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“El cine mexicano es una joya”: una tarde de nostalgia en la Antigua Estación de Ferrocarril.

Hubo una época en la que las historias de amor se escribían en cartas con palabras cuidadosamente escogidas; las canciones servían para decir aquello que no se podía pronunciar… Era también la época del Cine de Oro Mexicano, cuando nombres como Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix, Cantinflas, Dolores del Río, entre otros, se convirtieron en rostros que trascendieron la pantalla y formaron parte de la memoria de varias generaciones.

Setenta años después, algunas de aquellas historias todavía encuentran un lugar donde volver a ser contadas.

El domingo 6 de septiembre, la antigua estación del ferrocarril de Querétaro abrió nuevamente sus puertas al cine mexicano con la primera función de “Nostalgia Mexicana”, un ciclo de proyecciones que se realizará durante los domingos del mes de septiembre. La película elegida para comenzar el recorrido fue A toda máquina, estrenada el 13 de septiembre de 1951 por Ismael Rodríguez y protagonizada por Pedro Infante y Luis Aguilar.

A las 12:00 del mediodía comenzó la función. Afuera de la sala ya había una pequeña fila: alrededor de 15 personas esperaban con ansia para entrar. Había niños, jóvenes y adultos; familias completas que llegaban con la expectativa de pasar un domingo diferente.

Al cruzar la puerta de aquella antigua estación, el tiempo parecía comenzar a retroceder. El olor de la madera vieja impregnaba el aire de la sala. El espacio conservaba ese ambiente antiguo que parecía hacer juego con la película que estaba a punto de proyectarse. A la entrada, unas palomitas fueron el acompañamiento perfecto para quienes iban solos…

Entonces las luces se apagaron.

El sonido del tren marcó el inicio de un viaje hacia el otro México.

Y apareció Pedro Infante.

Al principio fueron algunas risas tímidas. Después, carcajadas que se extendían entre las butacas. A medida que avanzaba la película, de vez en cuando se escuchaban susurros de quienes ya conocían los diálogos y se adelantaban a algunas escenas. Para quienes habían visto la película antes, cada momento parecía despertar un recuerdo.

Para mí, en cambio, era la primera vez.

Y quizá por eso hubo escenas que me sorprendieron de una manera distinta.

Entre todas, hubo una frase que se quedó conmigo. Pedro Chávez, el personaje interpretado por Pedro Infante, le dice a Anita, interpretada por Alma Delia Fuentes:

“A su edad, chamaca, el corazón es como una esponjita; basta con apretarlo un poquito para que se le salga todo”.

La frase pudo haber pasado desapercibida como una línea más de la película. Sin embargo, para mí significó algo diferente.

Por un instante dejé de estar sentada en aquella sala y recordé a mi papá. Recordé una de esas pláticas que tuve con él cuando era niña, cuando hablábamos de crecer y de esa etapa en la que uno comienza a descubrir sus gustos, sus intereses, sus sueños y hasta la manera en que entiende el amor. De niña, todo me parecía más sencillo. Podías querer algo con toda la intensidad y, tiempo después, descubrir que querías otra cosa… Podías cambiar de sueño, de intereses, de rumbo. Esa libertad de poder hacerlo parecía natural.

Ahora entiendo que crecer también implica aprender a soltar algunas cosas y que, a veces, no es tan fácil apretar esa esponjita para dejar salir todo aquello que llevamos dentro.

Y, de pronto, una película que no había visto antes me había llevado de regreso a una conversación que sí conocía.

Me resultó curioso cómo una frase dicha hace décadas por un personaje podía tocar un recuerdo de mi infancia y, al mismo tiempo, hacerme pensar en aquello que se transmite de una generación a otra: una conversación de un padre a su hija, una película de una época a otra, una canción de unos espectadores a otros.

La película continuó y la sala parecía acompañarla.

El olor de las palomitas se mezclaba con el de la madera vieja; las risas aparecían de una butaca a otra y, por momentos, algunas voces acompañaban las canciones. En medio de todo aquello, el sonido del tren aparecía como un fondo que parecía completar la escena.

Todo coincidía. Durante poco más de hora y media, aquella sala de la antigua estación dejó de sentirse como un espacio del presente.

Una época en la que los hombres conquistaban con cartas, serenatas y detalles; en la que las palabras tenían un peso distinto y el romance se construía lentamente. Las mujeres aparecían impecablemente arregladas y las relaciones estaban atravesadas por códigos de cortesía y formas de cortejo que hoy parecen pertenecer a otro tiempo.

No todo aquello puede ni debe idealizarse. Entiendo que la sociedad de entonces tenía también sus propias desigualdades y limitaciones. Pero me resulta inevitable preguntarme qué tanto de aquellas formas de relacionarse hemos dejado atrás y qué tanto todavía permanece entre nosotros.

En medio de esa reflexión existencial llegó una de las canciones más reconocibles de la película: “Parece que va a llover”.

Algunos espectadores comenzaron a cantar. Otros lo hicieron apenas en voz baja, como si la canción perteneciera a un recuerdo demasiado personal para compartirlo por completo. Por unos minutos, las voces del público se mezclaron con las de la pantalla.

Después llegaron otras canciones conocidas como “Yo no fui” y “Enamorada”.

Pero hubo una que particularmente me sorprendió: “Bésame mucho”. No había escuchado a cantar a Pedro Infante, ni mucho menos en inglés, y escucharla en aquella sala, rodeada de personas que parecían reconocer cada nota.

La función llegó a su final…

Las últimas imágenes desaparecieron de la pantalla y, por un instante, la sala quedó en silencio. Después, como si todos hubiéramos regresado de aquel viaje al mismo tiempo, comenzaron los aplausos.

No eran solamente aplausos para una película antigua.

Eran, quizá, para Pedro Infante; para las canciones; para los recuerdos de quienes la habían visto antes; para quienes la descubrimos por primera vez y, de alguna manera, encontramos algo nuestro dentro de una historia que comenzó hace más de siete décadas.

Pero la nostalgia no terminó cuando se encendieron las luces.

Al salir de la sala, tres espectadores me contaron lo que aquella película había significado para ellos.

Cecilia había crecido viendo las películas de Pedro Infante junto con sus padres, quienes eran admiradores del actor. Para ella, regresar a una de estas historias significó reencontrarse con una parte de su infancia, pero también descubrir que verla acompañada de otras personas era diferente a verla en casa.

Manuel Villarreal compartió un recuerdo parecido. Para él, la película lo llevó de regreso a las reuniones familiares y a los momentos que compartía con sus padres. Pero esta vez había algo nuevo, nunca había visto una de aquellas películas proyectada en una pantalla.

También le llamó la atención ver a personas de distintas generaciones reaccionando ante la película: reían, aplaudían y seguían la historia junto con quienes sí crecieron con ella.

Y estaba Marta Beatriz Salazar.

Para ella, el cine mexicano es mucho más que entretenimiento. Es parte de su infancia, de la educación que recibió y de una forma de entender la convivencia familiar que, desde su perspectiva, ha cambiado con el tiempo.

Recordó las comidas en familia, escuchar a los abuelos y a los padres y el respeto que existía hacia las generaciones mayores.

También recordó una anécdota de su infancia: durante una comida encontró un gusano en la ensalada y quiso advertirle a su padre. Él le pidió que se fuera a su cuarto por hablar durante la comida. Marta reconoce que fue un momento fuerte y que incluso terminó sin comer, pero con los años lo convirtió en uno de esos recuerdos que le enseñaron la importancia que tenía, en su familia, respetar a los padres.

Hoy observa que muchas de esas costumbres han cambiado.

Mira a los niños con sus celulares, a las familias que ya no siempre comparten la mesa de la misma manera, y siente que algunas de aquellas formas de convivencia se han ido perdiendo. Por eso, para ella, que vuelvan a proyectarse películas mexicanas de aquella época tiene un significado especial.

“Yo creo que el cine mexicano siempre se tiene que recordar con mucho cariño”, dijo. Y cuando la película terminó y escuchó los aplausos del público, se sorprendió.

“Estas películas son una joya”, comentó.

Cecilia, Manuel y Marta Beatriz llegaron a la función desde lugares distintos, con edades y recuerdos diferentes, pero salieron de la misma sala con algo en común: una película había conseguido llevarlos, aunque fuera por un momento, hacia otro tiempo.

Afuera, el domingo continuaba como cualquier otro… Otra vez a la realidad.

Pero durante unas horas, dentro de aquella antigua estación ferroviaria, el tiempo para mí pareció detenerse.

El ciclo “Nostalgia Mexicana” apenas comienza. Durante los domingos de septiembre, otras películas volverán a encender el proyector y, con él, una parte de la memoria del cine mexicano. Se trata de descubrir que, algunas veces, el pasado también puede mirarnos de regreso.

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