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El afilador: Un silbido en la historia

Un oficio, una tradición nacional que aún recorre las calles con ese sonido característico que escribe la historia

Por: Juan José Patiño Martínez

La Historia con mayúscula se escribe realmente al ras del suelo, en las calles, en los mercados en las escuelas, en los hospitales y en todos los demás etcéteras. Por tanto se escribe en los trazos que las interacciones van dibujando día a día. La historia entonces no son solamente una serie de hechos gigantescos en secuencia, son también las acciones cotidianas de cualquier rincón social. El buscar el núcleo de la historia en fuentes literarias o digitales sin percibir la que uno está transitando y por tanto construyendo, es como el psicoanalista que necesita terapia y jamás lo acepta. Las personas que caminan las calles, por tanto caminan sobre la historia escribiéndola, a veces consciente, a veces no. Los hechos cotidianos son a la historia de la sociedad, como las milésimas de segundo al tiempo en la historia.

También la historia es sonido. Los grandes sonidos como los estallidos de armas, el llanto y la furia de la humanidad y de la naturaleza, pero también, el sonido de la cotidianeidad urbana. Uno puede cerrar los ojos en cualquier calle y tener una imagen mental en movimiento bastante vasta, los neumáticos motorizados, los pasos retrasados y adelantados, los murmullos de pláticas honestas y los de pláticas hipócritas; el toqueteo de las monedas que cambian de manos, las máquinas de algún taller no muy lejano, los cláxones desesperados y desesperantes, los limpiaparabrisas insistiendo, la niña de cinco años vendiendo chicles, los pájaros en los árboles, el organillero en peligro de extinción, el perro que esquiva y resiste, etcétera. Los siglos, las décadas, los meses y los días tienen sonido en la historia. Septiembre es uno de ellos y aquí, tiene sonido a México.

Una tarde de septiembre, cerca de las seis de la tarde, tomando un receso sobre la cama y con los ojos cerrados, se comienza a acercar un sonido en intervalos de 10 segundos aproximadamente, un silbido armónico y fino, más fuerte o cerca en cada intervalo, de pronto ese sonido estaba ya revoloteando en las ventanas de toda la calle y por tanto en la mía. El silbido no es sólo sonido, es un mensaje, un símbolo y una invitación.

Al salir a la calle venía una bicicleta modestamente adaptada con un aparato afilador, al pasar frente a mí, de nuevo me invadió la curiosidad infantil que afortunadamente aún conservo y hablé:

–Buenas tardes, ¿qué dice la chamba, gusta un vaso de agua don?

–Órale, ¡nos lo echamos!

Al traer el “pretexto” para la plática, lo sostuvo tranquilamente y así lo tomó, sin parpadear y de un solo trago. Mientras esto sucedía pregunté: “¿Usted es de aquí don?” Después de pasar el largo trago, respiró y contestó: “Yo vengo de Pachuca y vengo de pueblo en pueblo, pero aquí sí hay afiladores, yo voy de Pachuca, haga de cuenta voy para Guadalajara, o sea voy de paso, unos ocho días hasta Puerto Vallarta, ya doy la vuelta, regreso, me estoy allá en mi casa pus qué serán… un mes y regreso otra vez y luego otra vez la misma vuelta y así…

–¿Y la bici?

–La transporto en autobús, la echo en la cajuela y llegando a la central pues ya me muevo para las colonias en la bici. A veces también agarro carros (camiones) en las colonias, sí me es más difícil, pero son los menos, como cuando voy a Juriquilla por ejemplo, pero nomás de ida eh, luego ya me regreso en la bici, vengo trabajando y ya se me hace más tranquilo.

–¿Y cuántos años lleva en esto?

–No pues ya un buen rato, como unos treinta y tantos años, nomás saqué la primaria y me dediqué a esto –y haciendo un gesto de retrospección dijo– bueno, un tiempecito estuve en las combis de Ecatepec, pero no me gustó, como dos meses nada más. Y luego le seguí a esto, siempre esto, todo el tiempo esto, y te conozco casi todo el país eh, o sea, salgo para Tamaulipas, para Monterrey, para Veracruz, ¡para todas partes! Aunque ahora ya no es mucho, después de que me casé ya no es mucho.

–¿Por qué lo agarró?

–Pues de hecho uno de mis cuñados era afilador allá en México, precisamente saliendo de la primaria me fui a México con mi hermana unos días, trabajé unos 15 días de albañil y me dijo mi cuñado “no pus mejor enséñate a afilar”, y me enseñó, pero manejábamos con unos aparatos que eran el clásico afilador, era un aparatito que era una llantita nomás, se le daba con la pata, daba vuelta la llanta y hacía girar la piedra, con ese empezamos en México, era fijo y se iba empujando con una mano. Todavía hay algunos, yo estuve con uno de esos mucho tiempo, y con la bicicleta apenas tengo como 15 años.

Hizo un silencio, giró la cabeza hacia una esquina, en la mirada y la frente se le dibujó la nostalgia y de pronto y sin que yo dijera algo continuó.

–Conocí a uno de Puebla que viajaba mucho y como estaba yo chiquillo me le pegué, y conocí muchos lugares; Tijuana, Chihuahua, Saltillo, pus muchos lugares, muchos que todavía recorro y han cambiado mucho. Tijuana casi no me gusta por la inseguridad que hay ahorita, aunque ahorita en toda la frontera está muy cabrón para andar así trabajando. A mí me gustó mucho antes Chihuahua y Monterrey, pero igual ahorita está muy cabrón andar ahí. Y por aquí no verás, desde Pachuca, Querétaro y de aquí para Guadalajara, ya no agarro Celaya e Irapuato por lo mismo, por tanto desmadre que se ve.

–Disculpe, ¿y cómo cuánto saca al día promedio?

–Pus unos 300 pesos por lo regular, pero llega a bajar también a veces 350 ó 250 hasta ciento y feria, varía mucho, no está muy bien que digamos pero tampoco está para desesperarse, pero también cuando ando fuera si le doy todo el día, como de nueve de la mañana a siete de la noche.

–¿Cómo sabe que aquí en Querétaro hay alrededor de seis afiladores más?

–Pus porque nos conocemos y uno andando en la calle los nota, de hecho son de Toluca y se instalaron aquí, creo que viven por Satélite, y en San Juan hay como otros seis también de Toluca, que andan como yo, de pueblo en pueblo viajando.

–¿Si volviera a nacer escogería otra cosa para vivir?

–Yo creo que le agarraría por otro lado, es que para hacer algo sin primaria pues yo creo que es necesario salir, y pues casi nunca estar con la familia pus como que no, y por ejemplo en una fábrica pues les pagan bien (de obrero), ahí en Ciudad Sahagún, de donde yo soy, hay muchas fábricas nuevas y están bien pagadas, luego si la pienso en meterme en una, sí me gustaría eso, o haber estudiado más, pero ya no puedo quedarme un día sin jalar en esto, yo ya no puedo, por eso a mis hijos eso les aconsejo.

Al escuchar la palabra “consejo” me fue inevitable preguntar:

–¿Les recomendaría este oficio a sus hijos?

–Pues no, en estos tiempos ya no me gustaría, es muy batallado, ya no es negocio en ningún lado, éste es bueno para llevársela ahí más o menos, pero no para confiarle todo, creo que ningún trabajo de estos de ambulantaje es bueno, y menos para los hijos. Sí es bonito, porque conoce uno muchas partes y más chavo peor, anda uno en todas partes y libre y a todo dar.

Continuó diciendo:

–Todos mis hermanos son afiladores, son cinco, y algunos de mis sobrinos se dedicaron igual que yo a la afilada de morrillos, sólo dos de uno de mis hermanos, los otros sobrinos todos trabajan en la fábrica, es que le digo que está mejor.

–¿Por qué dice que está mejor?

–En la fábrica entrando ganan 900 pesos, pero ya con tiempo, como mi sobrino, unos mil 300, aparte seguro y bonos y tiempos extras, y creo que son nada más ocho horas, por eso yo creo que está mucho mejor ¿no?

El silbido del afilador es un mensaje histórico que habla por las tradiciones mexicanas, un mensaje de identidad, un mensaje de reclamo a la democracia y al individualismo por competencia, es también un reclamo a la historia. Es patrimonio de la nación. Pero es también invitación, a recuperar la identidad y el control de nuestra historia.

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