El algoritmo también es patriarcal: mujeres disputan la cultura digital

“La cultura digital no es un espacio neutral: reproduce desigualdades, pero también abre grietas para la resistencia”. Esa fue una de las principales reflexiones durante la presentación del libro “Mujeres, comunicación y cultura digital”, realizada el 12 de marzo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Querétaro.
Coordinado por Janett Juvera Ávalos y Betsabee Fortanell Trejo, el libro reúne 15 capítulos que abordan, desde una perspectiva crítica, cómo las mujeres habitan, enfrentan y transforman los entornos digitales. En la presentación también participó Alejandra Martínez Galán, responsable de Enclave de Género, quien destacó la importancia de generar espacios institucionales que articulen la investigación académica con la incidencia social en materia de igualdad y cultura digital. Asimismo, se contó con la participación de las comentaristas Luna Rodríguez Castillo, Venus Reyes Benítez, Jennifer Sánchez Canela y Teresa Valdés Hernández, quienes ofrecieron lecturas críticas de la obra.

“Esta obra es resultado de un proceso de resistencia”, afirmó Fortanell Trejo, quien subrayó que durante años la investigación en cultura digital con enfoque de género fue invisibilizada dentro de la academia. Hoy, dijo, el libro busca denunciar esas omisiones y abrir nuevas líneas de investigación.
A pocos días de su publicación, la obra ya suma cerca de mil 983 descargas, lo que refleja el interés social por comprender un fenómeno que atraviesa la vida cotidiana: la relación entre tecnología, poder y género.
Algoritmos que reproducen desigualdades de género
Las especialistas coincidieron en que internet no escapa a las estructuras sociales existentes. Por el contrario, las reproduce e incluso las potencia. “La cultura digital es patriarcal; el algoritmo la favorece”, señaló Fortanell Trejo en entrevista. Explicó que en plataformas digitales se replican estereotipos de género, la objetivación del cuerpo femenino y discursos hegemónicos que privilegian ciertas identidades.
En el mismo sentido, la investigadora Luz Helena Vázquez Bravo autora del “Capítulo II: ¡Y se llama Mar!: iconoclasia en el ciberespacio” apuntó que lo digital funciona como una especie de lupa social: “Si hay violencia en la sociedad, lo que hace la cultura digital es ponerle zoom y potencializarla”.
Desde esta perspectiva, las violencias no nacen en internet, pero sí encuentran en él un espacio de amplificación, anonimato y reproducción constante.
Janett Juvera Ávalos por su parte, agregó que esta dinámica se vuelve más compleja cuando no existe alfabetización digital. “El internet no es neutral”, advirtió, al señalar que los sesgos de género, capacitistas y heteropatriarcales también están presentes en los resultados que arrojan las plataformas.
Apropiación feminista de la tecnología
A pesar de este contexto, las tres investigadoras coincidieron en que las mujeres han encontrado formas de apropiarse de la tecnología.
“Hemos podido tejer redes, resignificar y apropiarnos de la tecnología”, explicó Fortanell, al destacar que espacios como Instagram han pasado de ser vitrinas estéticas a herramientas de denuncia, organización y visibilización.

Para Juvera Ávalos, estos entornos también han permitido generar comunidades de apoyo frente a problemáticas como la violencia digital o los trastornos de la conducta alimentaria. “Acompañarse también es un acto político y de ternura”, afirmó.
Por su parte, Vázquez Bravo destacó que existen discursos alternativos que, aunque no siempre cuentan con el respaldo del algoritmo, sí logran incidir en nuevas formas de representación. En su investigación sobre iconoclasia digital, analizó cómo creadoras de contenido rompen simbólicamente con los estereotipos tradicionales de lo femenino. “Los usuarios podemos apropiarnos de la tecnología que produce el poder para nuestros propios fines”, explicó.
Lecturas críticas desde la academia feminista
Durante la presentación, las comentaristas -en su mayoría estudiantes e investigadoras en formación- ofrecieron lecturas críticas a partir de capítulos específicos del libro, lo que permitió aterrizar las reflexiones en problemáticas concretas de la cultura digital.
Luna Rodríguez Castillo analizó el Capítulo V: “Colectivos feministas entre la universidad y el ciberespacio: tejiendo comunidad y una politicidad en clave femenina” de la autora Mariana De Pablos Vélez López, donde destacó el papel de las jóvenes estudiantes como actoras políticas dentro y fuera de la universidad. Subrayó que estos espacios académicos no solo son lugares de formación, sino también de protesta, reflexión y construcción de identidad feminista.
Teresa Valdés Hernández centró su análisis en el Capítulo VIII: “Emprendimientos en postpandemia: una ventana de oportunidad para disminuir la brecha digital en México” de Juana Isabel Vero López, donde destacó que estos proyectos surgen como respuestas frente a la precariedad laboral. Subrayó que, más allá de lo económico, los emprendimientos digitales permiten a las mujeres construir redes, identidad y comunidad en entornos marcados por la desigualdad.
Por su parte, Jennifer Sánchez Canela abordó el Capítulo XIII: “Mujeres en la ciencia tejiendo redes solidarias en entornos digitales: desafíos y experiencias” de Claudia Cintya Peña Estrada, en el que identificó uno de los principales obstáculos para las investigadoras: la falta de tiempo derivada de las cargas de cuidado. No obstante, resaltó el papel de las redes digitales como espacios de acompañamiento y colaboración entre mujeres.
A estas reflexiones se sumó Venus, quien analizó el Capítulo X: “Gracias a ti estoy viva: TCA en mujeres adolescentes desde un espacio digital de resistencia” de las autoras Ana Sofía Apodaca-Cabrera y coautora Janett Juvera Avalos, destacando su enfoque feminista e interseccional para abordar los trastornos de la conducta alimentaria. Señaló que el capítulo propone entender estos procesos no solo desde lo médico, sino como fenómenos sociales atravesados por la cultura digital, donde los estereotipos de belleza y las dinámicas de las redes influyen en la autopercepción de las adolescentes.
Finalmente, la autora Luz Helena Vázquez Bravo profundizó en el Capítulo II: “¡Y se llama Mar!: iconoclasia en el ciberespacio” coautora Alina Mendoza Cantú, donde analizó cómo algunas creadoras digitales rompen simbólicamente con los estereotipos tradicionales de género, generando nuevas formas de representación y cuestionamiento dentro del entorno digital.
Estas intervenciones evidenciaron que “Mujeres, comunicación y cultura digital” no solo propone marcos teóricos, sino que también reúne investigaciones situadas que dialogan con la realidad contemporánea. En ese sentido, la obra se presenta como una invitación abierta a profundizar en estas problemáticas y a cuestionar el papel de la tecnología en la reproducción -o transformación- de las desigualdades de género.
Uno de los puntos clave fue la persistencia de desigualdades en el acceso y uso de la tecnología. Aunque más del 80 por ciento de la población en México tiene acceso a internet, las condiciones no son las mismas para todas las personas. Factores como género, clase social y educación siguen marcando diferencias.
Brechas digitales y el reto de transformar la academia
“Las mujeres participamos menos en áreas como programación o desarrollo tecnológico, y eso influye en cómo se construyen los algoritmos”, advirtió Fortanell.

Vázquez Bravo recordó que incluso en espacios como YouTube existe una brecha de género, donde las mujeres son más cautelosas ante la exposición pública debido a la violencia que pueden enfrentar.
Más allá del diagnóstico, las coordinadoras e investigadoras del libro hicieron un llamado a transformar la investigación y la enseñanza.
“El libro es también una denuncia a la academia que no da espacio a estas discusiones”, señaló Fortanell, al insistir en la necesidad de incorporar la perspectiva de género de manera transversal en los programas educativos.
El proyecto, además, buscó abrir espacio a nuevas voces, integrando a estudiantes e investigadoras en formación en un ejercicio colectivo de producción de conocimiento. “Queremos construir una academia distinta, donde las mujeres nos acompañemos y generemos espacios seguros”, afirmó Juvera Ávalos.
Lejos de ser un entorno neutral, la cultura digital se configura como un terreno en disputa donde conviven control, desigualdad y resistencia.
Entre algoritmos que reproducen privilegios y comunidades que buscan transformarlos, las mujeres no solo participan en el entorno digital: lo cuestionan, lo reconfiguran y lo convierten en un espacio de lucha.



