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El guardián de la niebla: Ajolote queretano

No está en los canales de Xochimilco, no es el protagonista del billete de cincuenta pesos, tampoco tiene un museo dedicado a su conservación y protección, pero es un ajolote; uno endémico del estado de Querétaro, más específicamente del municipio y pueblo mágico de Pinal de Amoles.

Es una de las 17 especies (de las que habitan en México) de este único e interesante anfibio, que lamentablemente se encuentra en peligro de extinción, y tiene como último punto de existencia en vida salvaje, un pequeño santuario en la masiva biosfera de la Sierra Gorda queretana.

Un auténtico pueblo mágico.

Al llegar a Pinal de Amoles, la altura pesa y los oídos se tapan. Los halcones vuelan a escasos metros del coche en la autopista. Pronto, el escenario árido, típico de la zona del semidesierto queretano se esfuma, y es reemplazado por una vista montañosa que no parece tener fin.

La niebla adorna los inmensos bosques de coníferas que rodean al pequeño pueblo y la lluvia y el frío parecen estar instalados las 24 horas. Ya en las calles del centro, peluches, calcomanías, libros de colorear y murales muestran al rostro protagónico, la verdadera cara del pueblo: El ajolote serrano.

Tomás Mejía: El León de la Sierra.

En el corazón del pueblo se erige el “Museo Comunitario de Pinal de Amoles: General Tomás Mejía”, un espacio dedicado no solo a contar la historia del icónico militar, sino también la de la propia Sierra Gorda: Desde su pasado geológico de océanos inmensos hasta sus primeros pobladores humanos, pasando por la bonanza minera, la evangelización y la resistencia en la guerra chichimeca.

La lucha de Mejía tuvo un profundo sentido agrario. Peleó por los derechos de la Sierra Gorda y sus habitantes, una región que incluso tras la época de la Nueva España seguía siendo vista por el centro del país como un lugar exótico, habitado por “salvajes” que precisaban ser evangelizados.

Este destacado militar otomí, nacido en Pinal, fue un jinete legendario apodado “el león de la sierra”. Se convirtió en una figura clave del bando conservador y un fiel defensor del imperio de Maximiliano de Habsburgo, al grado de mantener su lealtad hasta el último momento, siendo fusilado junto al emperador en el cerro de las campanas en 1867.

Su integridad era tal que él Maestro. Justo Sierra Méndez, emblema del liberalismo mexicano, escribió sobre él en su libro: Juárez, su obra y su tiempo:

Quien moralmente descuella sobre todos, es el indígena Tomás Mejía, que fue perennemente fiel a su idea. Combatió y murió por una causa que identificaba su inconmovible fe religiosa, se creyó un soldado de cristo, poniendo en su lucha todo el temple de los cruzados y la fe de los mártires; cualquier mexicano, cualesquiera que sean sus ideales debe saludar su tumba con orgullo”.

Foto: El municipalqro

El recorrido por este museo, que resguarda el eco de batallas inmortales, termina de una forma inesperada: Un ajolotario habitado por tres espécimenes de Ambystoma Velasci, flanqueado por una ludoteca donde los más jóvenes de la comunidad aprenden a protegerlos.

“Nos unimos a la lucha de la conservación de esta especie endémica y emblemática de México”, se lee en una mampara de la exhibición.

Verlos nadar tras el cristal es un recordatorio de su fragilidad, pero también, brinda la oportunidad de apreciar con detalle cada centímetro de su anatomía. Sin embargo, para entender su verdadera naturaleza, hay que abandonar las calles del pueblo y descender hacia el agua helada…

La ruta del Cedral.

Para apreciar al ajolote en su entorno natural, el viaje nos lleva al “Campamento el Cedral”, ubicado a 2.6 kilómetros del centro de Pinal de Amoles: No necesitas mapa, los locales te indican el camino. Sin embargo, en la reserva de la biosfera, los trayectos se miden en relieve; el camino es un sinuoso tramo de terracería y pendientes pronunciadas, devorado por la vegetación y la omnipresente niebla serrana.

Al llegar, el bosque se abre para iniciar la “Ruta del Cedral”, un sendero de dos kilómetros; uno de ida y uno de vuelta, que te interna en las montañas, serpentea entre arboles colosales y el sonido del agua filtrándose entre las piedras.

En el camino, el cantico de las aves te acompaña hasta un puente de madera que lleva a la “Cascada del Cedral”, una enorme caída de agua natural, donde está prohibido nadar o beber. Tras escalarla, llegamos finalmente a las “Pozas”: Es aquí, lejos del ruido humano, donde finalmente encontramos el último vestigio de vida salvaje de este maravilloso animal.

Diez pozas de agua cristalina y conectadas entre si, todas en constante movimiento. Bienvenido al hogar del “guardián de la niebla”: El ajolote serrano.

Difíciles de percibir a primer vistazo, los ajolotes utilizan su camuflaje para confundirse con el paisaje rocoso de sus pozas. Más sin embargo, la claridad del agua permite que, prestando la atención necesaria, podamos observar a varios ejemplares nadando, descansando o escondiéndose entre las piedras, a lo largo y ancho de cada poza. Siendo los ejemplares jóvenes (de un negro profundo) los más fáciles de divisar.

Aquella tarde, al menos 32 ejemplares estaban a simple vista. Los guardabosques fueron estrictos, no se puede si quiera tocar el agua, el hábitat es demasiado sensible.

“El agua de estos ajolotes es sumamente prístina y con bajos niveles de nutrientes orgánicos, lo que permite que no se llene de algas que disipen el oxígeno. Al ser agua que corre entre piedras, está altamente oxigenada y fría, pudiendo en invierno rozar los 0 grados centígrados,” declaró el guía Benjamín.

Para dimensionar el aislamiento de este santuario, hace falta poner su altitud en perspectiva con las principales ciudades del estado. Mientras que los habitantes de la capital Santiago de Querétaro caminan diariamente a unos 1,820 metros sobre el nivel del mar (msnm), y los de San Juan del Río a 1,920 metros, este rincón escondido en el bosque se encuentra a 2,650 m sobre el nivel del mar.

El hecho de que el ajolote prospere aquí es una buena señal de la salud de la biosfera. No es solo un animal adaptado a este agresivo entorno, sino también, un bio – indicador clave; si el Ambystoma Velasci se extinguiera de su último recinto natural significaría el primer gran síntoma de un enorme problema de negligencia humana en este valioso ecosistema.

La importancia de la Sierra Gorda.

Encontrar al ajolote serrano es comprender que Pinal de Amoles custodia un tesoro prehistórico nacional. Un animal científicamente importante. No obstante, este anfibio no está solo en su resistencia, de hecho, es la puerta de entrada a uno de los ecosistemas más importantes del país. La reserva de la biosfera de la Sierra Gorda se extiende por todo Querétaro, Hidalgo, San Luis Potosí y Guanajuato.

Más allá de los senderos turísticos, la Sierra Gorda alberga múltiples especies importantes. Estas montañas son el refugio del majestuoso Oso Negro, y los seis grandes felinos: El puma, el Margay, el Ocelote, el Gato Montés, el Jaguarundí y el mítico y recién descubierto en esta zona; el Jaguar.

Además, en las copas de las coníferas, el cielo es surcado por aves de belleza mística y que lamentablemente también se encuentran en estatus vulnerable, como la emblemática Guacamaya Verde o el Tucaneta Verde.

Proteger al ajolote es sinónimo de proteger el agua pura que alimenta a toda una cordillera. Significa mantener vivo el único santuario donde el jaguar, el oso negro y el ajolote coexisten.

Foto: Roberto Pedraza Ruiz – Grupo Ecológico Sierra Gorda

Fotos: @camaradeangelz

Angel Avila Zapata

Periodista/escritor. Me gusta escribir sobre lo que sé y leer sobre lo que ignoro.

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