El Día de la Candelaria: entre la fe, la tradición y la vida cotidiana en Querétaro

“Las tradiciones siguen teniendo fuerza porque conectan con un momento de la vida en el que uno se sentía protegido” –así lo explica el Padre Javier Arturo González Valdés, párroco de Santa Rita de Casia en el Estado de México, al hablar del significado que aún conserva el Día de la Candelaria en la actualidad.
Para la Iglesia, esta celebración representa el cierre definitivo del ciclo navideño, un tiempo que inicia con el Adviento, atraviesa la Navidad y concluye el 2 de febrero, preparando a los fieles para la llegada de la Cuaresma.
Aunque litúrgicamente el calendario marca ya el tiempo ordinario, el sacerdote señala que la Candelaria mantiene un peso simbólico importante dentro de la tradición cristiana. Sin embargo, reconoce que su vivencia cambia según el contexto social. En zonas populares, recuerda, la afluencia de fieles suele ser masiva, incluso mayor que en Navidad, convirtiéndose en una celebración comunitaria que se extiende más allá del templo. En contraste, en zonas residenciales la festividad se vive de forma más discreta.
Desde su experiencia pastoral, el Padre Javier observa que muchas personas continúan celebrando la Candelaria desde la costumbre más que desde la fe, un fenómeno que atribuye a un proceso de secularización que ha avanzado durante las últimas décadas. “Partes la rosca, sale el Niño Dios y te toca poner los tamales”, explica, refiriéndose a cómo la tradición se traslada hoy a escuelas y espacios de trabajo, en ocasiones desvinculada de la práctica religiosa.
Esta transformación se vuelve más evidente entre las nuevas generaciones. El sacerdote percibe indiferencia y una cierta decepción espiritual en los jóvenes, aunque aclara que no se trata de falta de interés, sino de una búsqueda de sentido más profunda. Para él, las tradiciones siguen convocando porque ofrecen identidad y seguridad, al conectar con recuerdos de la infancia y con momentos en los que la vida parecía más protegida.
Mientras dentro del templo se reflexiona sobre el sentido espiritual de la festividad, afuera la tradición toma forma entre ollas, vapor y largas jornadas de trabajo.
Mientras tanto en un puesto en frente el Templo de Santa Cruz en nuestra hermosa ciudad de Querétaro, Alicia Lozano Jiménez se prepara para una de las fechas más importantes del año. Desde hace casi 30 años, su familia vende tamales principalmente cada 2 de febrero, una actividad que inició con su abuela, continuó con su madre y hoy se mantiene en la tercera generación. Para ella, la Candelaria ocurre en un tiempo muy concreto “Es el 2 de febrero, máximo el 3”, señala. La jornada comienza temprano. Entre las ocho y nueve de la mañana, Alicia y su familia ya están listos para atender a los clientes, con una producción estimada de 300 a 500 tamales. Reconoce que muchas personas hoy los preparan en casa, pero considera importante que se valore el trabajo que implica su elaboración. “No es que uno los quiera dar más caros, es que cuesta trabajo”, explica.
Desde su experiencia, la mayoría de los clientes compra por costumbre, aunque eso no excluye la fe. Alicia distingue claramente que la práctica religiosa se vive principalmente en la misa, mientras que la comida acompaña la tradición. Aun así, en su puesto hay espacio para la conversación algunos clientes hablan de devoción, de creencias y de la importancia de mantener viva la fe. “Sin fe no tenemos nada”, afirma, convencida de que esta sigue siendo la base de la celebración. Al final del día, más allá del cansancio, queda la satisfacción de que la gente siga reuniéndose, aunque sea por unos minutos, alrededor de una tradición compartida.
Esa misma continuidad se refleja en la experiencia de Pedro Martínez y Raquel Velázquez, una pareja que vive el Día de la Candelaria como una reunión familiar. Para ellos, la celebración inicia con la rosca de Reyes y continúa el 2 de febrero con los tamales. Al recordar su infancia, ambos coinciden en que la tradición no ha cambiado: la convivencia, el chocolate caliente y la espera del muñequito siguen siendo parte del ritual. Aunque este año no llevarán al Niño Dios a bendecir, reconocen que esa práctica formó parte importante de su historia familiar.
Así, el Día de la Candelaria se manifiesta en distintos niveles en la reflexión de la Iglesia, en el trabajo de quienes sostienen la tradición desde la calle y en la memoria familiar que se transmite de generación en generación. Una celebración que, entre la fe, la costumbre y la convivencia, sigue encontrando su lugar en la vida cotidiana de la ciudad.