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El Laberinto y el Minotauro (1/3)

Dicen que el Minotauro es invencible.

¡Vive oculto en un extraño palacio llamado Laberinto!

Tiene tantos pasadizos,

y son tan intrincadosque los que se adentran por ellos no saben cómo salir.

–Egeo, rey de Atenas, padre de Teseo.

Por: Gabriel Morales López

Ir a tientas en un corredor, tropezar con un objeto no identificable, reconocer algunas cosas a tientas, recordar lugares ya vistos, temor por caer en un foso imprevisto. Esta lista de sensaciones expresan la experiencia de los ciudadanos al hacer uso del derecho de acceso a la información. Ocasionalmente concede regocijos. Con frecuencia, frustraciones.

Para ejercer ese derecho hay que atravesar un lugar con calles y encrucijadas hechas para confundir a quienes se adentran en él, de modo que no es posible encontrar la salida. Hay que entrar en un laberinto.

Los gobiernos están lejos de ser una luminosa caja de cristal, donde es imposible ocultar algo. Más bien son un laberinto cubierto de un manto negro, con un monstruo —mitad hombre, mitad toro, y antropófago—, que se erige como un huraño y lacónico guardián. Al igual que en el mito de la antigua Grecia, el monstruo reclama ofrendas de inocentes para saciar su hambre de legitimidad.

El laberinto de la administración pública es altamente complejo. Consta de numerosos niveles, reglas y puertas con contraseñas. Estas características se constituyen en grandes barreras para quienes desean ejercer su derecho a saber, particularmente para los estratos de la sociedad con bajos niveles de educación. Ésta es la forma moderna en la que el Minotauro devora a los inocentes que entran en su hábitat.

Teseo deseó entrar al laberinto para que Egeo, su padre y rey de Atenas, dejara de pagar el tributo que Minos, rey de Creta, le impuso por haber perdido una guerra. Teseo, para poder entrar y matar al monstruo, le ofreció matrimonio a Ariadna, hija de Minos, quien le ayudó a no perderse en las galerías de la trampa creada por Dédalo.

En las leyes, la propaganda oficial y los discursos públicos, los políticos hacen alarde de promover la transparencia, la rendición de cuentas, la democracia. Así invitan a los ciudadanos a entrar en el laberinto; son las nuevas promesas de Ariadna.

El Artículo 19° de la Declaración Universal de Derechos Humanos prevé que “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en el Artículo 6°, también contempla la protección al derecho a saber: “El derecho a la información será garantizado por el Estado”. El mismo artículo establece que la información en poder de cualquier entidad, autoridad y órgano —ya sea federal, estatal o municipal— es pública, aunque prevé la posibilidad de algunas excepciones.

Asimismo, contempla la definición de mecanismos para que los ciudadanos hagan uso de su derecho a saber y de procesos de revisión en caso de no estar conformes con la información que entreguen las autoridades.

A partir del marco constitucional y durante los primeros años del siglo XXI, el Congreso de la Unión aprobó una ley de acceso a la información pública, que fue seguida por las leyes similares aprobadas por las legislaturas estatales. La entrada en vigor de estas leyes demoró décadas. Si bien el DAIP se reconoce en la constitución desde el sexenio de José López Portillo, la LFTAIP y la LEAIG fueron aprobadas hasta el año 2002 y entraron en vigor al año siguiente.

La aprobación de dichas leyes no fue una concesión graciosa del Minotauro. Hubo necesidad de que la sociedad organizada —a través de movimientos como el Grupo Oaxaca— presionara a las autoridades para que la administración pública se convirtiera de una caja fuerte, de la cual es imposible extraer secretos, en un laberinto, del que es posible extraer algo siempre que se logre entrar y salir de él con vida.

Pero cuando alguien acusa recibo de la invitación y empieza a preguntar, los minotauros parecen incómodos con los intrusos. Apagan la luz para que no los vean y se frotan las manos por la entrada de inocentes en su territorio.

En la antigua Grecia la ofrenda consistía en siete jóvenes y doncellas para aplacar los apetitos del Minotauro. Hoy la ofrenda busca legitimar a la bestia, que construye una fachada democrática: engulle a los miles que entran en su territorio para así dar la impresión transparencia e inclusión. Ocasionalmente algún Teseo moderno logra salir para dar testimonio de la farsa.

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