Don Beto: El hombre que aprendió a mirar el alma de Querétaro a través de un lente

En las entrañas de la Otra Banda, donde el río cantaba entre piedras y la vida se vivía con las manos, nació en 1947 Alberto Herrera Pérez, hoy conocido como Don Beto Herrera, una leyenda viva del fotoperiodismo queretano. Hijo de un peón de vías y hermano entre diez, Don Beto creció en la calle Emilio Carranza, justo frente a la antigua pulquería “Mi Ranchito”, en un Querétaro aún sin prisas, pero lleno de historias.
Desde pequeño fue inquieto, rebelde y peleonero. No es una leyenda: dejó varias escuelas, no por falta de inteligencia, sino porque su carácter distraído y su dificultad para concentrarse en los estudios lo que lo llevaba a quedarse sin oportunidades para presentar exámenes. Cursó la primaria en la escuela “Héroe de Nacozari” y en la recién inaugurada“Constituyentes”, trepada en lo alto del cerro del Sangremal. La secundaria la hizo a saltos, entre cambios de escuela y trabajos que lo obligaron a madurar de prisa: fue mozo, luego abonero en la Mueblería Suárez de la calle Juárez, y hasta líder estudiantil en la nocturna para trabajadores, de donde también se apartó.

“Yo no nací fotógrafo. Me hice en la calle, con las manos, con la necesidad”, dice con una mezcla de orgullo y nostalgia. La vida, sin embargo, le puso enfrente a un amigo fotógrafo que le ofreció enseñarle el oficio. Fue en los años del 68, mientras surgían las primeras diapositivas y los revelados eran rituales casi alquímicos de cinco pasos.
No aprendió bien al principio, pero el destino insistió: su hermano Félix trabajaba con el maestro Sergio Pfeiffer Jiménez, en su afamado estudio de la esquina de Corregidora y Madero. Ahí comenzó a entender que mirar también podía ser un oficio, uno noble, uno necesario.
Un ojo entrenado para la emoción
Se casó en 1973 con Remedios Mejía Sanabria, con quien tuvo dos hijos: Iliana y Alberto. Y cuando Sergio Pfeiffer cerró su estudio en 1980 para buscar nuevos horizontes, recomendó a Beto con don Luis Roberto Amieva Pérez en el Diario de Querétaro. Fue el inicio de una relación que sigue hasta hoy. “Desde ese día, Diario y yo nos hicimos una sola persona. No concibo mi vida sin ese periódico”, afirma con ternura.
Con más de 43 años en Diario de Querétaro y casi medio siglo como fotógrafo, Don Beto ha retratado a la ciudad como pocos. Ha estado en marchas, tragedias, celebraciones, bautizos improvisados en plazas públicas y funerales donde el dolor se posa en los hombros. Ha sido testigo de los cambios políticos, sociales y urbanos de Querétaro.
Cuando se le pregunta por su mejor foto, no vacila: la que tomó un 1 de enero durante la Misa de la Paz en el templo de La Cruz. “El sol poniente se alineó justo con el Cristo en el altar, y su sombra se proyectó de forma majestuosa en la puerta cerrada del templo. Era como si Dios mismo quisiera hablar. No planeé nada, solo estuve en el lugar y momentocorrectos”, cuenta con brillo en los ojos.
Reconocimientos y humildad
Esa imagen ganó el concurso estatal y nacional de Kodak. A nivel mundial recibió una mención honorífica y 500 dólares. “Después de eso me hice vanidoso -dice riendo- y ya no volví a concursar” … Pero sí siguió fotografiando, día tras día, sin buscar premios, solo historias.

Don Beto no colecciona diplomas en la pared, pero sí abrazos en la calle. La gente lo saluda en Plaza de Armas como si fuera parte del paisaje, parte viva de la ciudad. “Saludo a todos, me platican cosas, me dan datos… uno termina siendo una especie de cronista callejero”, dicemientras acomoda su chaleco lleno de compartimentos, como si cada uno guardara una anécdota.
Ha recibido reconocimientos oficiales, como la Medalla Municipal a la Crónica “Fray Isidro Félix de Espinosa”, el Premio Estatal de Periodismo Querétaro en 1995, y más recientemente, el reconocimiento por sus 48 años al servicio del fotoperiodismo, entregado en abril por la presidenta del DIF estatal, Karina Castro de Domínguez. Pero si le preguntas qué valora más, te dirá que es “el privilegio de seguir caminando con cámara en mano y saludar a la gente”.
El legado del hombre que no se detuvo
Don Beto sigue saliendo a tomar fotos. Camina con sus jeans gastados, sus zapatos cómodos, su abdomen generoso, el cabello cano y la sonrisa lista, como siempre. Dice que todavía no ha tomado su mejor fotografía. “A lo mejor me la da mañana… o nunca. Pero por eso sigo”.
Habla con respeto de sus antiguos maestros, de los compañeros que ya se fueron y de los jóvenes que hoy inician. “El periodismo cambia, claro. Hoy todo es rápido, digital, inmediato. Pero lo que no cambia es la mirada. Hay que tener alma para ver lo invisible”.
Al despedirnos, vuelve a levantar su cámara y sin decir nada, toma una foto. “Para que me recuerdes como lo que soy: un tipo que quiso contar la vida, sin hablar mucho”.
Y así se va, cruzando la Plaza como quien regresa a casa, entre saludos, sombras, y con su eterno lente, ese que no solo capturó imágenes… sino el espíritu de Querétaro.



