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El inquebrantable espíritu de Santiago Mexquititlán

Por Miguel Tierrafría Reyes

Santiago Mexquititlán, Amealco.- Aquel paisaje nublado es digno de una postal. El sube y baja de los senderos, a través de la neblina que tan sólo deja apreciar las faldas de aquellas montañas que reverdecen con las lluvias.

Una pequeña brisa se asoma en aquella mañana. La temperatura es baja a pesar de estar en plena canícula. Por fin se aprecia a pesar del clima un anuncio que dice haber llegado a un rincón escondido en los límites de Querétaro y del Estado de México: Santiago Mexquititlán.

Al llegar a aquel poblado, alojado junto a la carretera, pareciera ser que es un simple paradero turístico. Puestos de comida que aún no abren, tiendas de abarrotes y un pequeño puesto donde venden discos.

La música se escucha al menos en las cercanías a la pequeña plaza que converge cerca de la carretera. Se pueden apreciar algunos juegos mecánicos empotrados. En días pasados tuvo lugar la fiesta en honor a Santiago (el día 25 de julio).

Pero ese día otro suceso ocurría. A poco más de las nueve de la mañana, un grupo de habitantes ñañho se disponía a emprender un recorrido.

En su mayoría mujeres, con sus atuendos típicos: su falda de manta, blusa con encaje de tela floreada de diversos colores y faja, quexquemetl, rebozo, morral bordado y adornado con diversas formas y colores; en cambio los hombres ñañho con atuendos que no reflejan la cultura otomí, tan sólo con su morral al igual que las mujeres, pero poco han sido absorbidos por “la modernidad” o la “occidentalización”.

Una de las mujeres porta un estandarte con la imagen de la Inmaculada Concepción, además de una frase que hace referencia a que de Santiago partirán en peregrinación hacia Atotonilco, Guanajuato.

Antes de partir, los integrantes del pequeño grupo de otomíes se arrodillan ante el atrio de la iglesia; rezan y se persignan. Con su megáfono, Maximino Franco, uno de los hombres que emprende el recorrido, comienza a dirigir los cánticos.

La tranquilidad en Santiago Mexquititlán se ve interrumpida por la fe y la devoción con que se comienza el recorrido.

Otra de las mujeres otomíes porta un canasto con flores, parecido al que tienen en las iglesias para pedir limosna; y precisamente ése es su cometido: dirigirse a los negocios y algunas de las casas ñañho para invitarlos a unirse al contingente y pedir un diezmo que sirva para la mejora de su templo.

Los habitantes curiosos voltean hacia el grupo de personas. Según don Maximino, el recorrido se realiza en los seis barrios que componen Santiago Mexquititlán. En 10 días los tienen que recorrer todos. Y no es una tarea fácil.

Pero para ellos la fe con que se mueven, el amor a Dios los guiará en su cometido. Aquella fe que dicen mueve montañas, ellos en cambio, se mueven entre ellas.

 

Pasado y presente convergen en algunos domicilios

La brisa que anuncia una posible lluvia, se asoma. Parece que el trayecto será complicado. El contingente se aproxima a los primeros negocios: una carnicería y una tienda de abarrotes; los comerciantes dan un diezmo y lo colocan en el canasto.

Algunas mujeres saludan, hacen una reverencia y agradecen el apoyo recibido. De pronto el grupo se acerca a una de las casas cercanas a la carretera. Una persona se encuentra postrada a la cama por una enfermedad.

El ama de casa pide a los peregrinos una pequeña oración para que mejore su familiar. El guía de los peregrinos con su altavoz portátil les indica rezar el Padre nuestro, seguido de los cánticos, que no cesarán durante el recorrido.

El sol apenas y se asoma bajo las cabezas de los indígenas otomíes; se puede apreciar con claridad que pasado y presente convergen en este poblado. A algunos pobladores los ha alcanzado la tecnología, la comodidad y el lujo.

Casas con televisión satelital, cibercafés con conexión a Internet. En cambio, otros pobladores siguen sumidos en el atraso en cuanto a servicios básicos como el agua o el gas.

Pero sin importar lo que ya tienen y lo que no, la fe y sus tradiciones siguen siendo una prioridad en su forma de vida, en su quehacer, en los que sus antepasados les inculcaron y que, al menos los peregrinos, intentan inculcar a sus sucesores, aunque ellos, por diversas circunstancias, tomen la decisión de no continuar aquel legado otomí.

Migración y falta de fe: factores que deterioran las tradiciones

Es notorio el hecho de que ningún joven esté presente en el peregrinar de los indígenas. Tan sólo tres niños acompañan a sus madres en la senda. A través de rincones escondidos cerca de las milpas, se aprecian reuniones de jóvenes adolescentes que ya han dejado atrás su vestimenta tradicional por la “cultura americana”.

Y no es para menos, ya que pobladores hablan de que la falta de trabajo genera que tanto hombres como mujeres salgan de Santiago Mexquititlán y otros poblados aledaños donde habitan indígenas ñañho, a buscar oportunidades de trabajo. Tanto a la capital como a Estados Unidos, son los destinos a los que acuden éstos.

Pero a pesar de que las oportunidades se presentan para muchos otomíes fuera de su pueblo natal, poco a poco pierden sus costumbres, sus raíces indígenas, su credo hacia el catolicismo e incluso su idioma.

Según don Maximino, la intromisión de otras religiones en Santiago Mexquititlán envuelve a muchos de sus pobladores que según él “son débiles de mente y de fe, entonces se dejan llevar por lo que dicen, luego no saben nada de la Biblia, pero aun así muchos de los de aquí pues tampoco la leen y se creen lo que les dicen”.

Aun así, él y sus compañeros siguen con sus creencias, recorriendo las humildes casas, invitando a las familias a su labor.

Humildes moradas donde comparten el pan

El recorrido continúa por el primero de los barrios de Santiago Mexquititlán. Las nubes, el viento y las brisas se prolongan acompañando a los caminantes.

En los negocios y algunas casas, unos cuantos pesos son depositados en el canasto con flores que lleva una de las mujeres otomíes, o también hacen donaciones de maíz, refrescos o alimentos varios.

Una primera parada a descansar ocurre en un hogar cercano a la plaza; una casa humilde donde se aprecia la falta de alcantarillado y piso. En una de sus paredes, apilada está la leña con la que encienden su fogón armado de ladrillos y algunas varillas.

La familia pide se haga una pequeña oración. Los peregrinos acceden y entran a la casa. Se coloca el estandarte recargado a la pared, se encienden dos veladoras y tanto peregrinos como la familia se arrodillan frente a la imagen. Un Padre nuestro y unos cuantos Ave María son rezados por los presentes.

Al concluir aquel ritual, la familia a la que se ofreció la oración invita a los peregrinos a unirse al almuerzo. Ofrecen frijoles negros acompañados de chicharrón con chile, junto con unas tortillas recién hechas a mano, además de un poco de refresco.

Mujeres y hombres platican tanto en español como en su lengua madre, el otomí. Muchos o la mayoría de ellos son bilingües e intercalan sus conversaciones entre ambos idiomas.

A pesar de la humildad de sus casas y las limitaciones en las que viven esas familias no dudan en compartir los alimentos con su prójimo, con sus amigos, con el desconocido, la hospitalidad a aquél con el que comparten un pasado indígena, una identidad sobre los demás, un mismo culto…

Tradiciones que se resisten a morir

El peregrinar a través de los seis barrios de que se compone Santiago Mexquititlán es realizado para invitar a sus amigos a que los acompañen el próximo dos de octubre a su peregrinación hasta Atotonilco, Guanajuato. Una costumbre de cada año junto con la otra afrenta rumbo a la Basílica de Guadalupe.

Aun así, la respuesta que obtiene el pequeño contingente en los barrios es poca. Casi 20 personas son las que acompañan el estandarte de la Inmaculada Concepción. Ningún joven se integra a los feligreses y según testimonio de los mismos, años anteriores hasta 8 ó 10 camiones partían de este poblado. Hoy tan sólo cuatro camiones parten a la localidad guanajuatense.

Sube y baja a través de los senderos dibujados por las pisadas de los habitantes. Milpas, yerbas y pastizales que adornan una estampa donde las montañas boscosas vigilan a aquel pueblo donde sus viejas tradiciones indígenas se resisten al recuerdo de las épocas de su esplendor, de su lucidez.

Aquel día la brisa sigue asomándose, anunciando la posible llegada del dios de la lluvia, el dios sol intenta hacer no menos difícil el andar de los indígenas ñañho, sin dejar su inquebrantable fe.

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