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El derecho de vivir en paz

Por: Rafael Vázquez Díaz

Hace ya cinco décadas Estados Unidos atacaba con todo su poderío militar a un pequeño país con luchas internas, pobre y mal gobernado por un grupo que buscaba unificarlo bajo un régimen comunista. Corrían los años sesenta y el hervidero mundial desatado en el 68 inició protestas que terminaron con cruentas represiones; la oposición al franquismo español, el “Mayo francés”, la “Primavera de Praga”, el “Cordobazo argentino”, el movimiento estudiantil mexicano y las protestas contra la guerra de Vietnam auguraban grandes cambios.

Gobiernos que con mano de hierro cerraban sus dedos institucionales contra los ciudadanos, el salvajismo con el que se persuadía a la población a mantenerse sometida a las grandes resoluciones que se tomaban como consenso internacional para detener el avance comunista.

Víctor Jara —cantante y compositor chileno que en 1973 sería asesinado en Chile tras el golpe de Estado contra el entonces presidente Salvador Guillermo Allende— publicó un álbum llamado “El derecho de vivir en paz”. La canción que le da el título al disco relata la historia de la humanidad, la destrucción del cañón que destruye el surco del trabajador que vive con una sola demanda: poder vivir en paz.

Desde la humilde Palestina, la avanzada tecnología del trabajador oprimido en China, los millones de desempleados en España, el pueblo musulmán y nuestros indígenas en México —estos dos últimos perseguidos por su derecho a vivir bajo sus creencias y tradiciones— y los millones de trabajadores explotados, así como los estudiantes criminalizados tienen una sola voz: el derecho de vivir en paz.

Los cientos de miles de personas que se manifestaron el miércoles 8 de octubre no se unieron por su derecho a un trabajo digno, a una educación de calidad, sus exigencias no fueron orientadas a pedir una vida más decorosa, el respeto a sus territorios ancestrales, el cuidado del ecosistema, el fin de la especulación financiera de los grandes entes corporativos; el sistema se ha convertido en un depredador tan brutal que la exigencia fue sólo una: el derecho a vivir en paz.

¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos! fue la consigna que hizo eco en el planeta. No discutimos todos los otros derechos consagrados en nuestra Carta Magna, no se pidió el cumplimiento de aquellos derechos humanos internacionales que para los mexicanos son sólo una lista de buenos deseos, se pidió el respeto a una vida; a poder abrazar a un hijo, a besar de nuevo al padre, a una cena en familia mientras el mundo afuera se derrumba, tan sólo eso.

Aquí marchamos miles, primero en silencio y con la rabia contenida, pero nuestros pasos fueron sembrando voz cada vez que el colectivo gritó “¡Vivos se los llevaron!…” y regresaron apocalípticas las voces que hicieron eco del pasado que trajeron el espíritu de los jóvenes masacrados en Tlatelolco, Aguas Blancas, Atenco, pero también a los asesinados en las aldeas miserables de Vietnam, a los que perecieron en Medio Oriente bajo el bombardeo miserable, a los ultimados en los campos de concentración alemanes, a los perseguidos en la Sierra Maestra en Cuba, a los desaparecidos en los temibles Ford Falcon verdes en las calles de Buenos Aires, a los rafagueados en la favela de Río de Janeiro, a los perseguidos en los campos áridos de Estados Unidos bajo el escrutinio de la policía que guarda la frontera. El asesinato del hombre por el hombre fue el motivo de la marcha, más agravada aún: perpetuada por los Estados que son los sujetos sociales, cuya razón de existencia es la preservación de sus hijos.

“¡Vivos los queremos!…” rezaba amenazante la segunda parte de la consigna y en su composición amenazaba con el resurgimiento de los incómodos, de los exigentes, de los eternos dueños de las calles, de los destinos de los pueblos, de los que han soportado hambres, maltratos, olvidos, de los que siempre van a estar aquí a pesar de que sus cuerpos sean botados en fosas clandestinas, en hornos crematorios, en la inmensidad del océano, en sótanos húmedos de comandancias policiales… por el hecho mismo de que la dignidad le es inherente a la raza humana.

El derecho al amor, a la felicidad de todos los hombres fue la exigencia del miércoles por los desaparecidos de Ayotzinapa, por eso logró conmover y consternar a millones de corazones. Queremos justicia, queremos castigo, queremos que ya no haya hambre, queremos más seguridad, pero ante todo, exigimos nuestro derecho a vivir felices en paz.

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