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El sentido social de la universidad pública

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

Las celebraciones del 40° aniversario del campus “Centro” en el Cerro de las Campanas de la Universidad Autónoma de Querétaro, (diciembre de 1973), así como del 50° de su autonomía (febrero de 1959), motivan a reflexionar sobre el sentido social de las universidades públicas; lo que es de suma importancia, cuando la tendencia dominante es adversa a ellas.

No hay una respuesta unívoca a la pregunta sobre su sentido. La atormentada historia de estas instituciones se jalonea por múltiples intereses contrapuestos. Las respuestas dependen de las posturas políticas personales y colectivas, y de las utopías en juego.

Sin embargo, ya la sola denominación de “pública” implica la idea de bien común: para todos. No obstante, esta definición entraña una contradicción: Muy pocos pueden acceder a ella. En México, los estudios universitarios se ubican gráficamente en la cúspide de la pirámide social, siendo los aspirantes rechazados alrededor del 90%.

Justo Sierra pensó a la Universidad Mexicana con vocación popular, aunque, paradójicamente, asumió su condición elitista: Los universitarios serán: “un grupo en perpetua selección de la sustancia popular” (…). No todos son intelectualmente capaces de hacer estudios superiores. Además “es imposible que en la sociedad deje de haber jerarquías” (García Salord, UNAM-UACM).

En los hechos, la universidad es sólo para quien logre superar los muchos certámenes escolares. Esto se justifica también con la metáfora del cuerpo: Los universitarios son “la materia gris” (¿el resto de la población no piensa?). Al resto le corresponde ser las manos que trabajan o los pies que caminan, siguiendo al cerebro. ¿Qué pasaría si todos quisieran ser cerebro?

Suponiendo que estos argumentos, en favor del elitismo universitario, fuesen incuestionables, habría que señalar entonces, que a ese “cerebro” le corresponde velar por que todo el cuerpo goce de plena salud y bienestar, si no ¿para qué existe? En los hechos, sin embargo, se ha ocupado sólo de sí mismo. Muchos universitarios o “ex” conforman una aristocracia egoísta, que vela por sus propios intereses. Así, los estudios superiores se consideran “trampolín” para acceder a puestos de poder, empresarial o político. Lo que menos importa es el pueblo.

Enrique Dussel, actual rector de la UACM, que vino a Querétaro hace algunas semanas, puso el dedo en la llaga: La razón de ser de la universidad pública es buscar mejorar las condiciones de vida de toda la población. En este contexto, la corrupción no consiste simplemente en apropiarse “a la mala” de los bienes públicos, sino en no reconocer que la propia situación privilegiada, no se debe al puro mérito personal, sino a las tremendas condiciones de desigualdad social. Esta corrupción no se lava, convirtiendo a los “inferiores” en objetos del altruismo autocomplaciente (de Teletón o la Cruzada contra el Hambre).

Ahora bien, desde hace tiempo, las universidades públicas se definen por sus “tres funciones sustantivas”. ¿Qué ha pasado con ellas?

Preguntemos a la investigación, ¿para qué construimos nuevos conocimientos?, ¿para servir al Gran Capital, conseguir premios internacionales, ganar prestigio, poder y beneficios económicos?, o para comprender mejor nuestra intrincada humanidad, para desentrañar los secretos de la Naturaleza, experimentar el éxtasis y vivir mejor; para diseñar nuevas formas de organización social, contribuyendo a volvernos sujetos, todos, actores de nuestra propia existencia, y no lo que ahora somos, objetos al servicio del mercado.

Preguntemos a la docencia, ¿para qué compartimos saberes con las nuevas generaciones?, ¿sólo para volverlas “productos eficientes”, dignos del lucro empresarial?, o para aprender a pensar el mundo, intentando comprender y prevenir las causas profundas de los problemas que nos agobian; para pensar juntos hacia dónde transformarlo, tratando de evitar nuestra destrucción.

Preguntemos ¿qué ha pasado con la extensión o, mejor, la vinculación social, tan descuidadas por la lógica dominante? Estas tareas con sentido social, reconocidas sólo recientemente por nuestra universidad, son las que le dan su mayor fundamento: interactuar con el pueblo, (que sabe mucho de la realidad, pero que calla por esa autocensura que impone la sociedad “exitosa”).

Estas tareas tan relevantes pretenden diluirse hoy, con la irrupción de una “cuarta función sustantiva”, la gestión, justificando el retiro del Estado de su responsabilidad en el financiamiento público. En términos coloquiales: “que ahora cada quién se rasque con sus uñas”. Así, una buena parte de los tiempos universitarios se dedican a aprender, enseñar y aplicar toda clase de técnicas de “autofinanciamiento”, para conseguir los recursos necesarios para sobrevivir (uno, el conocimiento ya no importa); siempre compitiendo con otras instituciones (incluso privadas), más “capaces”.

¿Para qué investigar?, ¿para qué producir?, ¿para qué diseñar?, ¿para qué proponer a los estudiantes desafíos cognitivos?, ¿para qué vincularse con la sociedad, si de lo que se trata ahora es simplemente de comprar lo que otros, “mejores” que nosotros, ya han creado?

A pesar de esta tendencia dominante, nuestra querida “Alma Mater” está optando, en muchos espacios, por recuperar su vocación social; por entrar en contacto con las clases menos favorecidas; por poner a las ciencias y a las artes al servicio del pueblo; por obligar a los funcionarios gubernamentales a hacer lo que debieran por propia iniciativa: rendir cuentas y someterse al escrutinio público.

Esta universidad, “comprometida con la sociedad que le da vida”, merece todo el apoyo que podamos brindarle.

 

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