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El EZLN 25 años después: aportes y desafíos

Es urgente abatir la pobreza y distribuir la riqueza en el sur de México. Contra los proyectos del gran capital será necesario desplegar una visión alternativa a su entendimiento del desarrollo como acumulación de ganancias

El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) cumple 25 años en la vida de México, en medio de la polémica. Su irrupción en la esfera pública implicó transformaciones positivas. En primer lugar, mostró las condiciones de pauperismo de los originarios, con toda su crudeza y extensión temporal. Aunque con importantes antecedentes, el Neozapatismo constituyó definitivamente a los indígenas como sujetos y no como objetos de los cuales disponer.

En ese sentido, el EZLN propició la expansión de la cosmética democracia mexicana: la insurrección de 1994 y la posterior lucha de la sociedad civil por la paz ensancharon el repertorio de la democracia directa en un país adicto a sus formas delegativas.

Bajo estos antecedentes de historia mínima, es inverosímil la desmemoria de sus críticos actuales, o digno de una estrategia comunicativa orquestada. Estos no mencionan el efecto demoledor que las acciones del grupo indígena suscitaron en el presidencialismo mexicano ya en su plena etapa neoliberal.

La figura presidencial, piedra de toque del régimen posrevolucionario, fue trasteada para no regresar a sus formas sacrílegas de antaño. Por cierto, Salinas de Gortari fue el primero en pagar la factura, mientras el zedillismo —encarnado en algunos funcionarios clave de esa época y en el gobierno actual— les combatía (Ver la sugerente reflexión:‘De palabras ardientes y sueños rebeldes: la insurrección indígena, Rebelion, 29/01/2013, de Luis Martínez).

La izquierda también se benefició de la experiencia neozapatista. Su emergencia fue posible gracias al trabajo conjunto de expresiones de sus 3 corrientes históricas en México (la nacionalista-revolucionaria, la eclesial y la socialista) junto a las comunidades indígenas del sureste. Los procesos autonómicos que hoy existen en su territorio —con seguridad, salud y educación autogestionadas, envidiables y en expansión— son ejemplo de las prácticas igualitarias, colectivistas y horizontales por las que pugna esta corriente de pensamiento desde hace 200 años.

La simbología zapatista concitó una nueva gramática para los movimientos sociales y las izquierdas después de la caída del muro de Berlín. El altermundismo fue animado por sus valores y horizontes de apertura a partir de un novedoso uso de las redes informáticas. Años después, las manifestaciones que emergieron tras la crisis financiera de 2008-2009 (Occupy Wall Street, 15M, #YoSoy132, Oxi griego, o los Chalecos amarillos) evocan, muchas veces sin saberlo, las formas de vertebrar el reclamo de la economía moral por parte de los indígenas chiapanecos.

Desde la Ley Revolucionaria de las Mujeres (1993) hasta la comandanta Ramona, las zapatistas lograron reordenar el lugar de las mujeres dentro de las comunidades y hacer una resistencia cotidiana contra el machismo y las relaciones patriarcales. Esta calidad moral les permitió convocar a cientos de feministas de todo el mundo al Primer Encuentro de Mujeres que Luchan en marzo de 2018.

Actualmente reflexionan sobre la ecología y los límites naturales frente al capitalismo. Los encuentros ConCiencias por la Humanidad, así como su análisis del colapso planetario a raíz del cambio climático y el despojo, lo demuestran. El EZLN incorpora la crisis ambiental a sus cálculos políticos; suceso que, en palabras de una de sus interlocutoras —la periodista Naomi Klein—: “lo cambia todo”.

Esta serie de logros locales y aportes globales se ha dado en un clima de hostigamiento paramilitar y tácticas contrainsurgentes ininterrumpidas durante estos 25 años. Si algo se le puede achacar al Neozapatismo es la terquedad —suscrita en el “no venderse, no rendirse, no claudicar”— con la cual defienden su historia y autonomía.

Los recientes ataques mediáticos intentan borrar estos procederes, mientras el ejercicio concertado de descalificación es una señal preocupante de los usos del poder público por parte de la nueva administración federal. El ataque también señala los retos que tendrá que superar la guerrilla indígena, producto de las recientes transformaciones del país.

Sin duda, México no es el mismo de hace 25 años: el T-MEC (exTLCAN) o la necesidad de revisar los acuerdos de San Andrés (1996) son pruebas estructurales. Sin embargo, el cambio fundamental es la llegada de un gobierno basado en el apoyo popular y la retórica nacionalista como el de Andrés Manuel López Obrador. El EZLN está chocando con el desarrollismo económico e indigenismo regenerado de la “cuarta transformación”, de ahí su rechazo contundente al Tren Maya, el proyecto transístmico, y el programa de “reforestación sur-sureste”; así como a sus actos de legitimación estatal con “rostro indígena” (“bastón de mando”, “ceremonia a la madre tierra”).

El comunicado del 1 de enero de este año en voz del subcomandante Moisés, expresa una grave afrenta (de ahí su tono), una amenaza a lo que hasta ahora han construido en su territorio. Aunque los megaproyectos en el sur del país —presupuestados por el gobierno de Morena— implicarían un ataque, no sólo contra el EZLN sino también contra el conjunto de los pueblos originarios, su realización atenta contra el derecho de libre consulta (Convenio 169 OIT) de los pueblos, y trastoca de manera radical su relación con la tierra, sin garantía de que la derrama económica sea para ellos.

Al mismo tiempo, es urgente abatir la pobreza y distribuir la riqueza en el sur de México. Contra los proyectos del gran capital será necesario desplegar una visión alternativa a su entendimiento del desarrollo como acumulación de ganancias. Si alguien ha demostrado la capacidad de comunicar imaginarios que antepongan la vida a las ganancias, esos son los zapatistas.

Ante estos nuevos desafíos cabe preguntarse cuál será la relación de los mexicanos con el EZLN en esta nueva etapa. Estos cinco lustros también se pueden leer en esa clave. Opino que el saldo aún es positivo. La búsqueda de democracia, paz y justicia aún son razones compartidas porque, si se piensa en un cambio de régimen para México, los zapatistas —junto al Consejo Nacional Indígena (CNI), la organización más importante de los pueblos indios en el país— ¿no son un componente necesario? Los pensamientos únicos y maniqueísmos lejos de responder sólo hacen ruido.

Después de 25 años: ¿De qué tenemos que perdonar al EZLN? ¿de seguir existiendo y usar su palabra para decir “NO”? Los neozapatistas contestan con su consigna originaria, la cual por la vía de su literalidad se llenó de poética, afirmando: “Para vivir, morimos”. No van a desaparecer, más vale que nos quede claro. Y, por el bien de todos, que seamos conscientes de sus aportes y coadyuvamos a que sus desafíos sean debatidos responsable y críticamente por la sociedad mexicana.

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