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El día que Peña trajo el calor de la primavera

Por Víctor Pernalete

La tarde es calurosa, de primavera. Esa primavera que algunos dicen, está empezando en México. Con el sol en su apogeo, normal decantarse por esas bebidas socorridas cuando están frías. Algunos jóvenes que apoyan a Enrique Peña Nieto –lo dicen sus camisetas– calientan motores para recibir a su candidato bebiendo algunas cervezas.


Ningún delito, a no ser que se aclare que lo hacen en plena vía pública. Un improperio menor, pero es el comienzo de una jornada llena de eventos.

Mientras las estructuras del Partido Revolucionario Institucional (PRI) fluyen lentamente hacia adentro del estadio municipal, algunos detractores del tricolor deambulan los alrededores esperando cohesionarse.

De repente y sin previo aviso, algunos manifestantes cruzan Constituyentes desde la Alameda; pocas decenas de personas armadas de carteles y pancartas empiezan a exigir entrar al estadio. La puerta ya está cerrada.

Con una inteligencia grupal envidiable, como si se tratara de una colmena, los manifestantes se mueven presurosos hacia la puerta sur. Más grande y con mejor acceso, es el lugar perfecto para exigir su entrada.

Ya allí, y volteando hacia atrás, las pocas decenas se convierten en un par de cientos. Separados algunos metros de la puerta por vallas, exigen que les permitan el paso.

Un par de atrevidos saltan los bloqueos, y con la pena disipada, el grupo se dispone a llegar a la puerta.

Ya en la puerta, los encargados de la seguridad han dispuesto maderos en la parte de adentro, como forma de aguantar una posible embestida a la puerta.

Dicha acción no pasó de ser un pequeño coqueteo de algunos manifestantes que fueron calmados por los demás presentes.

Ya con Peña Nieto en el recinto, los detractores del priista hicieron gala de organización al disponer una pirámide humana para que algunos pudieran subir la pared y mostrar pancartas hacia adentro.

“Atenco no se olvida”, rezaba una de ellas, al tiempo que Luis Videgaray subía al templete y avisaba a Peña de lo sucedido, mientras una estudiante de la UAQ era increpada por simpatizantes priistas, al manifestarse ella en contra tras haber logrado sortear la barda.

Los manifestantes exigen la “muerte de la teledictadura”

Un par de vueltas al estadio municipal buscando algún pequeño hueco para entrar fueron infructuosas; ni la voz de “somos queretanos, queremos entrar” lo hacen posible.

Pero cuando la vista es tornada hacia atrás, el par de cientos se multiplican hasta rozar el millar. Manifestantes sobre el puente peatonal, exigiendo la “muerte de la teledictadura” se unen al festín.

Peña Nieto, por lo pronto, ha terminado. Para evitar que los grupos se confronten, los organizadores no abren las puertas.

Algunas personas salen por goteo, el intercambio de palabras entre simpatizantes e inconformes se hace presente, pero no pasa a mayores términos.

Mientras las puertas se abren y los simpatizantes salen, una camioneta negra con vidrios polarizados transita lentamente en avenida Constituyentes. El millar de jóvenes se mantiene en calma hasta que se percatan de la Suburban.

Inmediatamente, el grupo se convierte en turba y corren presurosos, sin miedo a interponerse en el trayecto de los vehículos, pero con un firme objetivo: increpar a Enrique Peña Nieto.

Lo que no saben es que él ya salió en convoy y en la camioneta, en realidad, no hay nadie. El saldo es un faro roto, un retrovisor caído (a causa de un priista que pretendía defender el vehículo), caos vial y los nervios de punta.

Con el mitin culminado, algunos entusiastas se disponen a seguir la manifestación en la Plaza de Armas. Allí, frente al Palacio de Gobierno, un grupo continúa gritando consignas contra el candidato que, dicen, puso Televisa.

Una quema de imágenes de Enrique Peña Nieto y de Carlos Salinas de Gortari y la silueta de un cadáver dibujada con azúcar, con pancartas a su alrededor, son los últimos actos de un grupo que, rozando las ocho de la noche, ya se va disolviendo.

De pronto, los jóvenes pierden la cohesión. El grupo que cantó en alto el himno mexicano se convierte en una serie de pequeñas reuniones entre conocidos, que devuelven a la Plaza de Armas el carácter de cada noche.

El grupo se dispersa. Al centro, un joven canta Gimme the Power al sonido de su tambor. Su frente suda. Y es que a Querétaro, la primavera mexicana ya llegó.

 

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