveza, el fútbol y la música se mezclan.
En los bares de Northern Quarter, el barrio punk de Manchester, se desarrollaron musicalmente los Gallagher. Las calles de la ciudad están cargadas de nostalgia, llenas de grafitis, con una estética propia; las tardes son frías y las horas nubladas.
Se percibe una oscuridad que acaricia a cada una de sus bandas, especialmente a la de unos hermanos que se pelearon, que se decían odiar y que, de pronto, un buen día, decidieron darnos la amabilidad de hacer unos conciertitos por aquí y por allá.



